El Salto Temporal y el Nacimiento de Gala
El tiempo, estirándose en periodos largos y desconcertantes, volvió a marchar en el plano mortal. Dejando atrás la infancia temprana de los caballeros en el Instituto Aethelgard High, el destino aguardó pacientemente hasta que los astros se alinearon una vez más.
En un humilde y verde valle campestre, dentro de una casa sencilla rodeada de huertos y árboles frutales, la última pieza del rompecabezas cósmico tomó su primer aliento. Nació Gala, convirtiéndose oficialmente en la más pequeña de las cuatro hermanas elementales. Fiel a la regla inquebrantable, Gala llegó al mundo en el seno de una familia completamente normal, desprovista de lujos, títulos o cuentas bancarias millonarias.
Con su nacimiento, el Astrolabio de las Almas en la mente de Kai Rockefeller encendió su cuarta y última esquina con una luz esmeralda y sólida. Las cuatro diosas estaban finalmente en la tierra.
La Belleza Oculta: La Vida Normal de las Cuatro Hermanas
Las diosas crecían en diferentes rincones del mundo, completamente ajenas a la magia, a los mitos y a la existencia de los caballeros que se entrenaban en el instituto de élite. No poseían poderes sobrenaturales, no invocaban los elementos, ni realizaban milagros; su desarrollo era el de niñas completamente normales.
Sin embargo, el molde original de su divinidad era imposible de ocultar. Desde muy pequeñas, sus rasgos físicos eran idénticos a los que poseían en su época de gloria, dotándolas de una belleza magnética y pura que llamaba la atención de cualquiera que las viera:
Marina: Crecía junto al mar con una melena de un negro azulado profundo, como las profundidades del océano en una noche sin luna.
Aura: En su granja del valle, sus cabellos brillaban con un rubio platinado idéntico al viento celestial y a las nubes altas.
Ignia: En la metrópolis, destacaba entre la multitud con un cabello rojizo fuerte, casi rojo vivo, que emulaba la intensidad del fuego eterno.
Gala: La más pequeña, se desarrollaba rodeada de naturaleza con un cabello castaño claro, suave y cálido como la tierra fértil en primavera.
Al ser niñas tan hermosas, de miradas expresivas y corazones nobles, eran el tesoro más grande de sus respectivos hogares. Sus familias normales, trabajadoras y sencillas, las cuidaban, las consentían y las protegían con un amor desbordante, dándoles una infancia feliz y pacífica, lejos de las frías ambiciones del mundo corporativo.
El Lamento de la Luna: Selene en su Templo Confinado
Mientras la pureza de las diosas florecía en la tierra, la melancolía inundaba el cosmos. En el firmamento, encerrada e impotente dentro de su propio templo lunar, se encontraba Selene. Al igual que los dioses del Olimpo y del Tártaro, las leyes de la nueva era le impedían intervenir o meterse en las decisiones de los hombres. Sin embargo, su castigo era único: Selene podía sentirlo todo y, a través de la luz plateada que su cuerpo celeste reflejaba sobre la superficie de la tierra, lograba ver tan solo un poco del plano mortal.
A través de esos débiles destellos de luz plateada, Selene observaba el tablero. Veía a las cuatro diosas crecer en la sencillez; veía a los caballeros entrenar como armas humanas; y veía a su hijo, Drakol, dominar el cosmos digital.
En la soledad de su exilio, un profundo arrepentimiento comenzó a carcomer el alma de la Diosa de la Luna. Se arrepentía amargamente de aquella confesión que una vez le hizo a Hades en el pasado. Sabía perfectamente que, debido a sus palabras y a las verdades que salieron a la luz, el universo se fracturó y ya nada volvería a ser igual. Aunque sus nietos y su hijo lograran regresar y romper las cadenas en el futuro, el daño ya estaba hecho y las cicatrices del cosmos eran imborrables. Todo lo que hizo, lo hizo por amor, un amor que terminó siendo dañino y destructivo para el orden divino.
Sin embargo, al mirar el brillo de la Red Caelum en la tierra, Selene apretó el pecho y contuvo el llanto. No se arrepentía del todo. Una parte de ella sabía que volvería a cometer el mismo error una y mil veces, porque si no hubiera sido por esa osadía, por ese amor prohibido y dañino, nunca hubiera tenido a Drakol, su amado hijo.
Aceptando su dolor y su culpa, la luna brilló con una intensidad trágica sobre el Instituto Aethelgard High, bendiciendo desde la distancia el camino del heredero del inframundo y las estrellas.
Las Joyas de la Sencillez y las Luces del Talento
El Florecer en el Mundo Común
Mientras el universo de la alta sociedad y los imperios corporativos continuaba su marcha fría y estratégica en Aethelgard High, el verdadero milagro de la vida se desarrollaba en la calidez de los hogares normales. Las cuatro diosas crecían en entornos sencillos, arropadas por el amor desinteresado de sus familias trabajadoras que, sin títulos ni fortunas, las consideraban el centro de sus vidas.
A diferencia de los caballeros, que eran presionados para liderar monopolios, las niñas asistían a escuelas públicas locales y colegios normales de sus comunidades. No había tutores privados de élite ni laboratorios cuánticos para ellas; sin embargo, al igual que sus protectores, el molde original de su divinidad comenzó a filtrarse en sus mentes mortales como una inteligencia nata y deslumbrante que dejaba atónitos a sus maestros de escuela.
Las Cuatro Mentes Brillantes de las Aulas Normales
Marina (La Hermana Mayor - 6 años y 3 meses): En su pequeña escuela costera, la niña del cabello negro azulado se convirtió rápidamente en el orgullo de sus profesores. Marina demostraba una inteligencia geográfica y ecológica fuera de lo común para su corta edad. Era capaz de trazar mapas perfectos, memorizar cada corriente marina, país y continente del globo con solo verlos una vez, y poseía una comprensión intuitiva sobre la preservación de los ecosistemas que fascinaba a la comunidad pesquera.
Editado: 04.06.2026