El Subreino de Pitra llevaba tres siglos sin ser atacado.
No era por falta de enemigos. Era por la muralla.
Cincuenta metros de altura, construida por los primeros Elemens que colonizaron aquellas tierras cuando el sur aún era tierra virgen y los mapas del reino no llegaban tan lejos. Los bloques, cortados de una roca que no existía en ninguna cantera conocida, eran negros y brillantes como obsidiana pero más duros que el granito, y absorbían la luz del sol con tal voracidad que su superficie irradiaba calor seco durante horas después del anochecer. Ningún proyectil los había marcado. Ningún ariete los había doblado. Ningún mago había encontrado la frecuencia mágica que los desestabilizara. Los ingenieros de cuatro reinos distintos habían intentado, en distintos momentos de la historia, replicar el material. Ninguno lo había conseguido.
Pitra se alzaba en medio del valle como algo que no necesita demostrar nada porque ya lo ha demostrado todo.
El comandante Hadrik llevaba quince años al mando de su defensa. Había visto asaltos de bandidos, incursiones de criaturas salvajes de las estepas, una escaramuza entre clanes vecinos que duró tres días y terminó con ambas partes arrepentidas. Había visto llegar ejércitos que miraban la muralla, la medían con los ojos, y se iban sin disparar una sola flecha.
Lo que estaba a punto de ver era otra cosa.
La Mañana
—¿Está todo en orden? —preguntó Hadrik, sin apartar los ojos del horizonte sur.
A su lado, su lugarteniente —una mujer joven de cabello oscuro y la postura de quien ha aprendido que la mejor manera de que los hombres te escuchen es demostrar que sabes más que ellos— repasaba el informe de la guardia nocturna.
—Las murallas reforzadas, los soldados en sus puestos. La evacuación de civiles a las cuevas subterráneas está al noventa por ciento. —Una pausa—. Quedan algunas familias que se niegan a bajar.
—¿Por qué?
—Dicen que no van a esconderse bajo tierra por una amenaza que nadie ha visto todavía.
—Diles que es una orden. No una sugerencia.
—Lo he intentado.
—Inténtalo de nuevo. Con más énfasis.
La lugarteniente asintió, aunque con la expresión de quien sabe que el énfasis no siempre funciona con la gente que lleva toda la vida en un lugar y no concibe que ese lugar pueda dejar de ser seguro.
—Comandante —dijo, bajando la voz—. ¿Cree que realmente vendrán?
Hadrik tardó en responder. Miró el horizonte. El sol de la mañana había quemado ya la niebla del valle y el campo al sur estaba despejado, silencioso, con ese silencio que no tiene nada de tranquilizador cuando llevas días esperando que algo lo rompa.
—No lo sé —dijo—. Pero el Gran Sabio no refuerza subreinos por capricho. Y cuando el Gran Sabio da órdenes que no explica, normalmente hay una razón que es peor que la orden.
La lugarteniente no respondió.
Ambos sabían que la espera era lo peor. Que la mente, en ausencia de información, siempre construye algo más aterrador que la realidad. Pero también sabían que a veces la realidad resulta ser exactamente lo que la mente construyó.
La Llegada de la Comitiva
Al mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto y los centinelas de los turnos largos empezaban a sentir el cansancio acumulándose detrás de los ojos, uno de ellos dio la voz de alarma.
—¡Comandante! ¡Polvo en el sur!
Hadrik subió a la muralla en treinta segundos. Se asomó. Una nube de polvo avanzaba desde el sur a la velocidad de caballos al galope, lo que significaba urgencia, lo que significaba que alguien había decidido que llegar rápido importaba más que llegar descansado.
—No es un ejército —dijo, después de un momento. El alivio en su voz era real pero breve—. Es una comitiva. Pequeña.
—¿Quiénes son? —preguntó la lugarteniente, a su lado.
—Espera.
La comitiva se acercó lo suficiente para que Hadrik distinguiera las armaduras. Negras. Bruñidas. Sin estandartes visibles excepto por uno: una bandera pequeña, del tamaño de un pañuelo, sujeta a la ventanilla del carruaje.
—El estandarte de Eltrix —dijo la lugarteniente, con los ojos entrecerrados—. Y las armaduras son del Grupo Alca.
—El Gran Viejo —murmuró Hadrik.
No necesitó decir más. Hizo una señal con la mano. Las puertas de Pitra comenzaron a abrirse.
La comitiva entró al galope, con los caballos echando espuma y los soldados con esa tensión en la postura que no es el cansancio ordinario del viaje sino la tensión específica de los hombres que han estado vigilando amenazas reales. Los soldados del Grupo Alca formaron en el patio interior con la precisión automática de quien lleva días haciéndolo.
—¡Cerrad las puertas! —ordenó Hadrik—. Pasadores y cadenas. Todo.
—¿Cree que hay peligro? —preguntó la lugarteniente.
—El Gran Viejo no viaja con el Grupo Alca para ver paisajes. —Hadrik bajó de la muralla—. Algo ha pasado.
La Carta