Una noche, Marco se detuvo antes de entrar a casa.
Entendió algo que le dio miedo.
Podía quedarse… o podía perderla del todo.
Pero ya no podía retenerla.
Entró.
—Si quieres irte —dijo sin rodeos—, no voy a detenerte.
Mónica lo miró largo rato.
—Eso llega tarde —respondió—. Pero no es inútil.
— ¿Entonces?
—Entonces quédate —dijo—. Pero no como esposo por obligación. Como hombre dispuesto a empezar sin control.
Marco asintió.
No prometió amor.
Prometió respeto.
Y por primera vez… eso fue suficiente.