Marco condujo sin rumbo durante horas.
No quería llegar a casa.
No quería pensar.
Pero pensar era lo único que hacía.
Las palabras de Mónica se repetían como una condena suave:
“Te quise más de lo que debí.”
“Ahora no sé qué siento.”
No había odio en ellas.
Eso era lo insoportable.
La casa lo recibió con un silencio espeso.
Encendió las luces una por una, como si así pudiera ahuyentar algo. Dejó las llaves, el saco, el teléfono. Se sirvió un vaso de whisky que no quería y lo bebió de golpe.
Luego otro.
Se sentó en el borde de la cama que ya no compartían y se pasó las manos por el rostro.
Por primera vez en su vida, Marco no sabía qué hacer.
Intentó llamarla.
Colgó antes de que contestara.
Se miró al espejo del baño y apenas se reconoció. No parecía derrotado. Parecía vacío.
— ¿Cuándo me volví así? —murmuró.
Pensó en su padre.
En la forma en que Enrique siempre imponía.
En cómo él había confundido control con cuidado.
Y entendió algo que le dolió más que perderla:
La había amado…como le enseñaron a amar…
Los días siguientes fueron peores.
En el trabajo ya no imponía respeto, solo distancia. Nadie lo enfrentaba, pero todos lo evitaban. Las decisiones le pesaban. Dudaba. Postergaba.
El mismo hombre que antes no vacilaba.
— ¿Te pasa algo? —le preguntó un socio.
—Nada —respondió Marco automáticamente.
Mentía.
Una noche, terminó en el bar de siempre.
El mismo donde antes se sentía intocable.
Ahora era solo otro hombre solo.
— ¿Otra? —preguntó el bartender.
Marco asintió.
— ¿Problemas de pareja? —comentó sin interés.
Marco soltó una risa amarga.
—Problemas conmigo —dijo.
Eso fue lo más honesto que había dicho en meses.
Volvió a casa de madrugada.
Tropezó con una caja que Mónica había dejado olvidada en un clóset. Fotos antiguas. Notas. Un cuaderno con apuntes.
Lo abrió sin pensar.
Era de ella.
No cartas de amor.
Reflexiones.
Ideas.
Dudas.
Leyó una frase subrayada:
“Amar no debería sentirse como estar a prueba todo el tiempo.”
Marco se sentó en el suelo.
Y ahí, por primera vez, lloró.
No por perderla.
Sino por entender cuánto la había herido sin notarlo.
Al día siguiente, Enrique lo llamó.
—Tienes que recomponerte —dijo—. Esto ya fue suficiente.
Marco cerró los ojos.
—No —respondió con voz firme—. No lo fue.
Enrique se quedó en silencio.
— ¿Desde cuándo me hablas así?
—Desde que entendí que ser como tú… me dejó solo.
Colgó antes de escuchar la respuesta.
Marco dejó de beber.
No por disciplina.
Por vergüenza.
Empezó terapia en secreto.
Leyó cosas que nunca habría leído antes.
Escuchó más de lo que habló.
No para recuperarla.
Para no volver a ser ese hombre.
Una tarde, escribió un mensaje que no envió.
“No te pido que vuelvas. Solo quería decirte que estoy entendiendo.”
Lo borró.
Y en ese gesto, algo empezó a reconstruirse.
No su matrimonio.
No su orgullo.
Su humanidad.
Mientras tanto, Mónica sentía el eco de su caída sin verlo.
Algo en el aire había cambiado.
Y aunque no lo sabía aún, el verdadero conflicto se acercaba:
Porque Marco ya no estaba luchando por retenerla…estaba aprendiendo a soltarse de sí mismo.
Y eso podía cambiarlo todo.