La respuesta no tardó.
Mónica lo supo antes de que nadie se lo dijera. El ambiente había cambiado otra vez, pero ya no era incomodidad: era resistencia organizada.
Correos que no llegaban.
Decisiones tomadas sin consultarla.
Reuniones adelantadas “por error”.
La estaban empujando hacia afuera.
El golpe directo vino de donde más dolía.
—Se ha decidido hacer un ajuste temporal —anunció uno de los socios durante una videollamada—. Para evitar conflictos internos, la señora Salazar quedará al margen de las decisiones estratégicas.
Mónica sostuvo la mirada.
— ¿Temporal hasta cuándo? —preguntó.
—Hasta nuevo aviso.
Eso era una expulsión elegante.
—Entiendo —respondió—. ¿Esto fue votado?
Hubo silencio.
—No formalmente —admitieron—. Fue una recomendación.
Mónica sonrió apenas.
—Entonces no es una decisión. Es una sugerencia.
La llamada terminó con tensiones visibles.
Esa tarde, Enrique fue más claro.
—Te advertí —dijo, caminando por su despacho—. No sabes cuándo detenerte.
—Sé exactamente cuándo hacerlo —respondió Mónica—. Lo que no sabía era cuánto les molestaría que pensara.
—No te confundas —replicó—. Aquí no se trata de inteligencia, sino de jerarquía.
Mónica lo miró con una calma que lo irritó.
—Entonces admítelo —dijo—. No les molesta que ayude. Les molesta que no me puedan controlar.
Enrique dio un paso hacia ella.
—No olvides quién te dio todo —dijo—. Y quién puede quitártelo.
—Nunca me diste nada —respondió—. Solo me usaste.
La bofetada no fue física.
Fue peor.
—Si sigues así —continuó Enrique—, arrastrarás a Marco contigo.
Eso la detuvo.
Marco se enteró esa noche.
—Mi padre está furioso —le dijo—. Dice que estás poniendo en riesgo la fusión.
— ¿Eso crees tú? —preguntó Mónica.
Marco dudó.
—Creo que… no están siendo justos contigo.
Ella lo miró con atención.
—Eso no es una respuesta —dijo—. Es una evasión.
Marco bajó la mirada.
—Me están presionando —admitió—. Quieren que te detenga.
— ¿Y tú qué quieres? —preguntó ella.
Marco no respondió.
El silencio fue la respuesta.
Días después, la represalia se volvió personal.
Un rumor empezó a circular.
Que Mónica manipulaba decisiones.
Que influía emocionalmente en Marco.
Que no sabía “cuál era su lugar”.
Ella escuchó todo sin reaccionar.
Hasta que una tarde, Marco llegó devastado.
—Están cuestionando mi liderazgo —confesó—. Dicen que desde que tú intervienes, yo ya no decido solo.
Mónica lo miró fijamente.
— ¿Y eso te molesta… o te asusta?
Marco cerró los ojos.
—Ambas cosas.
Ahí estaba el verdadero daño.
No a ella.
A él.
Esa noche, Mónica se sentó sola en la habitación.
La represalia había sido efectiva. No la habían destruido, pero habían tocado el punto débil: Marco.
Y ahora la jugada era más peligrosa.
Porque para seguir adelante, alguien iba a tener que caer.
O Marco…o el sistema que lo sostenía.