Las Crónicas de Draxcan: Las Cadenas Rotas

Capítulo V: El Peso del Reino

La noticia del ataque a Pitra llegó a Draxcan de la manera en que llegan las noticias que cambian las cosas: primero como rumor, luego como versión oficial, luego como algo que nadie puede fingir que no ha ocurrido.

Los periódicos publicaron ediciones especiales antes de que el sol terminara de bajar el día que llegó la confirmación. Los pregoneros recorrieron los distritos leyendo los titulares en las plazas, y la gente que se agolpaba a su alrededor tenía los rostros de quienes llevan semanas temiendo algo específico y acaban de descubrir que lo que temían era más pequeño que lo que ha ocurrido. Los rumores que circulaban por las tabernas al caer la noche habían tomado ya formas que ningún pregonero había leído en voz alta: que Cilion no era humano, que las murallas de obsidiana de Pitra no existían ya, que el Gran Viejo había muerto aunque el comunicado oficial decía que estaba inconsciente, que los dragones de los Elemens habían sido vaciados como odres y dejados en el campo como prueba de lo que venía.

En el castillo Dracking, la noticia se movía de otra manera.

No como rumor. Como silencio.

Los sirvientes hablaban con la voz baja de los que saben que las paredes escuchan y que lo que escuchan importa. Los guardias hacían sus rondas con las manos sobre las empuñaduras, no por orden sino por instinto, porque el cuerpo sabe antes que la mente cuándo el peligro ha dejado de ser abstracto. En los pasillos, los cortesanos se cruzaban con sonrisas forzadas y miradas que esquivaban las de los demás, como si el contacto visual fuera suficiente para que el otro supiera lo que estaban pensando y lo que estaban pensando fuera demasiado peligroso para compartirlo.

Debajo de esa superficie, algo se gestaba.

Tilio lo sabía. Lo sabía con la certeza específica de quien lleva suficiente tiempo en el poder para distinguir entre el silencio de la calma y el silencio de las cosas que se preparan. Y lo que se preparaba en los corredores de su propio castillo era algo que su red de espías no alcanzaba a definir con precisión, lo que era peor que si lo hubiera definido mal.

El Decreto

La firma del decreto que activaba el Artículo 4 no fue un acto solemne.

No hubo ceremonia. No hubo testigos formales ni discurso previo ni el tipo de ritual que las leyes importantes suelen reclamar para sí mismas. Fue Tilio, solo en su oficina al amanecer del día siguiente, con una pluma y un pergamino y el sello del Gran Sabio que había heredado de Reax y que todavía le pesaba en la mano con el peso de las cosas que no te pertenecen del todo aunque las uses.

Lo firmó. Lo selló. Lo dobló.

Fox lo recogió en la puerta sin que nadie lo hubiera llamado —Fox tenía esa habilidad, la de aparecer cuando se le necesitaba con la anticipación de quien ha aprendido a leer el ritmo de otro— y lo llevó a los notificadores que esperaban en el patio.

En cuestión de horas, el decreto circulaba por el reino.

En el Distrito Humano, la respuesta fue inmediata. Los hombres se alistaron antes de que los notificadores terminaran de leer el decreto en las plazas, no por patriotismo —el patriotismo es un lujo que se permite la gente que no tiene miedo— sino por la lógica desnuda de quien sabe que si la capital cae no hay lugar al que huir que la guerra no alcance. Se presentaron en los cuarteles con lo que tenían: espadas heredadas de padres que las habían heredado de los suyos, herramientas de trabajo convertidas en armas con mayor o menor convicción, algunos con armaduras que no les quedaban y otros sin ninguna protección más que la ropa.

Elroan los miró desde el balcón del cuartel con la expresión impasible de quien está calculando en silencio el tiempo que necesitará para convertir eso en algo que se parezca a un ejército.

En el Distrito Mágico, la respuesta fue más tibia. Los magos habían visto los informes sobre las bestias. Sabían lo que significaba que su magia las alimentara. Algunos huyeron hacia el norte antes de que el decreto llegara, con sus familias y sus libros y el tipo de prisa que se tiene cuando se ha tomado una decisión que no admite revisión. Los que se quedaron lo hicieron con la dignidad incómoda de quien sabe que se está quedando no por valentía sino porque huir les resultaba más difícil de justificarse a sí mismos que quedarse.

En el Distrito Élfico, la indiferencia fue tan consistente que parecía ensayada. Los elfos llevaban generaciones construyendo la distancia entre ellos y el resto del reino como si fuera una segunda muralla, invisible pero más efectiva que la de piedra. Que la guerra llegara al sur era, en la lógica de muchos de ellos, un problema del sur. Que Pitra hubiera caído era lamentable. Que los dragones hubieran sido vaciados era preocupante. Pero que todo eso justificara arriesgar vidas élfica en defensa de un reino que nunca había tratado a los elfos como iguales era una conclusión que la mayoría no alcanzaba.

Elroan lo sabía. Por eso no había enviado notificadores al Distrito Élfico. Los había ido a buscar él mismo.

En el Distrito Original, entre los Elemens, la reacción fue diferente a todas las demás: fue rabia.

No contra Nalia. No contra Cilion. Contra Tilio.

La decisión de mantenerlos fuera del frente —de decirles que sus poderes, que habían sido el orgullo de su raza durante siglos, eran un lastre en esta guerra— había golpeado algo más profundo que el orgullo. Había golpeado la identidad. Los Elemens no entendían un mundo en que ser poderoso fuera una desventaja. No tenían categoría para eso.




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