La última vez que lo vi

Prologo

«El problema de despertar demasiado tarde es que quizá nunca llegues a saber cuándo comenzó todo.»

El corazón le golpeaba el pecho con una violencia que no recordaba haber sentido nunca antes. Inspiró, pero el aire apenas llegó a entrar. Podía escuchar su propio corazón bom- beando y, al mismo tiempo, sentía un dolor intenso en la cabeza. Solo recordaba algo metálico golpeándole en el centro del cráneo, como si alguien hubiera hundido algo pesado dentro. El dolor latía con fuerza, como si también tuviera el corazón alojado en la cabeza.

No podía comprobar si tenía alguna herida porque el frío de las esposas le mordía las muñecas. Estaba tumbado en una cama, en una casa que no reconocía, y no recordaba cómo había llegado hasta allí.

No sentía las piernas. Intentó moverlas, pero fue imposible. Era una sensación que no había experimentado nunca. De repente se dio cuenta de que las exposas estaban mal cerradas y de un plumazo se las quitó y alcanzó sus piernas. Lo intentó. Se pellizcó con fuerza, pero no sintió dolor alguno. La sangre se le heló.

Se maldijo en más de un idioma, pese a que sólo dominaba realmente el español. El inglés apenas lo chapurreaba, y eso cuando se acordaba de aquel curso que había dejado a medias hacía unos meses. En ese momento dudó seriamente de que pudiera retomarlo alguna vez, viendo la situación en la que se encontraba. Aun así, lo tenía en la lista de cosas pendientes; sa- bía que tenía que conseguirlo algún día, costase lo que costase. También estaba en su lista de propósitos de Año Nuevo, esos que se había impuesto cuando comenzó el año, aun sabiendo que nunca cumpliría ninguno. Pero tenía que decir algo delante de la familia para quedar bien. Tenía que decir algo, porque si mencionaba lo de hacer ejercicio, todos se darían cuenta ense- guida de que sería un impostor, de que se trataba de una gran mentira y de que nunca llegaría a hacerlo.

Salió poco a poco de su ensoñación. Observó a su alrededor. En el suelo había cajas medio quemadas con letras en portu- gués, francés y español. Tenía claro que los idiomas eran importantes y se prometió a sí mismo que estudiaría más, aparte del inglés claro, si conseguía salir de aquella. Parecían cajas de marisco, aunque el olor distaba mucho de serlo.

Observó la pared y vio un reloj de cuco marcando la hora. Tic... tac... tic... tac... El tiempo se acababa.

¿Pero cómo había llegado hasta allí? volvió a preguntarse.

Le dolía la cabeza como si fuera a explotar en breves momentos y observó cómo el fuego comenzaba a entrar por la habitación. Tenía que empezar a pensar en cómo salir de allí urgentemente. Un escalofrío le recorrió las piernas y se dio cuenta de que podía empezar a moverlas. ¿Las acababa de recuperar o era el instinto de supervivencia quien trabajaba para él en aquellos momentos?

Las llamas entraban rápidamente en la habitación y era el momento de darse prisa o ya sería tarde para él. Se dio cuenta de que la habitación tenía otra puerta por donde aún no entraban las llamas. Quizás por allí encontraría su salida o su muerte. El olor fuerte a gasolina se le metió en la nariz.

El incendio avanzaba por la moqueta, el humo le arañaba la garganta. El fuego crepitaba. Las llamas ya se reflejaban en el metal del cabecero. Tenía que salir. Ya.

El reloj seguía marcando el tiempo mientras el fuego lo devoraba todo. Tic... tac... tic... tac... El tiempo se detuvo del todo. Las llamas ya lo habían devorado. Y el cuco nunca llegaría a sonar más.

Entonces escuchó una tos. No estaba solo. El olor a gasolina se mezcló con el miedo y comprendió entonces cómo había llegado hasta allí. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no había sido un accidente.



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En el texto hay: misterio, thiller, policiaca

Editado: 25.09.2026

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