La vida que dejé para después

Capítulo 1 — El fin de semana vacío

Me llamo Diana Díaz.

Sevillana de nacimiento, esteticista por vocación y solucionadora de problemas ajenos por una oposición que no recuerdo haber firmado.

Estoy a punto de cumplir cincuenta y tres años, tengo dos hijos y vivo con mi madre, mi hermana y un perro llamado Bruno que no paga hipoteca, no recoge nada y, aun así, se comporta como el propietario legal del inmueble.

Mi familia no está desestructurada.

Está abierta veinticuatro horas.

Mi madre se llama María, tiene ochenta y un años y una fregona con más actividad que mi vida sentimental. Mi hermana Pili trabajaba coordinando actividades y eventos para una cadena hotelera; era práctica, mandona y porculera como ella sola. Es mi otro yo, pero con menos paciencia y una capacidad para organizar la vida ajena que debería cotizar aparte.

Mis hijos son Adrián, de diecinueve, y Carlos, de quince. Uno ya quiere intimidad. El otro quiere wifi.

Yo quiero una casa propia.

Mira qué fantasía.

No un palacio. Ni una villa en Marbella con piscina desbordante y un señor vestido de lino preguntándome si deseo otra copa de champán. Yo con una puerta que pueda cerrar sin que nadie me pregunte desde el pasillo adónde voy, qué voy a hacer o si pienso volver tarde ya sería feliz como una perdiz con escritura.

También me habría encantado tener una familia convencional.

Ya sé que convencional es una palabra peligrosa. Cada familia tiene lo suyo y en las mejores casas también se cuecen garbanzos, se bloquean cuñadas y se habla mal del yerno mientras baja a por hielo.

Pero yo soñaba con un compañero.

Uno de verdad.

Alguien con quien construir una parcela íntima, hacer planes, discutir por el aire acondicionado y compartir el peso de la vida sin tener que mandarle antes tres audios explicativos.

No pudo ser.

De momento.

Campanilla, mi intuición brujilla, dice que puntualice siempre eso.

—De momento —me susurra.

—Tú cállate, que también dijiste que aquel mensaje a las once y once era una señal.

—Lo era.

—Sí. Señal de que estaba despierta mirando el teléfono.

Tengo un centro de estética avanzada que se llama Aura. Allí arreglo pieles, cejas, cuerpos y, sin formación homologada, matrimonios.

Mis clientas entran para hacerse un tratamiento facial y a los siete minutos me están contando que su marido es muy bueno, pero.

El «pero» es la celulitis de las relaciones: al principio parece una cosita sin importancia y cuando te das cuenta ha ocupado media superficie.

Aura huele a canela, a crema cara y a paz.

La paz suele durar hasta que suena el teléfono, llega una clienta con media hora de adelanto o el banco me manda una notificación para recordarme que conoce mis movimientos mejor que yo.

Aquella tarde de agosto estaba ordenando la agenda cuando vi la fecha.

Trece de septiembre.

Mi cumpleaños.

En otras épocas lo organizaba con ilusión. Cena, copas, vestido nuevo, fotografía de grupo y al día siguiente una investigación criminal para descubrir quién había sugerido la última ronda.

Este año estaba regulera.

No tenía ganas de cumplir años. Que cumplirlos es una alegría, sí. Eso lo sabemos todos. Pero también hay cumpleaños que llegan como una auditoría: te sientan delante de tu propia vida y empiezan a pedirte facturas.

¿Casa propia?

Pendiente.

¿Estabilidad económica?

En proceso, que es una expresión muy elegante para decir «Dios proveerá».

¿Compañero?

Sin cobertura.

Ángela y Rebeca se acordarían. Eso seguro. Llevábamos más de treinta años celebrando la vida con un regalo y tres Legendarios.

Nos veíamos menos de lo que queríamos porque cada una tenía su vida, sus hijos, sus trabajos y sus correspondientes incendios, pero el cumpleaños era sagrado.

Mi familia también estaría.

Mi madre preguntaría qué quería hacer unas catorce veces, no por meter presión, sino porque ella solo lo dice.

Pili propondría algo práctico.

Los niños preguntarían si podían llevar a alguien.

Y yo esperaba otra cosa.

Esperaba que él llamara.

Héctor.

Esperaba que me dijera:

—Haz una maleta. Nos vamos el fin de semana.

No hacía falta París. Ni Roma. A mí me llevan a Carmona con intención romántica y vuelvo hablando francés.

Pero a finales de agosto el fin de semana seguía vacío.

Sin reserva.

Sin llamada.

Sin plan.

Yo, por si acaso, no había organizado nada.

Porque siempre he tenido mucho talento para ponerle nombres bonitos a quedarme esperando.




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