La venganza

Capítulo 27 Dos formas de quedarse

No fue una casualidad.

Marco no fue a buscarlo con la intención de enfrentarlo, pero cuando lo vio salir del edificio donde vivía Mónica, supo que no podía seguir caminando como si nada.

Julián lo reconoció de inmediato.

No por fotos.

Por intuición.

Se miraron unos segundos antes de hablar. Dos hombres distintos, parados en el mismo punto por razones opuestas.

—Marco —dijo Julián, sin sorpresa.

—Julián —respondió él—. Supuse que eras tú.

No hubo hostilidad.

Eso lo volvió más tenso.

—No vengo a marcar territorio —dijo Marco—. Ni a pedirte nada.

—Me alegra —respondió Julián—. Yo tampoco creo en eso.

Se quedaron de pie, uno frente al otro.

—Mónica no es una disputa —continuó Marco—. Lo aprendí tarde… pero lo aprendí.

Julián lo observó con atención.

—Eso depende de lo que hagas con lo que aprendiste.

Marco asintió.

—Justo por eso estoy aquí.

Caminaron unos metros hasta un café cercano. Se sentaron afuera. Ninguno pidió nada.

—No voy a decirte que me hagas espacio —dijo Marco—. Ni que te alejes.

—Bien —respondió Julián—. Porque no lo haría.

Marco sostuvo la mirada.

—Pero tampoco voy a fingir que no existo.

Julián se recargó en la silla.

—No espero que lo hagas —dijo—. Lo que sí espero es que no la jales de vuelta a un lugar del que está saliendo.

Marco respiró hondo.

—Yo fui ese lugar —admitió—. Y eso es lo que estoy tratando de dejar de ser.

Julián guardó silencio.

—Te lo digo claro —continuó Marco—. Aún la amo. Pero ya no quiero poseerla.

—Eso suena bien —respondió Julián—. El problema es que el amor no siempre sabe retirarse a tiempo.

La frase cayó pesada.

— ¿Crees que no me doy cuenta? —Preguntó Marco—. Cada vez que la miro, tengo que elegir no prometerle nada que no pueda sostener.

Julián lo miró con algo nuevo: respeto cauteloso.

—Entonces estamos más cerca de entendernos de lo que pensé.

—No estoy aquí para ganarte —dijo Marco—. Estoy aquí para no perderla de nuevo… siendo el mismo.

Julián apoyó los codos sobre la mesa.

—Yo no quiero ganarle a nadie —respondió—. Quiero que ella me elija sin miedo, no por contraste.

Marco asintió lentamente.

—Eso es justo.

Se miraron.

Dos hombres queriendo lo mismo…desde lugares distintos.

—Hay algo que debes saber —dijo Marco—. Si Mónica decide seguir contigo, yo no voy a interferir.

Julián sostuvo la mirada.

—Y si decide no hacerlo —respondió—, no quiero ser el motivo por el que vuelva contigo.

Marco esbozó una sonrisa cansada.

—Parece que ambos queremos lo mismo: que no se mienta.

—Exacto.

Se levantaron casi al mismo tiempo.

No hubo amenaza.

No hubo advertencia.

Solo una certeza compartida:

Mónica ya no era un campo de batalla.

Era una decisión viva.

—Cuídala —dijo Marco antes de irse.

Julián negó con la cabeza.

—No —respondió—. Que se cuide sola. Yo solo camino a su lado.

Marco aceptó eso.

Y se fue…

Desde la ventana de su departamento, Mónica los vio separarse en direcciones opuestas.

No supo qué se dijeron.

Pero sintió el peso del momento.

Por primera vez, nadie la estaba empujando.

Nadie la estaba reclamando.

Y eso la dejó sola frente a lo único que ya no podía postergar: elegirse sin huir.




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