Mónica aceptó verlo otra vez.
No lo pensó demasiado. Tampoco lo analizó como solía hacerlo con todo. Simplemente dijo que sí, y esa sola decisión le provocó una mezcla de vértigo y alivio.
Quedaron de verse un sábado por la mañana.
Nada formal.
Nada planeado.
Café y caminar.
Julián llegó puntual, con una sonrisa tranquila, sin prisas.
—Pensé que tal vez no vendrías —dijo.
—Yo también —admitió Mónica.
Caminaron sin rumbo fijo. Hablaron de libros, de lugares que les gustaban, de cosas pequeñas. Julián escuchaba sin interrumpir. No corregía. No evaluaba.
—No intentas impresionar —comentó Mónica en algún momento.
— ¿Debería? —preguntó él, genuinamente confundido.
Ella sonrió.
—No —respondió—. Es… refrescante.
Se sentaron en una banca del parque.
El sol caía suave, sin imponerse. Julián se recargó con naturalidad, dejando espacio entre ambos. Ese detalle no pasó desapercibido para Mónica.
— ¿Siempre eres así? —preguntó ella.
— ¿Así cómo?
—Respetuoso sin parecer distante.
Julián la miró con curiosidad.
—Supongo que aprendí que nadie se queda por presión —dijo—. Se quedan porque quieren.
Las palabras le golpearon el pecho.
Pasaron horas juntos sin notarlo.
No hubo silencios incómodos.
No hubo necesidad de explicarse.
Cuando se despidieron, Julián dudó un segundo.
—Me gustas —dijo, sin rodeos—. Pero no quiero correr.
Mónica lo miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.
—Gracias por decirlo así —respondió—. Yo tampoco quiero correr.
Julián sonrió.
—Entonces vamos lento.
Y por primera vez, eso no sonó a miedo.
Sonó a elección.
Esa noche, Mónica llegó a su departamento con el corazón inquieto.
No por Julián.
Por lo que había despertado.
Se dio cuenta de algo incómodo:
Con Julián, no tenía que defenderse.
Con Marco, siempre estaba en guardia.
Esa comparación la asustó.
Marco sintió el cambio incluso a la distancia.
Mónica tardaba más en responder mensajes.
Sus respuestas eran más breves… pero tranquilas.
Ya no había nostalgia entre líneas.
— ¿Conociste a alguien? —preguntó una noche, sin rodeos.
Mónica tardó en responder.
—Estoy conociéndome —escribió finalmente—. Y a alguien más.
Marco sintió el golpe como si hubiera sido físico.
Mientras tanto, Julián no exigía nada.
La invitó a cenar en su departamento días después. Cocinó algo sencillo. Rieron cuando se les quemó un poco la comida. Compartieron una copa de vino.
En algún momento, Julián tomó su mano.
No la apretó.
No la retuvo.
Solo la sostuvo.
Mónica no la retiró.
El beso llegó despacio, sin urgencia.
Y cuando se separaron, Julián apoyó la frente en la de ella.
—Si esto te complica la vida —dijo—, lo paramos.
Mónica cerró los ojos.
—No —respondió—. Esto… me la está aclarando.
Esa noche no pasó nada más.
Y eso, lejos de frustrarla, la hizo sentir segura.
Porque entendió algo que jamás había tenido:
Tiempo.
Respeto.
Libertad.
Y mientras se dormía, una pregunta comenzó a tomar forma, peligrosa y honesta:
¿Y si el amor no tenía que doler para ser real?