La venganza

Capítulo 9 La deuda de ser hija

Enrique Aguirre no llamó.

Ordenó.

Mónica recibió el mensaje poco después del amanecer:

“Te espero en mi despacho. No llegues tarde.”

No había saludo.

No había explicación.

Mónica leyó el mensaje dos veces y dejó el teléfono sobre la mesa. No sintió miedo. Tampoco sorpresa. Había algo peor creciendo en su pecho: resignación lúcida.

Marco observó cómo se preparaba para salir.

— ¿A dónde vas? —preguntó, fingiendo indiferencia.

—Con mi padre —respondió ella mientras tomaba su bolso.

Marco asintió, pero evitó mirarla.

Mónica se detuvo un segundo en la puerta.

—Espero que esta vez —dijo sin girarse—, estés satisfecho.

Salió sin esperar respuesta.

El despacho de Enrique era amplio, sobrio, intimidante. Todo ahí estaba diseñado para imponer autoridad. Enrique estaba de pie, de espaldas, mirando por la ventana cuando Mónica entró.

—Cierra la puerta —ordenó.

Mónica obedeció.

— ¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó él, sin volverse.

—Lo imagino.

Enrique giró lentamente.

—Marco me llamó —dijo—. Está preocupado por tu comportamiento.

Mónica sostuvo su mirada.

— ¿Mi comportamiento? —repitió—. Cumplo con todo lo que esperaban de mí.

—No —respondió Enrique con frialdad—. Estás desobedeciendo. Te estás saliendo del papel que te corresponde.

— ¿Cuál papel? —preguntó ella—. ¿El de esposa sumisa? ¿El de mujer agradecida?

Enrique dio un golpe seco sobre el escritorio.

— ¡No me hables así!

Mónica no se movió.

—Te di todo —continuó él—. Te aseguré una posición, un apellido, estabilidad. Y tú lo estás arruinando con tus actitudes.

—Yo no pedí este matrimonio —respondió ella con voz firme—. Tú lo decidiste.

—Y fue la mejor decisión de tu vida —replicó—. Marco es un buen partido, de una familia poderosa. Si no sabe apreciarte aún, es porque no estás haciendo lo suficiente.

Las palabras le atravesaron el pecho.

— ¿Hacer lo suficiente? —susurró—. ¿Qué más se supone que haga?

—Complacerlo —respondió Enrique sin dudar—. Adaptarte, ceder, adelgazar, dejar de comportarte como una niña herida.

Mónica sintió cómo algo se rompía… pero ya no dolía.

— ¿Y si no quiero? —preguntó.

Enrique la miró como si acabara de decir una estupidez.

—No es una opción.

Se acercó a ella, invadiendo su espacio.

—Si sigues poniendo en riesgo esta alianza —continuó—, no solo te afectará a ti, afectará a tu madre, a la empresa, a todo lo que tienes.

— ¿Es una amenaza? —preguntó Mónica.

—Es la realidad —respondió él—. Y te conviene recordarla.

Hubo un silencio largo.

Mónica respiró profundo.

—Entiendo —dijo finalmente.

Enrique sonrió, satisfecho.

—Eso espero.

Al salir del despacho, Mónica sintió el aire pesado.

Caminó sin prisa, sin llorar. Entró al elevador y cuando las puertas se cerraron, apoyó la frente contra el espejo.

No lloró.

Sonrió.

Una sonrisa pequeña, cansada… peligrosa.

Porque en ese momento lo entendió todo.

No era esposa.

No era hija.

No era socia.

Era moneda de cambio.

Y las monedas no aman.

Las monedas aprenden a cobrar.

Cuando regresó a casa, Marco estaba en la sala.

— ¿Todo bien? —preguntó, levantándose.

Mónica lo miró con una calma que lo inquietó.

—Perfecto —respondió—. Mi padre fue muy claro.

—Me alegra —dijo él, aliviado.

Ella se acercó lentamente.

—A partir de ahora —continuó—, haré exactamente lo que esperan de mí.

Marco sonrió, creyendo haber ganado.

No supo ver que en los ojos de Mónica ya no había tristeza.

Solo cálculo…




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