Las Crónicas de Draxcan - Volumen 5

Capítulo I: El Llanto del Poder y Pequeñas Revelaciones

Las semanas se arrastraron sobre Draxcan como un ejército de hormigas devorando los restos de un animal muerto. La advertencia que el supuesto Cilion había susurrado a Fox —esa amenaza de un ataque inminente que nunca llegaba— se había convertido en una losa de granito sobre los hombros del Gran Sabio. Cada día que pasaba sin que las sombras de la Convención aparecieran en el horizonte era un día de alivio, sí, pero también un día más de espera. Y la espera, pensaba Tilio mientras miraba los mapas desplegados sobre su escritorio, era peor que la batalla. Porque en la batalla al menos sabes contra quién luchas. En la espera, luchas contra tu propia mente.

El Gran Tilio había reforzado cada frontera, cada muralla, cada puesto de avanzada. No le importaba el costo económico. Los informes de los delegados imperiales hablaban de un déficit que crecía como una mancha de aceite, de reservas de grano que disminuían día tras día, de soldados que exigían su paga y familias que esperaban noticias. Pero Tilio no podía parar. No mientras la sombra de Cilion se cerniera sobre el reino.

—Gran Sabio, debemos reconsiderar esta estrategia —dijo Elroan, el general elfo, con su voz pausada y medida. Sus dedos, largos y finos como ramas de sauce, recorrían los mapas señalando las posiciones de las tropas—. Los soldados están agotados. Llevan semanas vigilando las fronteras sin descanso. Las patrullas se duermen en sus puestos. Los centinelas confunden las sombras de los árboles con enemigos. Esto no es sostenible.

—No puedo dejar ninguna semana insegura al reino —respondió Tilio, sin levantar la vista de los informes—. En tan poco tiempo, la Convención se ha convertido en un ejército temible. Tienen armamento. Tienen soldados totalmente leales a Cilion. Si bajamos la guardia ahora...

—Si no bajamos la guardia —interrumpió Marcus, el general humano, con su voz ronca y áspera—, nuestros soldados colapsarán. La carne tiene límites, Gran Sabio. Por más que el espíritu quiera luchar, el cuerpo se cansa. Necesitan rotar. Necesitan dormir. Necesitan...

—¿Necesitan qué? —Tilio alzó la vista. Sus ojos, enrojecidos por las noches en vela, tenían un brillo febril—. ¿Necesitan que les diga que los subreinos del sur están cayendo uno tras otro? ¿Que los refugiados llegan a la capital con historias de sombras que caminan como hombres? ¿Que hay niños huérfanos durmiendo en las plazas porque sus padres fueron asesinados por el ejército de Cilion?

Marcus cerró la boca. No había respuesta para eso.

Aldric, el general mago, dio un paso al frente. Su túnica azul oscuro estaba manchada de tinta y sudor, y sus ojos tenían ese brillo que solo los magos ancianos adquieren después de décadas de estudiar las artes arcanas. Había estado en silencio durante toda la reunión, observando, calculando.

—Gran Sabio —dijo, y su voz era grave, profunda—. Llevamos semanas esperando un ataque que no llega. ¿Y si la advertencia de Fox era falsa? ¿Y si Cilion nos tendió una trampa para que desgastáramos nuestras fuerzas mientras él se fortalece en la sombra?

—Lo hemos considerado —respondió Tilio—. Pero no podemos actuar basándonos en suposiciones. Necesitamos pruebas.

—Las pruebas están en los subreinos destruidos —insistió Aldric—. En los cuerpos de los soldados que han muerto defendiendo fronteras que ni siquiera sabemos si son estratégicas. En las arcas del reino, que se vacían mientras compramos armas que quizás nunca usemos.

Tilio golpeó la mesa con los nudillos.

—¿Sugiere que nos rindamos? ¿Que permitamos que la Convención tome el control de los subreinos del sur sin luchar?

—Sugiero que seamos inteligentes —respondió Aldric, sin inmutarse—. Que usemos la cabeza en lugar de los músculos. Que dejemos de enviar soldados a morir en campos de batalla que no podemos ganar y que nos centremos en proteger el corazón del reino.

El silencio se volvió denso. Los otros generales intercambiaron miradas.

Elroan fue el primero en hablar.

—¿Y qué pasará con los subreinos del sur? ¿Los abandonamos a su suerte?

—Ya están perdidos —dijo Aldric, con una frialdad que heló la sangre de los presentes—. Lo único que podemos hacer es contener la marea. Evitar que llegue a la capital.

—Eso es traición —intervino Seraphine, que había estado en silencio hasta ese momento. Su voz era baja, pero cortaba como un cuchillo—. Abandonar a nuestros propios ciudadanos para salvar la capital. ¿Eso es lo que propone, general Aldric?

—Propongo ser realistas —respondió Aldric, devolviéndole la mirada—. Algo que parece faltarle a algunos aquí.

Tilio se levantó de su silla. No era un trono, solo una silla de madera tallada, pero cuando se puso de pie, todos los presentes sintieron el peso de su autoridad.

—Ya basta —dijo, y su voz sonó más cansada que enfadada—. No voy a abandonar a ningún subreino. No voy a rendirme antes de que la guerra comience. Y no voy a permitir que mis generales discutan como niños en una plaza de mercado.

Se volvió hacia Aldric.

—Usted, general, se encargará de reforzar las defensas del este. Elroan, del oeste. Marcus, del norte. Seraphine se quedará conmigo en la capital. Todos enviarán informes diarios. ¿Está claro?

Los generales asintieron. Aldric no dijo nada más, pero su mirada —esa mezcla de respeto y desdén que Tilio conocía tan bien— permaneció fija en el Gran Sabio durante el resto de la reunión.

El Llanto

Cuando los generales se retiraron, Tilio se quedó solo en su oficina. Los informes seguían sobre la mesa, acumulándose como lápidas de papel. Cada uno era un muerto. Cada uno, un fracaso.



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Editado: 13.06.2026

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