Mónica decidió probar algo simple.
No pidió permiso.
No explicó.
No avisó.
Esa mañana salió temprano de casa.
Marco bajó a desayunar y encontró la mesa puesta… pero vacía. El café estaba frío. No había nota. No había mensaje.
Frunció el ceño.
— ¿Mónica? —llamó.
Silencio.
Tomó el teléfono.
¿Saliste? —escribió—
No hubo respuesta.
Por primera vez en semanas, Marco llegó tarde al trabajo.
Durante la junta, algo no funcionó.
Marco hablaba, pero nadie asentía con la misma seguridad de antes. Hizo una pausa, esperando —sin darse cuenta— la mirada de Mónica que solía confirmar que iba por buen camino.
No estaba.
— ¿Continuamos? —preguntó uno de los socios.
Marco retomó, pero su voz ya no sonaba igual.
Al terminar, salió molesto.
— ¿Dónde estás? —escribió de nuevo.
Nada.
Mónica pasó el día fuera.
Almorzó con una socia de la empresa Aguirre. Caminó sin prisa. Compró un libro. Se sentó en una cafetería tranquila y dejó el teléfono boca abajo.
No estaba huyendo.
Estaba respirando…Y también observando.
Marco regresó a casa temprano.
La encontró vacía otra vez.
—Esto no es normal —murmuró, recorriendo la sala—. No sin decir nada…
El sonido de la puerta lo hizo girar.
Mónica entró con calma, dejando el bolso sobre la mesa.
—Llegas temprano —comentó.
Marco se levantó de inmediato.
— ¿Dónde estabas? —Preguntó, sin disimular la tensión—. Te llamé.
—Lo sé —respondió ella—. Vi los mensajes.
— ¿Entonces?
—Necesitaba tiempo —dijo con serenidad—. Pensé que no era necesario dar explicaciones.
Marco abrió la boca… y la cerró.
Esa frase era suya.
Ella la estaba usando.
—No me gusta esto —dijo al fin.
— ¿Qué cosa?
—No saber dónde estás.
Mónica lo miró con atención.
—Ahora sabes cómo me sentía —dijo—. Todos los días.
El silencio fue incómodo.
—No quise decir eso —murmuró Marco.
—Lo sé —respondió ella—. Por eso no te lo reclamo.
Eso fue peor.
Esa noche, Marco intentó acercarse.
— ¿Estás molesta conmigo?
Mónica negó con la cabeza.
—No —dijo—. Solo estoy ocupándome de mí.
Marco sintió una punzada en el pecho.
— ¿Ya no te importa lo que piense?
Mónica lo observó con una mezcla de calma y cansancio.
—Me importa —respondió—. Pero ya no define mis decisiones.
Marco tragó saliva.
—No me dejes fuera —pidió, casi sin darse cuenta.
Mónica sostuvo su mirada.
—Entonces no intentes encerrarme.
A partir de ese día, Mónica repitió el patrón.
Aparecía.
Desaparecía.
Decidía.
Nunca con desprecio.
Nunca con frialdad.
Con autonomía.
Y Marco, sin notarlo del todo, empezó a acomodar su vida alrededor de ella.
Esperaba su llegada.
Ajustaba horarios.
La buscaba con la mirada.
La dependencia ya no era sutil.
Era real.
Y Mónica, por primera vez desde que todo empezó, supo que tenía algo más poderoso que el control:
Elección.