La venganza

Capítulo 7 Control disfrazado

Marco decidió que no podía seguir así.

No podía seguir observando cómo Mónica se alejaba sin hacer nada, cómo su casa se llenaba de silencios incómodos y miradas que ya no lo buscaban. No estaba acostumbrado a perder terreno, mucho menos dentro de su propio matrimonio.

Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo se le escapaba de las manos:

intentó controlarlo.

—A partir de ahora quiero que me informes de tus reuniones —dijo una mañana, sin rodeos—. No es apropiado que reciba visitas sin que yo lo sepa.

Mónica levantó la vista del desayuno, sorprendida no por la exigencia, sino por el tono.

— ¿Desde cuándo? —preguntó con calma.

—Desde ahora —respondió él—. Somos un matrimonio. Lo mínimo es mantenernos informados.

Ella dejó la taza sobre la mesa con cuidado.

—Marco, yo no te pido explicaciones cuando llegas tarde —dijo—. No te pregunto con quién hablas ni a dónde vas.

—Es diferente.

—No —respondió ella con firmeza—. Solo te resulta incómodo porque ya no tienes control.

Marco apretó la mandíbula.

—No sabes de lo que hablas.

—Claro que sí —dijo ella mirándolo a los ojos—. Antes yo dependía de tu atención. Ahora no… y eso te molesta.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Decidido a no perder terreno, Marco empezó a cambiar su actitud.

La acompañó a eventos sociales sin avisarle. Se mostraba atento en público, posesivo incluso. Le tomaba la mano frente a los demás, la rodeaba por la cintura, sonreía como el esposo perfecto.

Mónica no lo rechazaba.

Y eso lo confundía.

Porque tampoco respondía.

—Podrías al menos fingir un poco más —le susurró al oído durante una cena.

Ella sonrió levemente.

—Eso es lo que estoy haciendo —respondió.

Marco sintió un escalofrío.

Esa noche, intentó acercarse a ella.

No con palabras, sino con gestos. Se sentó más cerca en la cama, rozó su brazo “por accidente”, apoyó la mano sobre el colchón, demasiado cerca.

Mónica no se movió.

— ¿Te incomoda? —preguntó él.

—No —respondió ella—. Me es indiferente.

Esa palabra fue peor que un rechazo.

—No puedes seguir tratándome como si no existiera —dijo Marco, perdiendo la paciencia.

Mónica se giró y lo miró con una serenidad peligrosa.

—Tú me enseñaste a hacerlo —dijo—. Solo estoy siguiendo tu ejemplo.

Marco sintió que algo se quebraba dentro de él.

Al día siguiente, Marco tomó una decisión impulsiva.

Llamó a su padre.

—Necesito que intervengas —le dijo—. Mónica se está comportando de forma inapropiada.

— ¿Inapropiada? —Repitió su padre—. ¿Qué ha hecho?

—Se está alejando —respondió—. No actúa como una esposa.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea.

—Marco —dijo su padre con voz fría—. Eso fue exactamente lo que pediste. No empieces a quejarte ahora.

La llamada terminó.

Y Marco se quedó mirando su teléfono, sintiéndose… expuesto.

Esa noche, Mónica llegó más tarde de lo habitual.

— ¿Dónde estabas? —preguntó Marco, incapaz de contenerse.

—Fuera —respondió ella mientras dejaba su bolso.

—No es una respuesta.

Mónica lo miró por unos segundos y luego habló, despacio.

—Marco, tienes que entender algo —dijo—. No soy tu enemiga. Pero tampoco soy tu refugio.

Se acercó a la escalera.

—Si quieres respeto, deja de intentar dominar lo que ya no te pertenece.

Subió sin mirar atrás.

Marco se quedó solo en la sala, con una verdad que comenzaba a dolerle más de lo esperado:

Mientras más intentaba recuperarla, más evidente se hacía que la había perdido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.