Mónica pasó la noche en vela.
No lloró más.
Las lágrimas se le habían agotado, como si su cuerpo hubiera decidido que ya era suficiente dolor por un solo día. Permaneció recostada boca arriba, con los ojos abiertos, observando el techo de su habitación, escuchando el sonido lejano del reloj marcando cada segundo.
Tac.
Tac.
Tac.
Cada sonido era un recordatorio de que su vida seguía avanzando… aunque ella se sintiera detenida.
Las palabras de su padre se repetían en su mente como un castigo.
“Enamóralo, a ver si puedes hacerlo.”
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—Qué irónico… —susurró para sí misma—. Si supieras cuánto tiempo lo intenté sin que lo notaras.
Se incorporó lentamente y caminó hacia el espejo. Se miró con detenimiento, como si fuera la primera vez que realmente se observaba. Sus ojos estaban hinchados, apagados; su cabello desordenado caía sobre sus hombros. No era fea, nunca lo había sido… pero tampoco era el tipo de mujer que Marco Salazar solía mirar dos veces.
Eso siempre lo supo.
—No más… —murmuró con voz firme, casi desconocida para ella misma—. No más humillaciones.
Esa noche, algo dentro de Mónica se quebró definitivamente.
Y cuando algo se rompe así… ya no vuelve a ser igual.
Al día siguiente, el ambiente en la mansión Aguirre era tenso.
Enrique desayunaba como si nada hubiera ocurrido la noche anterior. Leía el periódico con tranquilidad, como si no hubiera aplastado los sentimientos de su hija sin el menor remordimiento.
Mónica bajó las escaleras con paso lento pero seguro. Vestía un conjunto sencillo, sobrio, sin colores llamativos. Su rostro estaba inexpresivo, casi sereno. Olga la observó con atención; ese silencio no le gustó.
—Buenos días —dijo Mónica con voz educada, tomando asiento.
Enrique levantó la vista apenas un segundo.
—Me alegra ver que ya se te pasó el berrinche —comentó sin emoción—. Hoy vendrán los Salazar por la tarde. Hay que empezar a planear el compromiso formal.
Mónica no respondió de inmediato. Tomó la taza de café frente a ella y dio un pequeño sorbo.
—Está bien —dijo finalmente.
Olga dejó caer el cubierto.
—¿Qué dijiste? —preguntó sorprendida.
—Dije que está bien —repitió Mónica, levantando la mirada—. Me casaré con Marco Salazar.
Enrique sonrió, satisfecho.
—Así me gusta, hija. Al fin entiendes cómo funcionan las cosas.
Mónica también sonrió.
Pero su sonrisa no tenía nada de alegría. Era fría y calculadora.
Mientras tanto, en la mansión Salazar, Marco no había tenido una mañana fácil.
No había podido concentrarse en el trabajo. Los documentos frente a él permanecían intactos desde hacía horas. Su mente estaba en otro lugar… en un rostro pálido, en unos ojos llenos de lágrimas que no dejaban de perseguirlo.
Mónica…
Apretó la mandíbula.
—No debí decirlo así… —murmuró con fastidio.
Laura lo observaba desde la puerta del estudio, con los brazos cruzados.
— ¿Sabes qué es lo peor, Marco? —dijo finalmente—. No solo la heriste… la juzgaste mal.
Marco no respondió.
—Ella no es manipuladora, no es ambiciosa, no es calculadora —continuó Laura—. Y aun así, la trataste como si lo fuera.
—No fue mi intención… —respondió él, aunque sin mucha convicción.
—Pues lo lograste —sentenció ella—. Y ahora te casas con una mujer que cree que la desprecias.
Eso sí le molestó.
—Yo nunca dije que la despreciara.
—No hizo falta —replicó Laura—. Tus palabras hicieron el trabajo por ti.
Marco se levantó abruptamente y caminó hacia la ventana. Algo le oprimía el pecho, una sensación incómoda, desconocida.
No era culpa.
No era arrepentimiento.
Era… inquietud.
Esa tarde, cuando las familias se reunieron, Mónica fue distinta.
Saludó con educación, habló solo cuando fue necesario, mantuvo una postura impecable. No buscó la mirada de Marco. No sonrió de más. No se mostró nerviosa.
Marco la observaba sin entender.
Esa no era la Mónica que conocía.
No había emoción en sus ojos.
No había ilusión.
No había amor.
Y por primera vez desde que se anunció el matrimonio, Marco sintió algo que no esperaba sentir.
Miedo.
Porque comprendió, demasiado tarde, que quizá…
La había perdido incluso antes de tenerla.