La decisión no se tomó en medio de una discusión.
Eso fue lo más extraño.
Mónica lo pensó durante días, en silencios largos y noches sin sueño. Marco notó el cambio, pero no preguntó. Había aprendido, al menos eso.
La conversación ocurrió una mañana tranquila.
—Me voy a ir un tiempo —dijo ella, sirviéndose café.
Marco levantó la mirada despacio.
— ¿Cuánto tiempo?
—No lo sé —respondió—. Lo suficiente.
Marco asintió, aunque el gesto le costó.
— ¿Es… definitivo?
Mónica negó con la cabeza.
—No —dijo—. Pero tampoco es una prueba para ti. Es algo que necesito hacer sola.
Marco apretó los labios.
— ¿Te hice daño otra vez?
Mónica lo miró.
—No —respondió—. Pero sigo sanando. Y no puedo hacerlo aquí.
Marco respiró hondo.
—Entonces vete —dijo—. Y hazlo sin culpa.
Eso la sorprendió.
Mónica se fue sin dramatismo.
Una maleta.
Pocas cosas.
Ninguna promesa.
Se instaló en un departamento pequeño, luminoso, lejos de los apellidos y los silencios pesados. El primer día durmió doce horas seguidas.
Por primera vez en mucho tiempo, no soñó.
Marco se quedó con una casa demasiado grande.
El silencio volvió, pero no era el mismo. Esta vez no había reproches pendientes. Solo ausencia.
Aprendió a preparar su propio café.
A ordenar sin ayuda.
A no buscarla en cada habitación…Y aun así, lo hacía.
Durante la separación, hablaron poco.
Mensajes breves.
Prácticos.
Respetuosos.
“Llegué bien.”
“Que tengas buen día.”
“Avísame si necesitas algo.”
Nada más.
Eso dolía más que discutir.
Mónica comenzó a reencontrarse consigo misma.
Volvió a escribir.
A caminar sin rumbo.
A pensar sin miedo.
Conoció gente que no sabía quién era ni con quién se había casado. Y por primera vez, eso fue un alivio.
Marco, en cambio, se enfrentó a algo nuevo.
Soledad sin culpa.
No podía culparla.
No podía culpar a su padre.
No podía culpar al sistema.
Solo podía mirarse…Y no siempre le gustó lo que vio.
Una noche, Marco escribió un mensaje largo.
Lo borró.
Escribió otro.
Lo borró también.
Al final solo envió:
“Espero que estés bien.”
Mónica leyó el mensaje, sonrió con melancolía… y respondió:
“Estoy aprendiendo a estarlo.”
La separación no rompió el vínculo.
Lo dejó suspendido.
Y eso era más peligroso.
Porque cuando el tiempo pasa y nadie pelea…la pregunta ya no es si duele.
Es si aún importa.