La venganza

Capítulo 14 Mover sin tocar

Mónica no atacó de frente.

Eso habría sido un error.

En lugar de confrontar a Enrique, a los socios o a los abogados, hizo algo mucho más peligroso: se volvió necesaria donde no podían eliminarla sin perder algo.

Su primer movimiento fue discreto.

Pidió una reunión… no con los Salazar, sino con un grupo reducido de inversionistas externos, antiguos contactos de la familia Aguirre que Enrique había dejado de lado por considerarlos “secundarios”.

—No vengo a proponer cambios —les dijo—. Vengo a evitar errores.

Eso llamó la atención.

Durante días, Mónica trabajó en silencio.

Revisó contratos antiguos.

Detectó cláusulas olvidadas.

Encontró beneficios mal aprovechados.

Nada ilegal.

Nada agresivo.

Solo verdades que nadie había querido mirar.

Cuando tuvo todo listo, no lo presentó como una exigencia.

Lo presentó como una solución.

—Si esta parte se cae —explicó en una reunión informal—, la fusión no fracasa… pero pierde solidez. Y eso sí es peligroso.

Los inversionistas se miraron entre ellos.

— ¿Por qué nadie había mencionado esto antes? —preguntó uno.

Mónica sonrió.

—Porque nadie estaba mirando desde este ángulo.

El efecto fue inmediato.

No hubo comunicados.

No hubo confrontaciones.

Pero empezaron las preguntas.

— ¿Quién revisó ese punto?

— ¿Por qué no se consideró esa alternativa?

— ¿Desde cuándo Mónica Aguirre entiende tan bien la estructura?

Las preguntas eran semillas.

Marco fue el primero en notarlo.

—Mi padre está inquieto —le dijo una noche—. Están pidiendo que asistas a la próxima reunión.

Mónica lo miró con calma.

— ¿Pidiendo… o exigiendo?

Marco dudó.

—Ambas cosas.

—Entonces iré —respondió ella—. Pero no como invitada.

Marco la observó.

— ¿Entonces?

—Como parte del problema… y de la solución.

La reunión fue tensa.

Enrique evitó mirarla al principio.

Los socios hablaban con cuidado.

Cuando Mónica tomó la palabra, nadie la interrumpió.

—No estoy aquí para competir —dijo—. Ni para imponerme. Estoy aquí porque esta fusión también es mi responsabilidad.

Enrique apretó la mandíbula.

—Hay quienes creen que te estás extralimitando —dijo.

Mónica lo miró de frente.

—Y hay quienes creen que estoy evitando pérdidas —respondió—. Ambas cosas pueden ser ciertas.

Silencio.

—La diferencia —continuó— es que yo no estoy intentando desplazar a nadie. Solo estoy asegurando que esto funcione.

Uno de los socios carraspeó.

—Los números respaldan lo que dice —admitió—. Ignorarlo sería imprudente.

Eso fue suficiente.

Al salir, Enrique se acercó a ella.

—No te equivoques —le dijo en voz baja—. Esto no te da poder.

Mónica lo miró sin temor.

—No —respondió—. Me da permanencia papá.

Se dio la vuelta y se fue.

Esa noche, Marco la observó en silencio.

— ¿Cuándo te volviste así? —preguntó.

Mónica se quitó los pendientes con calma.

—Cuando entendí que nadie iba a protegerme —respondió—. Ni tú. Ni mi padre.

Marco tragó saliva.

— ¿Y ahora?

Mónica lo miró.

—Ahora me protejo sola.

Marco sintió algo mezclarse en su pecho: admiración… y miedo.

Porque el contraataque no había sido violento.

Había sido elegante.

Y había funcionado.

Y Marco comprendió algo que ya no podía ignorar:

Mónica ya no estaba reaccionando.

Estaba dirigiendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.