Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo IV: Lo que No Puede Deshacerse

Nueve días.

Nueve días tardó la carta de emergencia del comandante Hadrik en llegar a las manos del Gran Sabio. Nueve días en los que Draxcan siguió funcionando con la inercia de los organismos que no saben aún que algo esencial ha cambiado: los soldados siguieron sus patrullas, los mercados abrieron a sus horas habituales, los delegados de los subreinos del norte enviaron sus quejas de siempre sobre los impuestos y las rutas comerciales y los asuntos que en tiempos normales habrían ocupado una semana entera del calendario de Tilio y que ahora dormían en una pila sobre el escritorio sin que nadie los tocara.

Nueve días en los que Johan luchaba por su vida en el hospital de Pitra con el agujero en el estómago ennegreciéndose milímetro a milímetro. En los que Luar soportaba el dolor del fuego negro y azul con el sonido de quien ha dejado de creer que el dolor va a terminar y solo espera que alguien encuentre la manera de que sea mentira. En los que Paul permanecía inconsciente, con los símbolos del Caos pulsando en su piel como algo que respira por él mientras él no puede.

El mensajero llegó al amanecer del décimo día.

Era un jinete mago, uno de los que el ejército imperial entrenaba específicamente para los mensajes que no pueden esperar: había cubierto el trayecto en tres días usando hechizos de velocidad que exigen al cuerpo un precio que tarda semanas en cobrarse. Su caballo, cuando llegó a las puertas del castillo Dracking, no podía ya caminar. Su túnica azul estaba rasgada en los hombros y en los flancos por el roce del viento a velocidades para las que la ropa no estaba diseñada, y tenía la cara del color de quien ha dormido tres horas en tres días y considera que eso es un lujo.

—Mensaje urgente para el Gran Sabio —dijo al guardia de la puerta, con una voz que era apenas el recuerdo de una voz—. Del Subreino de Pitra. Urgencia máxima.

El guardia no preguntó nada.

Corrió.

La Oficina

Tilio estaba repasando el informe de los delegados del norte cuando la puerta se abrió sin llamar. Era Fox —que había vuelto a su puesto de asistente después de lo ocurrido, aunque con los ojos que había traído del campamento de la Convención, esos ojos que ya no eran exactamente los mismos de antes— con un pergamino en la mano.

—Gran Sabio. Ha llegado una carta de emergencia. De Pitra.

Tilio dejó la pluma.

Sus dedos, manchados de tinta en los nudillos del índice y el medio, se quedaron quietos sobre el escritorio un instante antes de que él los retirara.

—¿De Pitra?

—Sí.

—¿Y el mensajero?

—En la enfermería. Llegó al límite.

Tilio extendió la mano. Fox le tendió el pergamino. Tilio lo tomó, rompió el sello —negro, con el emblema de Pitra, una muralla estilizada que ahora tenía una ironía que ninguno de los dos podía saber todavía— y leyó.

Leyó una vez.

Leyó otra.

Una tercera.

El Gran Viejo, inconsciente. Johan, suma urgencia. Luar, fuego que no se apaga. Cilion.

Cuatro hechos. Cuatro cosas que no deberían ser ciertas y que lo eran de todas formas, con la indiferencia de los hechos ante los deseos de quien los lee.

—Convoca a los generales —dijo Tilio, con una voz que él mismo reconoció como la voz que usaba cuando necesitaba que las palabras sonaran más firmes de lo que era lo que las sostenía—. Todos. Ahora.

—¿Incluyendo a Aldric?

—A todos.

Fox salió.

Tilio se quedó solo con el pergamino en la mano y el silencio de la oficina, que de pronto era demasiado grande.

Golpeó la pared con el puño.

El dolor en los nudillos duró un segundo. El otro tipo de dolor —el que no tiene localización precisa, el que se instala en el pecho y no se mueve— llevaba ya semanas, y un puñetazo en la piedra no cambiaba nada de eso pero al menos era una cosa que él podía hacer, una acción pequeña en medio de una situación donde la mayoría de las acciones posibles estaban fuera de su alcance.

—Maldición —murmuró.

Oyó la puerta. No se volvió.

—Tilio —dijo Seraphine, cerrando la puerta tras de sí—. Fox me ha dicho que hay una carta de emergencia.

—Lee.

Le tendió el pergamino sin mirarlo. Escuchó el sonido del papel desplegándose. Escuchó el silencio que siguió mientras ella leía, un silencio de una textura distinta al anterior.

—Johan —dijo Seraphine, en voz baja.

Sola la palabra. Sin predicado.

—Está en suma urgencia —dijo Tilio—. Puede que no sobreviva.

—No digas eso.

—Es lo que dice la carta.

—No lo digas de todas formas.

Tilio se volvió. La miró. Seraphine tenía el pergamino en las manos y los ojos fijos en él con esa expresión que él había aprendido a reconocer —no el dolor que grita, sino el otro, el que se instala sin anunciarse y se queda.




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