Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo II: La Despedida de Paul

La mañana amaneció gris sobre Draxcan. No el gris limpio de los días de lluvia que al menos tienen la honestidad de cumplir su amenaza, sino ese otro gris —cargado, húmedo, indeciso— que se instala en el cielo como un huésped que no tiene prisa en irse y tampoco intención de hacer nada útil mientras permanece. Las nubes se arrastraban perezosas sobre las torres del castillo Dracking, y los soldados de los turnos nocturnos que aún no habían sido relevados levantaban los ojos hacia ese cielo con la expresión de quien espera que el tiempo le dé alguna señal sobre cómo se va a desarrollar el día, y no recibe ninguna.

Tilio y Seraphine bajaron juntos al patio principal cuando el sol llevaba ya una hora intentando atravesar las nubes sin conseguirlo. Paul y su familia estaban preparados para partir. Los dos carruajes —uno para la familia, uno para el equipaje— esperaban junto a la puerta principal con esa quietud tensa de los vehículos que aún no se han puesto en marcha pero saben que pronto lo harán. Los caballos eran de pura raza Elemens, animales de pelaje oscuro casi negro y mirada inteligente que los clanes del norte criaban en secreto, en valles donde los humanos no llegaban, y que podían cubrir en un día la distancia que un caballo ordinario tardaba dos en recorrer.

Los soldados del Grupo Alca formaban en dos filas a ambos lados de los carruajes. Seis figuras con armaduras negras bruñidas —el tipo de negro que no refleja la luz sino que la absorbe— y cascos que dejaban ver solo los ojos. No llevaban estandartes. No llevaban insignias visibles. La única señal de quiénes eran era la postura, esa postura específica de los hombres que han pasado tanto tiempo entrenando que la disciplina ya no es un esfuerzo sino una segunda naturaleza.

Paul esperaba junto a la puerta del carruaje principal. Tenía una mano apoyada en el marco y la otra en el hombro de su hijo menor, un niño de no más de seis años que miraba a los soldados con la mezcla de miedo y fascinación que solo los niños y los muy necios sienten ante los hombres armados. Martina subía a los otros al carruaje uno por uno, con la eficiencia tranquila de una mujer que ha organizado demasiadas partidas apresuradas para seguir nerviosa ante ellas.

La Despedida

—Gran Tilio —dijo Paul cuando vio a Tilio acercarse—. Pensé que no bajarías.

—No podía dejarte ir sin despedirme. —En la voz de Tilio había un cansancio que Paul conocía demasiado bien para necesitar que se lo explicaran—. Ya sabes cómo es esto.

—Lo sé. —Paul sonrió. Era una sonrisa triste, de las que se dan cuando se sabe que la próxima vez que dos personas se vean, ambas habrán cambiado de maneras que todavía no pueden calcular—. Por eso no me molestó que no vinieras a cenar anoche.

Tilio bajó la mirada.

—Lo siento, Paul.

—No tienes por qué. —Paul le puso una mano en el hombro, un gesto que no era de consuelo sino de igualdad, el gesto entre dos hombres que se conocen desde hace suficiente tiempo para saltarse las formalidades—. Tú tienes un reino que cuidar. Yo tengo el mío. Ninguno de los dos eligió este trabajo porque fuera cómodo.

Se quedaron en silencio un momento, mirándose con esa facilidad que solo existe entre personas que han compartido demasiado para necesitar llenar cada pausa. El patio seguía en movimiento a su alrededor —soldados, sirvientes, caballos que piafaban—, pero el espacio entre los dos era quieto, como el ojo de algo.

—¿Cuánto calculas que tardarás? —preguntó Tilio.

—Con el Grupo Alca —Paul miró de reojo a los soldados—, dos semanas. Quizás menos si los caminos están despejados.

—Los caminos deberían estar despejados. —Tilio se volvió hacia los seis soldados y alzó la voz con la autoridad seca de quien no necesita gritar para ser obedecido—. Miembros del Grupo Alca.

Los seis se cuadraron al unísono. Las armaduras resonaron.

—Vuestra misión es llevar al Gran Viejo y a su familia a Eltrix. Sanos y salvos, sin excepción. No me importa lo que cueste. No me importa a quién tengáis que enfrentaros en el camino. ¿Está claro?

—Sí, Gran Sabio.

Una sola voz, seis gargantas. La respuesta de los hombres que llevan tanto tiempo entrenando juntos que hasta sus palabras han aprendido a coincidir.

Tilio asintió. Se volvió hacia Paul.

—Son los mejores que tengo. Los que entrenaron los generales personalmente. Si alguien puede llevaros a salvo, son ellos.

—Ya lo veo. —Paul los observó con la mirada evaluadora del hombre que ha visto muchos soldados en su vida y sabe distinguir entre los que tienen disciplina adquirida y los que tienen disciplina interiorizada. Estos últimos—. Deberías estar orgulloso.

—Lo estoy. —Una pausa—. Aunque en este momento el orgullo me parece un lujo secundario.

Paul lo miró.

—¿Preocupado?

—La situación en el sur es impredecible. —Tilio eligió las palabras con cuidado, el cuidado de quien no quiere decir lo que realmente piensa porque decirlo en voz alta lo haría más real—. Más impredecible que hace una semana. Más que hace un mes.

—Siempre lo ha sido —respondió Paul—. Por eso los Elemens construimos Eltrix donde la construimos. En el cráter de un dragón extinto. Aislados, inaccesibles, con una única ruta de entrada que cualquier defensor puede sostener con la mitad de los hombres que necesitaría en terreno abierto.




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