La presión externa disminuyó, pero la interna creció.
Marco empezó a notar cosas que antes ignoraba.
Cómo Mónica se detenía antes de hablar.
Cómo medía sus palabras.
Cómo ya no se entregaba del todo a nada… ni a nadie.
— ¿Te hice tanto daño? —preguntó una mañana.
Mónica siguió preparando café.
—No —respondió—. Me hiciste aprender.
Eso fue peor.
Mientras tanto, Enrique intentó acercarse.
No con disculpas.
Con conveniencia.
—Podríamos empezar de nuevo —le dijo—. Dejar atrás los malentendidos.
Mónica lo miró con serenidad.
—Nunca tuvimos un inicio —respondió—. Solo una deuda.
Y se fue.
Marco empezó a cambiar… torpemente.
Escuchaba más.
Interrumpía menos.
Preguntaba sin imponer.
A veces Mónica respondía.
A veces no.
Y Marco aprendió algo nuevo: amar sin garantía.