La venganza del millonario

3. ¿Amigos?

Escondo la cabeza tras el compañero para que el hombre este no me vea, pero parece que el destino está en contra mía, ya que por desgracia, se sienta a mi lado.

 

—Qué linda coincidencia —dice de manera tan descarada al notar mi presencia, tal parece que de verdad le sorprende encontrarme aquí, pero yo comienzo a odiar esas palabras. 

 

Coincidencia.

 

—¿Tengo que empezar a tener miedo? —pregunto realmente interesada por saber.

 

—Miedo de mí, no debes tener.

 

A lo lejos el maestro ha comenzado con su cátedra y por desgracia no estoy entendiendo nada, mi propósito de hacerlo todo mejor se está yendo por un tubo.

 

Ignoro por completo al hombre y trato de concentrarme, anotando algunos puntos importantes, aunque no se para qué me servirá.

 

No veo la hora de salir corriendo. De reojo observo al tipo a mi lado y parece que está atento a la clase. Cuando el maestro se despide, yo salgo a prisa sin detenerme a pensar en el hombre.

 

Al cruzar la puerta unos brazos me detienen, me paro en seco, porque sé que es él y estoy esperando que me dé una explicación, ¿a cerca de qué?, ni yo misma sé.

 

—¿A caso estás huyendo? 

 

—Es obvio, no te das cuenta —le respondo ya molesta, y la razón principal es que el hombre me pone nerviosa, ni siquiera sé cómo interpretar estás emociones que se arremolinan en mi ser.

 

Comienzo a caminar ignorándolo, escucho que habla y dice algo que no tengo ganas de escuchar. 

 

Estoy en la parada del autobús, esperando que el camión pase a prisa y me aleje de aquí, aún tengo clases, pero eso ya no importa, por lo menos por hoy y más tarde me estaré arrepintiendo.

 

—¿Por qué huyes? 

 

—Es algo que ni siquiera debes preguntar, ¡Es ridículo todo esto! Encontrarte a cada rato me está chocando.

 

—Disculpa, no pensé que te sintieras así, para mí es agradable, encontrarte es una señal de que el destino quiere que seamos… —duda un segundo— ¿Amigos?

 

—No sé qué decir respecto a eso.

 

—Empecemos por presentarnos, así ya no seremos desconocidos, ¿te parece? —No respondo—. Entonces empiezo yo. Me llamo Fernando, es un placer conocerte.

 

Ese nombre, ¿dónde es que lo escuché? De pronto se me hace tan familiar. Seguramente la cara que he puesto lo ha desconcertado por cómo me mira.

 

Sacudo la cabeza sacando ideas locas.

 

—Sam, soy Sam. —Le tiendo la mano y me doy cuenta de que ahora el desconcertado es él. Me analiza un segundo antes de tomar mi mano y regalarme una sonrisa.

 

Imaginé una tensión que se rompe en el instante en qué me dedica está sonrisa, es como si estuviera tratando de aligerar cualquier duda que mi mente esté alucinando.

 

—Digamos que somos oficialmente amigo, ahora regresa a tu siguiente clase, que yo haré lo mismo y esperemos a que el destino nos vuelva a reunir para seguir con esta amistad. —diciendo esto y sin tiempo a qué le responda, se aleja y yo me quedo parada aquí viendo su andar. Resulta muy sexi verlo.

 

¿Pero qué carajo estoy pensando? Lo mejor será ir a clase y olvidarme de absurdos. 

 

El día termina mejor de lo que empezó, por fortuna no me encontré en ningún momento al hombre que se me aparece cada dos por tres y no sé si sentirme aliviada o decepcionada.

 

Estoy en casa tratando de cocinar una receta que vi en un canal en internet, es del chef Elián, uno que según sé no se dedica de lleno a esto, pero que sus recetan se ven muy fáciles, además que, dicho sea de paso, es un bombón, lástima que esté casado.

 

En fin, trato de no pensar en nada y concentrarme en lo que estoy haciendo porque si no lo hiciese, seguramente estaría imaginando teorías locas o la ansiedad de descubrir cosas que no sé, harían acto de presencia.

 

—¿En qué tanto piensas? —habla Alice y quiero matarla, me ha dado un susto terrible y sin darme cuenta hice lo que dije que no iba a hacer; perderme en mis pensamientos.

 

—Estás loca, ¿A caso quieres matarme? Y no, no estoy pensando en nada.

 

—Reformulo la pregunta entonces, ¿En quién tanto piensas? —me pregunta coqueta y se está burlando de mí. Ella no sabe nada sobre Fer, el chico de las coincidencias.

 

—Sabes que no hay nadie en quien pensar. Mejor ayúdame a poner la mesa que ya he terminado mi experimento en la cocina.

 

—Otra vez con ese chef eh, ese si es tu amor platónico —va diciendo mientras se dirige al comedor, no me da tiempo de decirle nada.

 

Mientras estamos comiendo, ella me cuenta sobre el dueño del edificio y que pronto estará haciendo remodelaciones. No me preocupa esta información, ya que mientras eso ocurra posiblemente estemos de vacaciones.

 

—Dijo que iba a visitar personalmente a cada inquilino para revisar las condiciones del departamento y a nosotras nos toca hoy.

 

—De acuerdo, mientras voy por las compras tú lo atiendes, porque tú eres la que sabe de todo eso y es tu nombre el que figura en el contrato.

 

—De eso te quería hablar, tengo una cita y no puedo estar. Por favor, ¿Puedes atenderlo tú? —su mirada de súplica es tan convincente que no me queda de otra que aceptar. Y no es que tuviera más opciones.

 

—De acuerdo, esperemos y este, si sea el bueno.

 

Terminamos de comer y limpiar todo a la perfección antes de que ella se vaya.

 

Me pongo a estudiar un rato, cuando le estoy agarrando el hilo al texto que estoy leyendo, escucho el sonido del timbre, imagino que es el dueño quien viene a la revisión. 

 

Abro la puerta con una sonrisa, esperando ver al buen hombre, con barba blanca y que siempre tiene una sonrisa que contagia a todos. Pocas veces lo he visto, pero es más que suficiente para encariñarse con él.




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