El viaje de regreso a Draxcan fue una agonía. Seraphine no podía quitarse de la cabeza las imágenes de Korma: las casas ardiendo, el humo negro elevándose hacia el cielo, los restos de lo que alguna vez fue un pueblo próspero. Y los cuerpos... la ausencia de cuerpos. No había nadie a quien enterrar. No había nadie a quien llorar. Solo cenizas y silencio.
Los soldados cabalgaban en silencio. Nadie hablaba. Nadie preguntaba. Todos habían visto lo mismo. Todos sabían que lo que habían presenciado no era un incendio accidental. Era algo planeado. Algo intencionado. Algo que olía a magia del Caos.
El viento soplaba del norte, trayendo consigo el olor a tierra mojada y a hojas podridas. Las nubes se acumulaban en el horizonte, grises y pesadas, anunciando la llegada del invierno. Los caballos, cansados por las largas jornadas de viaje, avanzaban con paso lento pero firme. Las armaduras de los soldados, antes relucientes, ahora estaban cubiertas de polvo y ceniza. Algunos llevaban la cabeza gacha, otros miraban al frente con los ojos vacíos. Todos compartían la misma sensación: la de haber visto algo que no deberían haber visto.
Seraphine cabalgaba al frente, con la mirada fija en el camino. No quería mirar atrás. No quería ver las ruinas de Korma, aunque ya estuvieran lejos. Las imágenes se habían grabado en su memoria como marcas a fuego, y sabía que no desaparecerían fácilmente. El crujir de las ramas bajo los cascos de los caballos, el silbido del viento entre los árboles, el olor a humo que aún impregnaba sus ropas... todo le recordaba lo que había visto.
—Comandante —dijo Eryk, acercándose a su lado—. Deberíamos descansar. Los caballos están agotados.
—No podemos —respondió Seraphine, sin volverse—. Tenemos que llegar a Draxcan cuanto antes.
—Los caballos no aguantarán mucho más.
—Entonces los cambiaremos en el próximo puesto de relevo.
Eryk asintió. No insistió. Había aprendido, en los años que llevaba sirviendo bajo el mando de Seraphine, que cuando ella tomaba una decisión, no había forma de hacerla cambiar de opinión. La conocía desde que era un soldado raso, y sabía que su determinación era su mayor fortaleza y su mayor debilidad.
La caravana siguió avanzando. Las horas se alargaban, y el cansancio se acumulaba en los cuerpos de los soldados. Algunos se tambaleaban sobre sus monturas, otros cerraban los ojos por instantes, apenas lo suficiente para recuperar un poco de energía. Seraphine no mostraba signos de fatiga, aunque la sentía en cada músculo. No podía permitirse mostrar debilidad. Sus soldados la miraban a ella en busca de dirección. Si ella se derrumbaba, ellos también lo harían.
La Llegada
El sol se ponía cuando las murallas de Draxcan aparecieron en el horizonte. La luz anaranjada del atardecer teñía las piedras de un color dorado que contrastaba con el luto que Seraphine llevaba en el corazón. Las torres del castillo se alzaban contra el cielo, imponentes, inalcanzables. Las banderas del Reino Sagrado de Draxcan ondeaban en lo alto, sus colores —rojo, azul, verde, dorado, plateado, negro— reflejando la luz del sol poniente.
La visión de la ciudad, que normalmente le daba una sensación de seguridad, ahora le parecía extraña. Las murallas, que antes la protegían, ahora le parecían frágiles. Los soldados, que antes eran una fuerza imparable, ahora le parecían vulnerables. La guerra no había empezado, pero ya estaba cambiando todo lo que conocía.
Los guardias de la puerta principal los reconocieron. Abrieron las rejas antes de que la comitiva se detuviera. Dentro del castillo, las antorchas ya estaban encendidas, proyectando sombras danzantes en los muros de piedra. El sonido de los cascos de los caballos resonaba en el patio interior, y los soldados que estaban de guardia se cuadraron al paso de la comandante.
Seraphine desmontó. Entregó las riendas de su caballo a un mozo de cuadra. Sus piernas le dolían por las horas de viaje, y su espalda estaba rígida por la tensión. Llevaba días sin dormir bien, y el cansancio se acumulaba en sus huesos como plomo fundido. Pero no podía descansar. No todavía.
—El Gran Sabio —preguntó—. ¿Dónde está?
—En su oficina, Comandante —respondió el mozo, con voz temblorosa—. No ha salido en todo el día.
Seraphine asintió. Caminó hacia la entrada principal. Sus botas resonaron en el suelo de piedra. Los pasillos del castillo estaban vacíos a esa hora, y sus pasos se perdían en la distancia como ecos de un sueño. Las antorchas parpadeaban con la corriente de aire que ella misma provocaba, y las sombras se alargaban en las paredes como dedos acusadores.
La Oficina de Tilio
La puerta de la oficina de Tilio estaba cerrada. Seraphine llamó. No hubo respuesta. Llamó otra vez, más fuerte.
—Adelante —dijo la voz de él, cansada, como si llevara horas sin dormir.
Seraphine entró. Tilio estaba sentado detrás de su escritorio, con la cabeza apoyada en una mano. Sobre la mesa, montones de documentos se acumulaban en torres que amenazaban con derrumbarse. Una taza de café, ya frío, reposaba a su lado. Sus ojos, cuando levantó la vista, mostraron una mezcla de alivio y preocupación. Tenía ojeras profundas, y su piel estaba pálida. Llevaba días sin dormir, eso era evidente.
—Seraphine —dijo—. Has vuelto.