Sentí una gran grieta en mi corazón abriéndose. Me acerqué más y miré cómo mis padres... habían sido asesinados. Apuñalados por todas partes, con todavía sangre saliendo de su cuerpo.
—Cai arrodillado. —Esto no puede estar pasando. —Salieron lágrimas que intentaba retener. —Mire bien mi entorno, encontré un cuchillo ensangrentado. —Maldita sea, ¿quién pudo hacer esto?, ¿quién es el desgraciado que los asesinó? —grité de desesperación. —Di un golpe al suelo. —Mi respiración se aceleró un poco.
¿Qué fue lo que hice mal? Ellos no se merecían nada de esto.
—Corrí hasta afuera de la sala. —¿Dennis? —Escuché una voz conocida. —Voltee hacia atrás. —Eres tú, ¿Hina? —Hina miró a la sala con mis padres muertos. —¿A qué viniste? —dije mientras Hina me miraba con una cara de preocupación. —¿Acaso no estás satisfecha con burlarte de mí todos los días? —grité, tratando de secarme las lágrimas. —Hina vio cómo mi mano sangraba. —Si a eso viniste, por favor, vete. —Dije mientras, sollozando, miraba hacia el suelo. —Hina se acercó a mí. —La miré de mala manera. —¿Qué pasa? Te dije que te fu... —Ella me dio un gran abrazo. —Me acarició la cabeza. —Tranquilo, tranquilo, todo estará bien. —Me susurró dulcemente al oído.
Le abracé fuerte y rompí en llanto. Un llanto que representaba todo el cariño que le habían dado. Junto al dolor de haberlos perdido. Después de eso, las autoridades buscaron pistas sobre el asesinato. Al revisar el cuchillo que habían usado para el homicidio, no lograron encontrar nada que pudiera llevar al menos a sospechar de alguien. Me preguntaron por el corte que tenía en la mano; los persuadí. Y dije que me había cortado mientras hacía algún trabajo de la preparatoria. Llamaron a muchos de mi familia, tíos, abuelos, pero nadie quiso venir a cuidar a un niñato como yo. O eso es lo que decían. Los policías querían llevarme a un orfanato a ver si podían encontrar una familia que me cuidara. Pero yo me negué a ser adoptado. Y así fue como me quedé viviendo totalmente solo.
—Bueno, llegó la hora de que me entreguen el trabajo. —Dijo el profesor. —Un estudiante levantó la mano. —Profesor, ¿y si todavía no lo he hecho? —Je, je, les daré un 0 más grande que tu cabeza. —Dijo el profesor con sarcasmo. —Abrí la puerta. —Oh, Dennis, ya viniste. Llegas tarde. —Sí. —Dije con la cabeza mirando al suelo con tristeza. —Me dirigí a mi lugar. —Me percaté de que un estudiante me puso el pie para que cayera. —Mire al estudiante con frialdad a los ojos. —Al estudiante le dio miedo y quitó el pie. —Seguí hasta mi lugar sin decir una sola palabra. —Bueno, chicos, como les decía. Entréguenme el trabajo del sistema solar. —Dijo el profesor. —Ahora vamos, profe. —Gritaron todos los estudiantes menos yo.
Miré por la ventana, un avión como pasaba. *Suspiro. ¿Ahora con quién jugaré al ajedrez?
—El profesor golpeó mi mesa. —Todos se quedaron viendo. —Dennis, falta tu trabajo. —Dijo el profesor. —Mire al profesor. —La semana pasada yo se la había entregado, profe. —Dije con calma. —Déjese de mentiras, usted no entregó nada. —Dijo con arrogancia.
Este se cree que soy idiota... pensé.
—Dígame algo, profesor, ¿tanto le gusta hacer quedar mal a la gente? —dije sin pelos en la lengua. —¿Qué estás diciendo? ¿Me estás subestimando como profesor? —dijo el profesor ofendido. —Incliné un poco la cabeza y con una mirada fría lo miré. —¿Qué le hizo a mi trabajo? —¿Eh? ¿De qué estás hablando? —preguntó el profesor. —Yo lo vi, cómo mi trabajo lo llevabas a la basura. —Dije con extrema frialdad. —Eso es mentira, no puedes probarlo. —Dijo el profesor desesperado. —Los estudiantes murmurando entre ellos, cuestionando al profesor. —¿Pruebas? Qué típico, piensas que si no tengo pruebas, podrías salir bien de todo esto. —Saqué el teléfono y le mostré una foto donde llevaba a la basura mi trabajo. —Esto, ¿es prueba suficiente? —El profesor y los estudiantes se alteraron. —Oigan, chicos, no le crean a este niño. Por favor, chicos. —Dijo el profesor desesperado. —Me paré de la silla. —Profesor, sabe lo que pasará si esto llega a mayores, ¿no? —El profesor me miró asustado. —Podría ser despedido o, peor aún, podría perder todo el respeto que le tienen en esta preparatoria. El bullying sería inevitable. —Dije con una sonrisa terrorífica. —Soy tu profesor, no puedes hacer eso. —¿Tan desesperado está? —Que es lo que quieres, haré lo que sea. —susurró el profesor. —Entonces... Cada vez que tenga problemas con algo de la prepa, tendrá la obligación de ayudarme. En lo que sea. —Susurré al profesor. —Está bien. —Susurró el profesor. —Ah, y otra cosa más, dame el 10 que me merezco del trabajo. —Susurré. —El profesor se fue a su silla y empezó a llamar a cada uno de los estudiantes por el trabajo. Obviamente, a mí no me llamo.
Llegó el descanso y me puse a caminar un poco por la preparatoria. Había mirado a la mesa de al lado, pero Diane no estaba. Me pregunto si le habrá pasado algo.
—Me agarran del brazo y me llevan a algún lugar. —¿Y ahora qué? —grité. —Me lanzan a una pared.
Ay, eso dolió. Me rodearon.
—Mire adelante. —¿Las chicas del club de karate? —dije sorprendido. —Me miraron con frialdad. —Dime, ¿cómo te atreves a hacerle eso a Lia? —dijo una chica.
¿Lia?
—Mire al fondo a la chica. —Ah, hablas de ella, ¿no? —pregunté mientras la señalaba. —Sí, eres un depravado. —Me levanté del piso. —*Suspiro*. Se puede saber qué les dijo ella. —Dije con gran calma. —Que te aprovechaste de ella, le toqueteaste todo el cuerpo y... —Ya mejor no sigas, ya te entendí. —Dije.
¿En qué aprieto me he metido?
—Lo pagarás, maldito. —Dijo una chica. —La miré con frialdad. —Ella se echó para atrás. —Les digo que ahora no estoy de humor para estas tonterías. Me gustaría que me dejaran pasar. —Dije con una cara de frialdad. —Seguían metidas en el medio. Sin intención de dejarme pasar. —*Suspiro*. Qué remedio. —Escuché el flash de una cámara.