Las Crónicas de Draxcan: La llave de las Cadenas

Capítulo VIII: Las Grietas del Poder

Los días se convirtieron en semanas. Las semanas, en meses. El otoño llegó a Draxcan con una paleta de colores ocres y rojizos que teñían las copas de los árboles como si el propio cielo hubiera decidido pintar el reino de luto. Las hojas caían lentamente, girando en el aire antes de posarse sobre los caminos de piedra, formando alfombras crujientes que los sirvientes barrían cada mañana sin lograr mantenerlas a raya.

En el castillo Dracking, la rutina de Tilio se había vuelto más pesada, más densa. Los informes de los delegados imperiales llegaban cada mañana, apilándose sobre su mesa como losas que amenazaban con sepultarlo. Las quejas de los distritos, las disputas entre clanes, las solicitudes de audiencia, los partes militares, las cartas de los subreinos que pedían más ayuda de la que Tilio podía dar. El papel se acumulaba en montañas que crecían día a día, y con cada nuevo pergamino, el peso sobre sus hombros aumentaba.

Y, en medio de todo eso, la sombra de la ley prohibida.

Tilio no había vuelto a mencionar el tema con Paul. No había vuelto a mencionarlo con nadie. Pero la idea seguía allí, latente, creciendo en la oscuridad de su mente como las criaturas de Nalia crecían en sus huevos. Cada noche, antes de dormir, la imagen de Seraphine se interponía entre él y el descanso. Su rostro. Su voz. El collar de plata que ella llevaba siempre, con sus iniciales grabadas. Las palabras que Paul había dicho: "Los únicos que han mantenido esa ley al pie de la letra son los Elemens."

Seraphine había vuelto a sus funciones como Comandante de Divisiones. Pasaba la mayor parte del tiempo supervisando el entrenamiento del ejército, inspeccionando las guarniciones de los distritos, asegurándose de que las órdenes de Tilio se cumplieran al pie de la letra. Sus encuentros se habían vuelto más raros, más furtivos. Un beso robado en un pasillo vacío. Una mirada cruzada durante una reunión del senado. Una noche, de vez en cuando, en la que ella se deslizaba en sus aposentos después de que los sirvientes se hubieran retirado.

No era suficiente. Pero era lo que tenían.

Paul y la Carta

Paul seguía en Draxcan. No había vuelto a Eltrix, aunque Tilio le había ofrecido varias veces una escolta para el regreso. "Todavía no", respondía Paul cada vez. "Todavía hay cosas que hablar. Todavía hay cosas que hacer". Su familia, que lo había acompañado, ya había regresado a Eltrix con los niños, dejando a Paul solo en el castillo. Martina, su esposa, había entendido que su esposo necesitaba quedarse. Era una mujer de pocas palabras, pero de una sabiduría que iba más allá de lo que las palabras podían expresar. Al despedirse, le había susurrado al oído: "No dejes que se pierda en sus propias sombras. Tú eres el único que puede verlas." Paul no había olvidado esas palabras.

Pero Tilio sabía que no era solo por la amistad. Paul estaba preocupado. Por él. Por Seraphine. Por la ley. Por lo que podía pasar si alguien descubría su relación. Los rumores ya empezaban a circular en los pasillos del castillo. Nada concreto, nada que pudiera probarse. Pero los rumores tenían una manera de convertirse en verdades cuando más daño podían hacer.

Una tarde, mientras paseaban por los jardines del castillo —ya sin los soldados formados en filas, sin las reverencias protocolarias, solo dos amigos caminando entre arbustos de rosas mustias que se marchitaban con la llegada del otoño—, Paul habló.

—He estado pensando —dijo—. En lo que me pediste. El cambio de la ley.

Tilio se detuvo. El viento movía las hojas secas que cubrían el camino, creando pequeños remolinos que se elevaban hacia el cielo gris. El olor a tierra mojada y a hojas podridas llenaba el aire.

—¿Y?

—Y creo que... quizás... hay una forma.

—¿Cuál?

Paul guardó silencio un momento. Los tatuajes en su cuello brillaron con un tono rojizo, como si estuvieran reaccionando a sus pensamientos. Sus ojos grises, del color de las tormentas de invierno, se fijaron en Tilio con una intensidad que este no recordaba haberle visto antes.

—Los Elemens somos los más poderosos. Pero también los más apegados a la tradición. Si logras convencer a los ancianos de Eltrix... si logras que ellos apoyen el cambio... los demás clanes seguirán.

—¿Cómo voy a convencer a los ancianos de Eltrix? —preguntó Tilio, con una mezcla de esperanza y desesperación en la voz—. Ni siquiera me dejaron entrar en su ciudad hasta que no mostré las credenciales de asistente del Gran Reax. Me evaluaron, me midieron, me juzgaron. Y solo me aceptaron porque Paul me avaló.

—Necesitas una carta de presentación. Algo que demuestre que no eres una amenaza. Que respetas su cultura. Que no quieres imponerles nada.

—¿Y qué podría ser eso?

Paul sonrió. Una sonrisa enigmática, de las que Tilio no recordaba haberle visto nunca. Era la sonrisa de alguien que ha encontrado la pieza que faltaba en un rompecabezas.

—Ya lo pensaré. Déjame unos días.

La Creación de Thordrac

En un valle escondido entre montañas que ningún cartógrafo había registrado, muy al sur de cualquier territorio conocido por Draxcan, Darrir y Kidtez descansaban junto a una fogata. El fuego crepitaba lanzando chispas hacia el cielo estrellado, y el olor a pino quemado se mezclaba con el de la carne de conejo que asaban en una vara improvisada. Las llamas danzaban al ritmo del viento, proyectando sombras alargadas que se retorcían en las paredes de roca como criaturas vivas.



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En el texto hay: thiller, fantasiaoscura, politica y guerra

Editado: 26.06.2026

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