La venganza

Epílogo Lo que permanece

Años después, Mónica volvió a pasar frente al edificio.

No entró.

No se detuvo demasiado.

Solo reconoció la fachada como quien reconoce una versión antigua de sí misma: sin rencor, sin nostalgia excesiva.

Había aprendido que no todo lo que marcó necesitaba ser revisitado.

Su nombre ya no aparecía ligado a escándalos ni a apellidos ajenos.

Aparecía en otros lugares.

En proyectos pequeños pero sólidos.

En espacios donde su voz no era una anomalía.

En decisiones tomadas sin urgencia.

Había construido una vida que no se defendía: se sostenía sola.

A veces le preguntaban si se había vuelto dura.

Mónica sonreía.

—Me volví clara —respondía.

Y esa diferencia lo explicaba todo.

Una tarde recibió un correo inesperado.

Era breve, correcto sin reclamos.

Marco le deseaba bienestar. Le contaba, sin detalles, que también había cambiado de rumbo. Que entendía ahora cosas que antes no veía.

No pidió respuesta.

Mónica lo leyó una sola vez.

Y lo dejó ir…

Julián apareció en una foto compartida por alguien más.

No hubo sobresalto.

Solo una sonrisa tranquila.

Algunas personas no están hechas para quedarse. Están hechas para recordarte quién puedes ser.

Esa noche, Mónica se sentó frente a la ventana, con la ciudad extendiéndose como un mapa vivo.

Pensó en todo lo que no volvió. Y en todo lo que sí.

No extrañó el conflicto.

No idealizó el pasado.

Sintió algo mejor: Coherencia.

Cuando alguien le preguntó, tiempo después, si volvería a amar, no dudó.

—Sí —respondió—. Pero nunca más desde el miedo.

Apagó la luz.

Y mientras la ciudad seguía su curso, Mónica supo que había logrado lo más difícil:

No ganar.

No vengarse.

No escapar.

Quedarse consigo misma.

Y eso…eso era lo único que realmente permanece.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.