La orden de Tilio se extendió por el castillo como un reguero de pólvora. Los generales partieron al día siguiente, cada uno en dirección a su zona asignada, llevando consigo escoltas de soldados de élite y magos rastreadores entrenados para detectar cualquier anomalía en los territorios que visitaran.
Elroan fue el primero en salir, al amanecer. Su caballo blanco, de crines plateadas, trotaba con una elegancia que contrastaba con la rudeza del camino. Detrás de él, una docena de jinetes elfos con armaduras de escamas verdes y arcos de madera de cedro. Sus capas, del color de las hojas de otoño, ondeaban al viento como estandartes de una causa antigua. Elroan no miró atrás. No necesitaba hacerlo. Había servido a cinco Gran Sabios antes de Tilio, y sabía que las despedidas eran un lujo que los soldados no podían permitirse.
Aldric partió una hora después. No cabalgaba. Prefería viajar en una carreta cubierta, donde podía revisar informes y mapas mientras el vehículo avanzaba. Sus acompañantes eran magos jóvenes, recién salidos de las academias, ansiosos por demostrar su valía. Llevaban túnicas azules con runas de protección bordadas en plata, y sus manos, aún sin callos, sostenían bastones de madera de ébano que habían sido consagrados en la Cripta de los Juramentos. Aldric los observaba con una mezcla de orgullo y preocupación. Eran el futuro de la magia en Draxcan, pero también eran carne de cañón si las cosas salían mal.
Marcus salió al mediodía. No llevaba escolta. Solo él y su caballo negro, que había bautizado con el nombre de Tormenta —igual que el caballo de Tilio, aunque el suyo era más viejo y más terco. Su prótesis de hierro, envuelta en cuero para amortiguar el ruido, chirriaba con cada paso del animal. Marcus prefería viajar solo. Había aprendido, en los años de la guerra elemental, que los soldados que viajan en grupos grandes son más fáciles de detectar. Y él no quería ser detectado. Quería ver lo que otros no veían.
Seraphine fue la última. Esperó hasta que el sol comenzó a descender hacia el horizonte, tiñendo el cielo de un color naranja sanguinolento que se reflejaba en las ventanas del castillo como un presagio. Quería despedirse de Tilio. No del Gran Sabio. De él. Del hombre. Quería que él supiera que, pase lo que pase, ella volvería.
—Cuídate —dijo Tilio, en el patio trasero del castillo, donde nadie podía verlos. El viento movía sus cabellos, y la luz del atardecer pintaba sus rostros con tonos dorados y rojizos.
—Siempre lo hago —respondió Seraphine, ajustando la cincha de su montura. Sus dedos, cubiertos por los guantes de cuero, se movían con una precisión que ocultaba su nerviosismo.
—No me refiero a eso.
Ella se volvió. Lo miró. Los ojos grises de ella se encontraron con los grises de él.
—Saldré bien —dijo—. Y volveré.
—Lo sé.
—Entonces... ¿por qué pones esa cara?
Tilio no respondió. No sabía cómo explicar que, desde que asumió el cargo, cada despedida le parecía la última. Cada vez que alguien se alejaba, sentía que no volvería a verlo. Era una sensación irracional, pero también era la única verdad que conocía. El poder, había descubierto, no era una protección contra la pérdida. Era una invitación a ella.
—Cuídate —repitió, en lugar de todo lo que quería decir.
Seraphine montó. Su caballo, un corcel negro de pura sangre Elemens, relinchó impaciente. Las crines del animal se movían con el viento, y sus ojos, oscuros y brillantes, reflejaban la misma determinación que los de su jinete.
—Vuelve pronto —dijo Tilio.
—Lo haré.
Espoleó su caballo. El animal salió al galope, levantando una nube de polvo que se llevó el viento. La silueta de Seraphine se fue haciendo más pequeña, hasta que se perdió entre los árboles del camino.
Tilio se quedó mirando el horizonte hasta que la noche lo cubrió todo.
Los Primeros Días del Viaje
Los primeros días del viaje fueron tranquilos. Los caminos del este, aunque menos transitados que los del oeste o el norte, estaban en buen estado. Las posadas donde se hospedaban los soldados ofrecían camas limpias y comida caliente, y los lugareños saludaban a la comitiva con una mezcla de respeto y curiosidad. Los niños corrían detrás de los caballos, y las mujeres se asomaban a las ventanas para ver pasar a los soldados.
Pero al quinto día, todo cambió.
Llegaron a las afueras de un subreino llamado Korma, enclavado en un valle rodeado de colinas cubiertas de robles centenarios. Seraphine había oído hablar de Korma. Era un lugar pequeño, apenas unas pocas docenas de familias, dedicadas a la cría de caballos y al cultivo de cereales. No tenía importancia estratégica. No tenía recursos valiosos. Pero estaba allí, y Tilio le había ordenado que investigara. La orden era clara: "Cualquier cosa que parezca fuera de lugar".
—Comandante —dijo uno de los soldados, un joven Elemens de cabello rubio llamado Eryk—. Algo huele mal.
—¿A qué te refieres?
—A humo. Y no es de chimeneas. Es a humo de incendio.
Seraphine alzó la vista. En el horizonte, una columna de humo se elevaba hacia el cielo, negra y espesa, como un dedo acusador que señalaba hacia las nubes. El viento traía consigo el olor a madera quemada y a algo más, algo que no podía identificar pero que le helaba la sangre.