Mónica sintió el cambio antes de entenderlo.
No fue una discusión, ni una escena incómoda. Fue una sensación persistente, como si algo invisible comenzara a cerrarse a su alrededor. Miradas que duraban un segundo de más. Silencios estratégicos. Conversaciones que se detenían cuando ella entraba a una sala.
Algo se movía.
Y no era Marco.
La primera señal clara llegó en forma de una llamada.
—Señora Salazar —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—, le hablamos del despacho jurídico Beltrán & Asociados. Representamos intereses vinculados a la fusión Aguirre–Salazar.
Mónica se tensó.
— ¿En qué puedo ayudarles?
—En realidad, somos nosotros quienes necesitamos hablar con usted. Sobre ciertos movimientos recientes… que podrían interpretarse como un conflicto interno.
Mónica cerró los ojos un segundo.
— ¿Qué tipo de movimientos?
—Su creciente participación en decisiones que, según algunos socios, no le corresponden directamente.
Ahí estaba.
—Tomaré nota —respondió con calma—. Pueden enviar la información por escrito.
Colgó despacio.
No era una advertencia abierta.
Era un aviso.
Esa misma noche, Marco llegó serio.
—Tenemos un problema —dijo apenas la vio.
—Lo sé —respondió ella.
Marco se detuvo.
— ¿Cómo?
—Hoy me llamaron unos abogados —dijo—. No vinieron de la nada.
Marco apretó la mandíbula.
—Mi padre recibió presiones —confesó—. Algunos socios no están cómodos contigo.
— ¿Contigo o conmigo? —preguntó Mónica.
Marco no respondió de inmediato.
—Dicen que estás influyendo demasiado —añadió—. Que me condicionas.
Mónica sonrió apenas.
— ¿Eso piensas tú?
Marco negó con la cabeza.
—No —dijo—. Pero no todos piensan como yo.
Esa frase, dicha sin intención, reveló más de lo que Marco quiso.
Días después, el golpe fue más directo.
Mónica fue excluida de una reunión clave.
No recibió invitación.
No recibió aviso.
Se enteró por terceros.
Cuando lo confrontó, Marco parecía incómodo.
—No fue decisión mía —dijo—. Mi padre insistió. Dice que es mejor evitar tensiones.
— ¿Evitar tensiones… conmigo? —preguntó ella.
—Es temporal —respondió—. Solo hasta que se calmen las aguas.
Mónica asintió.
—Entiendo.
Pero no era verdad.
Lo que Enrique y los socios querían no era calma.
Era volver a colocarla en su sitio.
Esa noche, Mónica no durmió.
No por miedo.
Por claridad.
Había subestimado algo importante, el sistema no tolera a quien aprende demasiado rápido.
Y ella había aprendido.
Al amanecer, Marco la encontró sentada en la sala, vestida, con el bolso listo.
— ¿Te vas? —preguntó, alarmado.
—Sí —respondió ella—. Tengo cosas que resolver.
— ¿Puedo ayudarte?
Mónica lo miró largo rato.
—Eso depende —dijo—. ¿Estás dispuesto a incomodar a los tuyos… o solo a mí?
Marco sintió un nudo en el estómago.
No respondió.
Mónica pasó a su lado y abrió la puerta.
—No te preocupes —añadió—. De una forma u otra, voy a proteger lo que es mío.
Salió.
Y por primera vez desde que se casaron, Marco entendió algo con una claridad brutal:
La amenaza ya no era perder a Mónica.
La amenaza era ponerse en su contra.