La venganza

Capítulo 6 Lo que no supo perder

Marco empezó a notar su ausencia incluso cuando Mónica estaba ahí.

No era una ausencia física. Ella cumplía con todo: reuniones familiares, eventos sociales, compromisos empresariales. Siempre puntual, siempre correcta. Pero había algo que ya no estaba.

Su atención.

Antes, Mónica lo miraba cuando él hablaba. Ahora escuchaba sin realmente verlo. Antes se preocupaba por su estado de ánimo. Ahora solo tomaba nota, como quien cumple una obligación.

Eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Una tarde, Marco llegó antes de lo habitual. Al entrar en la casa, escuchó voces en la sala.

—…no deberías permitir que te traten así —decía una voz masculina.

Marco se detuvo.

No reconocía la voz.

Se acercó con cautela y los vio. Mónica estaba sentada frente a un hombre que él no conocía. Ambos hablaban con naturalidad. Ella estaba relajada… incluso sonreía.

Eso lo golpeó.

—Gracias por escucharme —dijo Mónica—. No suelo hablar de estas cosas.

—Cuando quieras —respondió el hombre—. Lo mereces.

Marco sintió una presión incómoda en el pecho.

— ¿Qué está pasando aquí? —preguntó, interrumpiendo la escena.

Mónica levantó la vista, sin sobresaltarse.

—Marco, él es Daniel —dijo con tranquilidad—. Es asesor legal de la empresa Aguirre. Vino a revisar unos documentos.

Daniel se puso de pie de inmediato.

—Un gusto —saludó con cortesía.

Marco estrechó su mano con rigidez.

—No sabía que tendríamos visitas —dijo, mirando a Mónica.

—No pensé que fuera necesario informarte —respondió ella—. Era algo de trabajo.

Trabajo.

La palabra lo molestó más de lo que debía.

Esa noche, Marco no pudo concentrarse en nada.

La imagen de Mónica sonriendo frente a otro hombre se repetía una y otra vez en su mente. No era una sonrisa exagerada, ni coqueta… era una sonrisa genuina.

Y él hacía semanas que no la veía así.

— ¿Desde cuándo hablas así con extraños? —preguntó de pronto, cuando estaban en la habitación.

Mónica levantó la mirada del libro que estaba leyendo.

—Desde que aprendí a no guardar todo para mí —respondió.

—No es apropiado.

Ella alzó una ceja.

— ¿Por qué?

Marco abrió la boca… y la cerró.

No tenía una respuesta válida.

—No te corresponde decidir eso —continuó Mónica—. Somos esposos por un acuerdo, no por posesión.

La palabra le cayó como un golpe.

Posesión.

—No te veo como una posesión —dijo con aspereza.

—Entonces no actúes como si te incomodara que alguien más me trate con respeto —replicó ella.

Silencio.

Marco apretó los puños.

Esa noche no durmió.

Por primera vez, sintió algo que no sabía nombrar del todo.

No era amor.

No era deseo.

Era miedo.

Miedo a que Mónica dejara de necesitarlo.

Miedo a que dejara de verlo.

Miedo a descubrir que la había subestimado.

Y en ese miedo, apareció una verdad que Marco no estaba listo para aceptar:

La mujer que había creído controlar…ya no le pertenecía ni un poco.

Y eso, sin saber por qué, le dolía.




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