La venganza

Capítulo 5 Bajo el mismo techo

La vida matrimonial no comenzó con discusiones ni reproches.

Comenzó con silencio…

Mónica se levantaba temprano, antes que Marco. Preparaba su café, revisaba su agenda, ordenaba la casa con una precisión casi mecánica. Cuando Marco bajaba a desayunar, ella ya estaba vestida, impecable, sentada a la mesa con un semblante tranquilo.

—Buenos días —decía ella, siempre igual.

—Buenos días… —respondía él, incómodo.

No hablaban más.

No porque no hubiera cosas que decir, sino porque ninguna parecía tener sentido.

Marco intentó varias veces iniciar una conversación: preguntarle por su día, comentar algo del trabajo, hacer alguna observación trivial. Mónica escuchaba con atención, asentía y respondía con cortesía.

Nada más.

No le devolvía la pregunta.

No profundizaba.

No mostraba interés.

Era educada… como con un extraño.

Eso lo desconcertaba.

Las noches eran peores…

Dormían en la misma cama, separados por una distancia que no se medía en centímetros, sino en emociones. Mónica se acostaba de espaldas, siempre del mismo lado. No lo tocaba. No se movía.

Marco permanecía despierto largo rato, escuchando su respiración tranquila.

— ¿Siempre vas a ser así? —preguntó una noche, incapaz de seguir guardando silencio.

Mónica abrió los ojos, pero no se giró.

— ¿Así cómo? —preguntó con calma.

—Tan… distante.

Ella se incorporó lentamente y lo miró.

—Te estoy respetando —dijo—. Creí que eso era lo que querías.

Marco apretó los labios.

—No pedí esto.

—Sí lo hiciste —respondió ella con suavidad—. Cuando dijiste que nunca podrías amarme, marcaste el límite.

Marco no supo qué responder.

Mónica volvió a acostarse y apagó la luz.

Con el paso de los días, Marco empezó a notar pequeños detalles que lo inquietaban.

Mónica ya no buscaba su aprobación.

No le preguntaba su opinión.

No intentaba agradarle.

Si él llegaba tarde, ella no reclamaba.

Si él no estaba en casa, ella cenaba sola.

Si él se iba temprano, ella no preguntaba a dónde.

Era libre.

Y esa libertad lo irritaba.

—No te importa nada —le dijo una tarde, frustrado.

Mónica levantó la vista de los documentos que estaba revisando.

—Claro que me importa —respondió—. Me importa cumplir con mis responsabilidades.

—No hablo de eso —replicó—. Hablo de nosotros.

Ella lo observó en silencio durante unos segundos.

—Marco —dijo finalmente—. Tú decidiste que no existía un “nosotros”.

Sus palabras fueron suaves, pero firmes.

Y dolieron.

Una noche, durante una cena familiar, alguien hizo un comentario sobre lo afortunados que eran de haberse casado por amor.

Mónica sonrió con educación.

Marco apretó el tenedor.

—Sí —respondió ella—. Muy afortunados.

La ironía pasó desapercibida para todos… menos para él.

De regreso a casa, Marco estalló.

— ¿Por qué dijiste eso?

— ¿Qué cosa? —preguntó ella con aparente inocencia.

—Lo del amor.

Mónica se quitó el abrigo con calma.

—Es lo que esperan escuchar —respondió—. No veo el problema.

—El problema es que no es cierto.

Ella se acercó y lo miró a los ojos.

—Nunca lo fue —dijo—. Solo que ahora ya no me duele admitirlo.

Marco sintió una punzada en el pecho.

Por primera vez, entendió que la distancia de Mónica no era debilidad.

Era defensa.

Y también… castigo.




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