Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo I: El Peso del Poder

Las semanas se arrastraron sobre Draxcan como ejércitos que marchan sin destino, consumiendo todo a su paso sin lograr nada. La advertencia que el supuesto Cilion había susurrado a Fox —esa amenaza de un ataque inminente que nunca llegaba— se había convertido en una piedra que Tilio cargaba sin poder depositar en ningún lugar. Cada amanecer era un alivio. Cada anochecer, una derrota distinta: otro día sin batalla, otro día de espera, otro día en que el enemigo respiraba y se fortalecía mientras el reino gastaba sus reservas vigilando sombras.

Tilio había aprendido, en los treinta años que llevaba sirviendo al poder en una forma u otra, que la espera es la más cruel de las formas de guerra. En la batalla al menos sabes contra quién luchas. En la espera, luchas contra tu propia mente, y tu propia mente conoce todos tus flancos débiles.

El Gran Sabio había reforzado cada frontera, cada muralla, cada puesto de avanzada. No le importaba el costo económico —o más bien, sí le importaba, pero había tomado la decisión de que le importara menos que la alternativa. Los informes de los delegados imperiales hablaban de un déficit que crecía como una grieta en un dique, de reservas de grano que menguaban día a día, de soldados que exigían su paga con la paciencia agotada de los hombres que llevan demasiado tiempo lejos de sus familias. Pero Tilio no podía parar. No mientras la sombra de Cilion siguiera sin tener forma definitiva.

Los mapas sobre su escritorio eran ya una segunda piel. Los había memorizado. Los había soñado. Conocía cada subreino, cada ruta, cada punto débil de las fronteras con una intimidad que ningún cartógrafo podría igualar. Y eso, precisamente, era lo que lo mantenía en vela.

Porque cuando conoces el terreno tan bien, también sabes cuántos lugares hay por los que puede entrar el enemigo.

El Consejo

—Gran Sabio, debemos reconsiderar esta estrategia.

Elroan habló con la voz pausada y medida que los elfos usaban incluso para anunciar catástrofes. Sus dedos, largos y finos como ramas de sauce en invierno, recorrían los mapas señalando las posiciones de las tropas con una precisión que habría resultado admirable en cualquier otra circunstancia.

—Los soldados están agotados. Llevan semanas vigilando las fronteras sin descanso. Las patrullas se duermen en sus puestos. Los centinelas confunden las sombras de los árboles con enemigos, y los que no confunden las sombras temen más a sus propios sueños que al enemigo real.

—No puedo dejar el reino inseguro —respondió Tilio, sin levantar la vista de los informes—. No mientras la Convención tenga el tamaño que tiene. En tan poco tiempo han construido un ejército capaz de doblar el nuestro en lealtad, si no en número. Si bajamos la guardia ahora...

—Si no bajamos la guardia —interrumpió Marcus, con esa voz ronca que había adquirido después de veinte años en el campo de batalla—, nuestros soldados colapsarán antes de que Cilion necesite atacar. La carne tiene límites, Gran Sabio. El cuerpo de un hombre entrenado aguanta más que el de un campesino, sí, pero no aguanta todo. Necesitan rotar. Necesitan dormir. Necesitan...

—¿Qué necesitan? —Tilio alzó la vista.

Sus ojos, enrojecidos por las noches en vela y la luz persistente de las velas, tenían ese brillo particular que solo aparece cuando alguien lleva demasiado tiempo sosteniendo cosas que pesan más de lo que un par de hombros debería soportar.

—¿Necesitan que les diga que los subreinos del sur están cayendo uno tras otro? ¿Que los refugiados llegan a la capital con historias de sombras que caminan y matan sin que ninguna espada las detenga? ¿Que hay niños durmiendo en las plazas porque sus padres fueron asesinados por el ejército de Cilion y nadie sabe aún quién va a recogerlos?

Marcus cerró la boca.

Aldric fue el siguiente. El general mago dio un paso al frente con la deliberación de quien ha estado esperando su turno desde el principio de la reunión. Su túnica azul oscuro estaba manchada de tinta en los puños —nunca dejaba de estudiar, ni en las noches previas a los consejos de guerra— y sus ojos tenían ese brillo arcano que los magos ancianos adquieren cuando llevan décadas mirando cosas que los demás no pueden ver.

—Gran Sabio. Llevamos semanas esperando un ataque que no llega. ¿Y si la advertencia de Fox era falsa? ¿Y si Cilion nos tendió una trampa precisamente para esto: para que desgastáramos nuestras fuerzas vigilando una amenaza inexistente mientras él se fortalece donde no miramos?

—Lo hemos considerado —respondió Tilio.

—Considerarlo no basta. —Aldric no modificó el tono, lo que hacía su insistencia más difícil de ignorar que un grito—. Las pruebas están en los subreinos destruidos. En los cuerpos de los soldados que han muerto defendiendo fronteras que quizás no son estratégicamente relevantes. En las arcas del reino, que se vacían comprando armas que quizás nunca usemos.

—¿Sugiere que nos rindamos? —dijo Tilio, con una frialdad que no era del todo fría—. ¿Que permitamos que la Convención tome el control de los subreinos del sur sin ofrecer resistencia?

—Sugiero que seamos inteligentes en lugar de constantes. Que dejemos de enviar hombres a morir en posiciones que no podemos sostener, y que nos concentremos en proteger el corazón del reino. El corazón que, si cae, hace que todo lo demás sea irrelevante.




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