La venganza

Capítulo 28 Lo que no vuelve

Mónica cerró la puerta y apoyó la frente contra ella.

No lloró.

Estaba cansada de llorar por cosas que ya entendía.

Caminó descalza por el departamento, apagando luces, como si necesitara reducir el mundo a algo manejable. Se sentó en el suelo de la sala, con la espalda contra el sofá, y dejó que el silencio se instalara sin resistencia.

Por primera vez, no tenía a nadie a quien culpar.

Y eso dolía distinto.

Pensó en Marco.

No en el hombre que fue al final, sino en el que había amado al principio. El que la miraba con orgullo, el que parecía necesitarla sin pedirle que se hiciera pequeña.

¿En qué momento empezó a ceder?

¿Cuándo confundió amor con aguante?

No había una escena clara.

Había sido gradual.

Y eso era lo peligroso.

Pensó en Julián.

En la forma en que no preguntaba de más.

En cómo no llenaba los silencios.

En cómo no parecía necesitar salvarla.

Eso la confrontaba.

Porque una parte de ella siempre había creído que el amor implicaba lucha.

Y Julián no luchaba.

Se levantó y fue al espejo.

Se observó sin dureza, pero sin indulgencia.

— ¿Qué quieres? —se preguntó en voz baja.

La respuesta no llegó rápido.

Quería paz.

Quería intensidad.

Quería no volver a desaparecer en nadie.

Quería amor…pero sin deuda.

Recordó algo que había escrito años atrás, casi como un presagio:

“Si algún día tengo que elegir entre que me quieran y quererme, espero tener el valor de no dudar.”

Cerró los ojos.

¿Lo tenía ahora?

Se dio cuenta de algo incómodo:

No tenía miedo de perder a Marco.

Tenía miedo de volver a perderse con él.

Y con Julián, el miedo era otro:

Temía que al no doler, no fuera real.

Que la calma fuera solo una antesala.

Ese pensamiento la avergonzó. Había aprendido a sobrevivir en la tormenta…

No en la quietud.

Mónica se sentó en la cama y respiró profundo.

No necesitaba decidir esa noche.

Pero sí necesitaba ser honesta consigo misma.

Y la verdad llegó sin dramatismo: No estaba lista para volver atrás.

Pero tampoco quería usar a nadie como puente.

Por primera vez, entendió que su elección no era entre dos hombres.

Era entre repetir el patrón o romperlo aunque doliera.

Tomó el teléfono.

No escribió a Marco. No escribió a Julián.

Escribió una nota para sí misma:

“No elijas por miedo a estar sola. No elijas por costumbre. Elige desde donde no tengas que explicarte.”

Dejó el teléfono y apagó la luz.

Y se permitió descansar en la única certeza que tenía:

Sea cual fuera la decisión, esta vez no iba a traicionarse.




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