Las 4 Diosas de los elementos

Ecos en el Viento y Memorias de Cristal

El Presentimiento de la Reina del Aire

En el Reino del Aire, la atmósfera era eléctrica. Aura, protegida por el abrazo constante de los vientos y la vigilancia de su madre Hera, acariciaba su vientre. Su linaje era fuerte, audaz, y en ese instante, el niño en su interior dio un vuelco repentino, como si saludara a alguien en la distancia. Aura sintió una perturbación fugaz en la energía del cosmos; fue un parpadeo, pero para una diosa del aire, fue suficiente.

"Gala..." —susurró Aura.

De inmediato, llamó a su caballero más veloz, Zephyr. — "Ve al Tártaro, Zephyr. Vuela con la velocidad del pensamiento. Encuentra a mi hermana Gala y asegúrate de que esté a salvo. He sentido un cambio en el pulso del mundo y temo que la sombra de mi padre Zeus se haya alargado demasiado."

El Vacío en el Trono de Sombras

Zephyr llegó al Tártaro como una ráfaga plateada. Los dioses menores y guerreros del inframundo lo dejaron pasar por respeto a su señora, pero el caballero encontró algo inquietante: el palacio estaba vacío. No había rastro de Hades, ni de Selene, ni mucho menos de Drakol o Gala. Los guardias del Tártaro estaban confundidos; nadie sabía a dónde habían ido sus señores.

Zephyr regresó al Reino del Aire con la noticia. Aura, al escucharlo, comprendió la magnitud del secreto. No era una desaparición por derrota, era un ocultamiento por amor. En el silencio de sus aposentos, Aura cerró los ojos y envió un mensaje poético a través de las corrientes etéreas:

"Hermana de la tierra, reina de lo profundo... que el silencio sea tu escudo y la oscuridad tu cuna. No buscaremos tu rastro, pues el viento guarda el secreto que tu corazón protege. Que tu linaje respire libre, lejos de la mirada del rayo."

En la Dimensión Silenciosa, Gala recibió el mensaje como una brisa cálida en su mente. No podía responder con claridad, pero una sonrisa de paz iluminó su rostro cansado mientras se recuperaba del parto.

Memorias Agridulces: Idalia y Erebos

El ambiente en el refugio arcano era de una calma sagrada. Hades sostenía a la pequeña Idalia. Al mirar su rostro, el Dios del Inframundo sintió un crujido en su corazón. Un recuerdo de Perséfone lo invadió: ella solía describir a la hija que soñaban tener, y era exactamente como Idalia. La misma chispa de luz prohibida, la misma belleza eterna. Hades sonrió con una ternura dolorosa, recordando la primavera que nunca volvió.

Por otro lado, Selene acunaba a Erebos. El niño era la viva imagen de Drakol al nacer. Selene tuvo un fugaz flashback de cuando dio a luz a su hijo; recordó la sonrisa de Hades en aquel entonces, pero ahora, con la sabiduría de los siglos, Selene sentía una punzada de amargura. Sabía que aquella sonrisa no era por ella, sino porque Hades veía en cada hijo la esperanza de lo que quiso construir con Perséfone.

El Regreso del Rey

Hécate, siempre eficiente, preparó aposentos de seda y sombras para que Gala, Drakol y los gemelos descansaran bajo la protección de Calistria. Sin embargo, Hades sabía que su ausencia prolongada despertaría sospechas fatales.

Al regresar al Tártaro, Hades fue abordado por los dioses del inframundo, quienes le informaron de la visita de Zephyr. Hades, con su imperturbable autoridad, reunió a la corte en la sala del trono.

"Escuchen bien", sentenció Hades. "Mi hijo Drakol y su esposa Gala, acompañados por la Reina Selene, han partido hacia el Reino de Afrodita. Bajo el velo arcano de Calistria, buscarán descanso y paz para el próximo nacimiento. Yo gobernaré en su ausencia y nadie debe molestarlos."

Los dioses del Tártaro asintieron, aunque advirtieron a Hades que Zeus no dejaría de buscar. Pero Hades ya no temía. El secreto estaba a salvo en una dimensión que no existía para el Olimpo, y sus nietos, los Guardianes del Umbral, crecían en el silencio más absoluto.




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