La vida en soledad

Capitulo 2

Al regresar a casa, les conté a mis padres sobre mi traslado a la preparatoria. De alguna forma se alegraron, porque seguro creen que por fin podré ir a un instituto de mi calibre. *Suspiro* pero ¿quién diría que yo querría disfrutar el curso a mi manera? Claro, a nadie le importa mi decisión.

Me siento observado, a pesar de estar tranquilo, en la biblioteca de la prepa. No sé si es por mi estatura o por el color de mi cabello. Mi apariencia siempre ha atraído la mirada de todos a mi alrededor, eso lo sé perfectamente. Incluso hubo un tiempo que me llamaban "canoso" ja, ja. Qué calor, mejor iré a tomarme una soda. Afuera de la preparatoria hay una máquina expendedora, algo raro si me preguntan; no estoy acostumbrado a que haya una en algún centro escolar. *Sorbo* El sol golpea mi cara y miro al cielo sin razón alguna. Siento unos pasos a lo lejos como poco a poco se acercaba a mí. Alguien oculto en la sombra que daba la preparatoria.

—Oye, chico. —Se acercó un poco más hasta que el sol le dio.

Gran tamaño, ropa desarreglada, cara arrogante, manos llevadas al bolsillo. Anda, con lo que me llegó a tocar.

—Me rasco la cabeza. —Mi cara calmada, pero transmitiendo algo de ignorancia. —Tengo tanta mala suerte de atraer la atención de un delincuente. Quién lo diría. —Dije con arrogancia y una mano llevada al bolsillo.

—¿Qué insinúas, niñato? —Se acerca hacia mí. —Mierda, lo dije sin querer. —Me agarra en la ropa y me levanta, mirándome con odio. —Mi lata de soda se cae, derramando todo en el suelo.

—¿Qué te pasa? Te estás creyendo demasiado. —Sus ojos están un poco más abiertos, tratando de mostrar hostilidad. —Vaya, mira quién habla queriendo problemas con alguien menor que tú. —Mantuve mi cara calmada y sin mostrar hostilidad. —¿Qué dirían los demás sobre esto?

—Qué tal si te callas de una maldita vez. —Saco un cuchillo del bolsillo y me lo acerco a la cara. —Creo que te vendría bien un arreglo en esa cara tuya. —¿Tú crees? Pienso que te vendría mucho mejor a ti. Con esa cara de payaso que tienes. —Sostengo su brazo sin fuerza alguna.

—El chico se enojó mucho más. —Pensaba dejarte ir solo porque eras un simple menor. Pero cambié de opinión. —Fue a cortarme la cara. —No tenía miedo, solo esperaba que sucediera el momento. —Cerré los ojos. —Llegar a cometer una infracción en esta preparatoria es algo que no quiero.

Antes que siquiera el cuchillo pudiera rozarme la piel. Una voz a lo lejos escuchamos.

—Oye, grandote, ¿qué estás haciendo? —El chico paró y se quedó mirando hacia atrás. —Yo me incliné un poco y pude ver a una mujer con un gran pelo rubio, ojos castaños, piel blanca. —Sentía como un aura invisible cubría su apariencia, como si fuera de esas típicas chicas populares. —Pero mira qué tenemos aquí. —Dijo con arrogancia. —El chico me soltó, quedándome sentado en el piso con suciedad en la ropa.

—La chica paranormal. O es cierto, así era como te decían en la secundaria. —Dijo en tono de burla. —Eso es cosa del pasado y lo sabes. ¿Qué tal si dejas de hacer estas cosas? Tu reputación está más que arruinada. —Mi reputación no me puede importar menos. Es mi vida, y la vivo como yo quiera. —Fue caminando rápido, apartando de su camino a la chica. —Por esta vez te dejaré en paz, pero la próxima vez te llenaré de cortes, chico. —Se fue en silencio, a otro lugar.

Vaya tipo más problemático, aunque tengo que admitir que yo tampoco colaboro.

—Alzo la mano. —Oye, ¿estás bien? —Cogí su mano. —Sus labios son algo gruesos. —Sí, no logro hacerme nada. —Me ayuda a levantarme. —Menos mal, ese tipo es problemático. Por cierto, me llamo Hina. Avísame si ese tipo te vuelve a molestar. —Yo soy Dennis, un gusto.

No me había percatado bien, pero como que Hina es bastante alta. Es verdad que el pequeño soy yo; lo había olvidado.

—Oye, ¿estás seguro de que perteneces a aquí? Es que tu estatura no ayuda mucho.

Ya lo sé, soy pequeño, no hace falta que me lo digan.

—Es una larga historia; ayudaría que no preguntaras demasiado. —Risa forzada. —Ya entiendo.

Suena la campana.

—Ya es hora de irme. —Corriendo. —Nos vemos después. —La despedí con la mano.

Volví al aula. Me senté en mi escritorio al lado de la ventana, donde se podía ver la ciudad de una mejor forma. Qué tranquilidad. Fue una buena decisión haber escogido este lugar. Una clase de matemáticas: cada vez que veo a la pizarra veo problemas y ejercicios que yo he hecho más de 1000 veces. Lo único que cambian es el método por cómo se hace. *Suspiro*. Así es muy aburrido.

—Veo cómo una tiza se dirige hacia mí. —La detengo con solo dos dedos. —Abro los ojos y miro al profesor. —Profe, tirarme una tiza no es algo muy productivo. —Manténgase atento, alumno, si no, no aprenderá nada. —Profesor, ese ejercicio, hasta el estudiante que está al lado de mí lo puede hacer. —La chica que está al lado se queda sorprendida. —¿Quién, yo?

—Vaya si de verdad tiene tanta confianza. —El profesor señaló el ejercicio. —Porque no vienes a hacerlo. —Me paré de la silla y fui caminando calmado hacia la pizarra, las miradas de todos solo se fijaban en mí.

Al pararme frente a la pizarra, sin tan siquiera calcular, di un resultado:

23,645.

—El profesor empezó a calcular en la pizarra y efectivamente daba ese resultado. —Es correcto. —Dijo con asombro. —Fui a sentarme de nuevo en mi puesto. —Bueno, sigamos con la clase.

Sin querer, humillé al profesor enfrente de todos. Qué mal comienzo.

—Sentí un pequeño ruido como si algo se hubiera caído. —Miré al piso y vi una goma de borrar.

Esta goma es de la chica que se sienta a mi lado.

—Recogí la goma y se la dejé en su escritorio sin que ella se diera cuenta. —De alguna forma, al ver mi escritorio, vi una nota que decía: Gracias por recogerlo. —Yo pensaba que no me había visto. —Dije en voz baja. —Se me salió una pequeña risa. —La chica de al lado sonreía al ver que había leído su nota.




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