La venganza del millonario

6. ¿Será ella?

Fernando

La vida tiene que continuar y después de haber enterrado a mi hermano tomo la que, considero en ese momento, la mejor decisión. Alejarme del mundo que conozco puede ser lo más acertado y creo que entre más distancia ponga, alejaré a mi familia de la oscuridad en que está llegando mi alma.

Al llegar a este nuevo país europeo, tengo que encontrar alguna manera de sobrevivir, sin depender siempre de mi padre y la razón principal es que ocuparé suficiente dinero para mis propósitos y de ser mi él mi principal proveedor, es lógico es que tenga que dar explicaciones, mismas que no estoy dispuesto a dar.

El destino se encuentra de mi lado y las oportunidades que se presentan, únicamente hay que saberlas aprovechar y es precisamente lo que hice.

Llevo ya algunos años viviendo aquí, y mientras estudio me dedico a hacer crecer mis negocios, algunos míos y algunos que son de la familia y que se me han encargado por estar aquí, eso sin contar que mi padre nos ha heredado en vida, empresas de las cuales no me estoy haciendo cargo por ahora. Cada día que pasa me recuerdo mi propósito en esta vida, aún no es tiempo de actuar, cada día, aplazo más y más la búsqueda. En el fondo me voy resignando y voy encontrando una liberación. No lo sé, espero que con el tiempo pueda olvidar por completo lo que sucedió.

Sin embargo, nada de lo que planeo ocurre como lo deseo.

Esta noche el bar está a reventar, los jóvenes universitarios organizaron la fiesta de bienvenida, precisamente aquí. Al ser los dueños, estudiantes de la misma, hemos hecho unos excelentes convenios con la escuela, nosotros cuidamos a sus jóvenes, aquí están seguros.

Las luces me marean, me recuerdan a una época en que estábamos comenzando a vivir. Pocas veces nos escapamos para ir a tomarnos algo; siempre juntos. Como siempre hago, sacudo la cabeza tratando de olvidar.

A una determinada hora decido que es hora de marchar.

—Me retiro —le informo a mi socio esperando que me dé el visto bueno, después de todo el negocio es de ambos y la responsabilidad es compartida.

—De acuerdo, hiciste más que yo esta noche —responde un Vinicio algo cansado.

Uso una aplicación para llamar a un taxi, me he tomado algunas copas y por supuesto que no es prudente que maneje en este estado.

Al salir veo que está parado frente al establecimiento, son las placas correctas, así que me subo sin detenerme a ver mi alrededor. Me siento y abrocho el cinturón.

Estoy por saludar cuando escucho la voz de alguien que claramente no es el chofer.

—Oiga, ¿qué le pasa? Este es mi coche.

Volteo a verla. No es necesario que la vea más de dos veces, pero es inevitable que me quede pasmado, sin pestañear.

Es ella.

No puedo quitarle la vista de encima, no tanto para reconocerla, porque su rostro jamás ha salido de mi cabeza, es más, la sorpresa de que el destino me la haya puesto en bandeja de plata. La tengo frente a mí.

Mi cabeza trabaja a mil por hora tratando de procesar el siguiente paso, en esos segundos un plan comienza a tomar forma.

—Pues yo no veo en ningún lado su nombre —le respondo como si nada, con esto quiero hacer un poco de tiempo, porque por caballerosidad y según la educación que me dieron mis padres, bajarme del coche es lo más prudente. Pero prudente es lo que no quiero ser con ella.

La mujer a mi lado se agacha para desabrocharme el cinturón, sin que ella se dé cuenta, cierro con fuerza los ojos tratando de recordar su aroma. Después entramos en un juego de miradas, yo buscando una imagen, un contacto.

Ella está empeñada en botarme del taxi, vuelve a pasar sobre mí y ahora está intentando abrir. La detengo poniendo mi mano sobre la suya impidiendo que logre su cometido, todavía no es momento de irse.

Volvemos al punto inicial en donde ambos no dejamos de mirarnos, logro ver una luz ahí, espero que no me haya reconocido, por lo menos no es lo que busco por ahora, el aspecto que cargo debe ser suficiente para confundir a cualquiera.

Me aseguro de buscar en mi cabeza la imagen y que sea la misma que estoy viendo. Los recuerdos vienen y estoy seguro de que si es.

—Suélteme, y salga de mi taxi. —Me vuelve a gritar, tratando de parecer segura, aunque es fácil detectar que es el alcohol quien le da esa valentía.

—Y yo le repito que en ningún lado dice su nombre, además, este es mío —le digo, tranquilo y sin alterarme.

—Tampoco veo su nombre, así que váyase, debe tener un poco de caballerosidad. —Su tono no ha bajado.

Entramos en una discusión sin sentido, cada uno reclama permanecer en el coche, llevamos algunos minutos aquí.

—Si no se ponen de acuerdo, les pediré que bajen, hay más personas solicitando mi servicio y ustedes me lo están impidiendo. —Interviene el taxista y no lo pide más de dos veces, se baja y abre la puerta sacándola a ella primero y después a mí. Nos deja en medio de la calle.

Con esto se ha ganado una mala reseña en la aplicación, se lo ha ganado a pulso.

Idiota —oigo que dice en español.




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