Marco no durmió esa noche.
Las palabras de Mónica lo perseguían, no como reproches, sino como verdades incómodas que ya no podía ignorar. “No soy tu refugio.” Jamás nadie le había hablado así. Jamás alguien había dejado tan claro que no lo necesitaba.
Y eso lo enfureció.
No de manera explosiva, sino de esa forma silenciosa y peligrosa en la que el orgullo busca recuperar terreno.
Si no podía controlarla desde dentro… lo haría desde afuera.
El error comenzó como algo “pequeño”.
Marco llamó a Daniel.
—Necesito que te mantengas al margen de cualquier asunto que involucre a mi esposa —dijo con tono profesional—. A partir de ahora, esos temas los revisaré yo.
Daniel guardó silencio un segundo.
—Con todo respeto —respondió—, trabajo para la empresa Aguirre, no para usted.
—Ahora Mónica es una Salazar —replicó Marco—. Y yo me encargaré de que las cosas se hagan correctamente.
Colgó sin esperar respuesta.
Se sintió satisfecho.
Por unos minutos.
Mónica se enteró esa misma tarde.
Daniel fue directo, incómodo, casi avergonzado.
—No quería decírtelo así, pero… Marco me pidió que me retirara de los asuntos que llevábamos —dijo—. Argumentó conflicto de intereses.
Mónica no respondió de inmediato.
Sintió algo arderle en el pecho, pero no era tristeza. Era decepción.
—Gracias por decírmelo —dijo al fin—. Yo me encargaré.
Cuando Marco llegó a casa, la encontró sentada en la sala, con el rostro inexpresivo y las manos entrelazadas.
— ¿Qué hiciste? —preguntó ella sin rodeos.
Marco se quitó el saco con calma.
—Evité un malentendido —respondió—. No es correcto que te involucres tanto con alguien externo.
—No es externo —replicó—. Es parte de mi trabajo.
—No mientras seas mi esposa.
Ahí estuvo.
La línea.
Mónica se levantó lentamente.
—No tienes derecho —dijo con voz baja—. No profesional, no personal, no humano.
—Soy tu esposo —respondió Marco—. Tengo responsabilidades.
Ella soltó una risa corta, incrédula.
—No —dijo—. Lo que tienes es miedo.
Eso lo hizo perder el control.
— ¡Claro que no! —Alzando la voz—. Lo que tengo es paciencia, Mónica, algo que tú pareces haber agotado.
Ella lo miró fijamente.
— ¿Paciencia? —repitió—. ¿Con qué? ¿Con que no te ame? ¿Con que ya no te mire como antes?
Marco dio un paso hacia ella.
—No juegues conmigo.
—Tú empezaste —respondió—. El día que decidiste que yo no valía la pena.
El silencio que siguió fue pesado, espeso.
Marco respiraba agitado.
—Si sigues así —dijo finalmente—, voy a hablar con tu padre.
Las palabras cayeron como un golpe.
Mónica palideció.
—No te atrevas —susurró.
—Haré lo que sea necesario para poner orden —respondió él—. Aunque no te guste.
En ese momento, algo dentro de Mónica se cerró por completo.
—Entonces hazlo —dijo con una calma aterradora—. Pero no vuelvas a confundirte, Marco.
Se acercó hasta quedar frente a él.
—Después de eso… ya no habrá regreso.
Subió las escaleras sin mirar atrás.
Esa noche, Marco habló con Enrique Aguirre.
No pidió consejo.
Pidió presión.
Y al colgar, sintió por primera vez una punzada de duda.
Pero ya era tarde.
Porque al otro lado de la casa, Mónica tomaba una decisión silenciosa.
No iba a llorar.
No iba a suplicar.
No iba a huir.
Si él quería control…ella aprendería a destruirlo sin levantar la voz.
Y así, sin saberlo,
Marco acababa de encender la verdadera venganza…