La boda fue tan perfecta… que dolía.
Cada detalle había sido planeado con precisión: las flores blancas, la música suave, los invitados distinguidos, las miradas llenas de aprobación. Para todos, aquello era la unión de dos grandes familias; un acuerdo brillante, un paso estratégico.
Para Mónica, era el final de algo que nunca pudo empezar.
Caminó hacia el altar con la espalda recta y la mirada al frente. El vestido se ajustaba a su cuerpo con elegancia, realzando sus curvas sin exagerarlas. Cualquiera que la viera habría pensado que era una novia feliz.
Pero Marco no.
Él la observaba desde el altar con el ceño apenas fruncido. No porque se viera hermosa —porque lo estaba—, sino porque algo en ella no encajaba. No lo miraba. No parecía nerviosa. No sonreía.
Era como si estuviera… ausente.
Cuando estuvo frente a él, Mónica levantó la vista solo lo suficiente para encontrarse con sus ojos por un segundo. No hubo reproche. No hubo tristeza. No hubo rastro de la joven enamorada que él creía conocer.
Eso lo inquietó más que cualquier lágrima.
Los votos se pronunciaron con solemnidad.
Las palabras sonaron huecas.
—¿Acepta usted a Marco Salazar como su legítimo esposo…?
—Sí —respondió Mónica con voz firme.
Marco tragó saliva cuando fue su turno.
—Sí —dijo finalmente.
El beso fue breve, correcto, distante.
Un gesto para los demás.
Los aplausos estallaron, las sonrisas fingidas se multiplicaron. Nadie notó que dos personas acababan de casarse sin prometerse nada más que silencio.
La recepción transcurrió como un desfile de felicitaciones y comentarios vacíos.
Mónica sonreía cuando debía hacerlo, agradecía con educación, se dejaba guiar por Marco sin oponer resistencia. No hablaba de más. No hacía preguntas. No intentaba acercarse.
Marco, por su parte, no sabía cómo comportarse.
Cada vez que intentaba decir algo —cualquier cosa—, ella asentía o respondía con frases cortas. No había discusiones. No había reclamos. No había lágrimas.
Y eso lo desesperaba.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente, cuando quedaron solos por unos segundos.
—Perfectamente —respondió ella sin mirarlo.
—Si quieres descansar, podemos retirarnos antes…
—Como gustes —dijo Mónica con neutralidad—. Lo que tú decidas está bien.
Esa frase le provocó un nudo en el estómago.
Porque sonó a rendición.
La habitación matrimonial era amplia, elegante… fría.
Mónica entró primero y dejó su ramo sobre una mesa. Se quitó los zapatos con cuidado y caminó hacia la ventana. Marco cerró la puerta detrás de ellos, sintiendo el peso del silencio caer entre ambos.
—Mónica… —comenzó—. Sobre lo que pasó aquel día…
—No hace falta —lo interrumpió ella, sin girarse—. Ya estamos casados. No cambiará nada hablar de ello.
Marco frunció el ceño.
—Sí cambia.
Mónica se giró lentamente y lo miró con una serenidad que no le pertenecía.
—No, Marco —dijo—. Tú dejaste algo muy claro. Yo lo entendí perfectamente.
Se acercó a la cama y comenzó a desabrocharse el collar.
—No espero amor —continuó—. No espero atención. No espero nada de ti. Cumpliré con mi papel como esposa, tal como nuestros padres esperan. Nada más.
Marco sintió un golpe seco en el pecho.
— ¿Eso es todo lo que somos ahora? —preguntó con voz baja.
—Es todo lo que siempre fuimos —respondió ella.
Se dio la vuelta y entró al baño, cerrando la puerta con suavidad.
El sonido del seguro resonó como una sentencia.
Marco se dejó caer en el borde de la cama, pasando una mano por su rostro. Nunca pensó que el matrimonio se sentiría así.
Vacío.
Frío.
Irreversible.
Y sin darse cuenta, comprendió algo que lo incomodó profundamente:
El poder ya no lo tenía él.