La mañana siguiente amaneció gris sobre Draxcan. Las nubes, cargadas de una humedad que no terminaba de resolverse en lluvia, se arrastraban perezosas sobre las torres del castillo Dracking como si también ellas estuvieran esperando algo que no terminaba de llegar.
Tilio y Seraphine bajaron juntos al patio principal, donde Paul y su familia ya estaban preparados para partir. Los carruajes —dos en total, uno para la familia y otro para el equipaje— estaban enganchados a caballos de pura raza Elemens, esos animales de pelaje oscuro y mirada inteligente que solo los clanes del norte criaban. Los soldados del Grupo Alca —seis figuras imponentes con armaduras negras bruñidas, los rostros ocultos tras cascos que solo dejaban ver sus ojos— formaban en dos filas perfectas, con las manos sobre las empuñaduras de sus espadas.
Paul esperaba junto a la puerta del carruaje principal, con una mano apoyada en el marco y la otra en el hombro de su hijo menor. Martina, su esposa, subía a los niños uno por uno mientras les susurraba palabras de ánimo que ninguno de los adultos alcanzaba a distinguir.
—Gran Tilio —dijo Paul cuando vio a Tilio acercarse—. Pensé que no bajarías.
—No podía dejarte ir sin despedirme —respondió Tilio, y en su voz había un cansancio que Paul conocía bien—. Ya sabes cómo es este puesto.
—Lo sé —Paul sonrió. Era una sonrisa triste, de esas que se dan cuando se sabe que la próxima vez que se vean, todo será diferente—. Por eso no me molestó que no vinieras a cenar con nosotros anoche.
Tilio bajó la mirada.
—Lo siento, Paul. De verdad.
—No tienes por qué disculparte. —Paul le puso una mano en el hombro—. Tú tienes un reino que cuidar. Yo tengo el mío. Ambos sabemos lo que eso significa.
Se quedaron en silencio un momento, mirándose como los viejos amigos que eran. Habían compartido demasiado para necesitar palabras.
—¿Cuánto crees que tardarás en llegar a Eltrix? —preguntó Tilio.
—Con el grupo que me has puesto... —Paul miró de reojo a los soldados del Grupo Alca—. Dos semanas. Quizás menos, si no tenemos contratiempos.
—No los tendrás. —Tilio se volvió hacia los soldados y alzó la voz—. ¡Miembros del Grupo Alca!
Los seis soldados se cuadraron al instante. Las armaduras resonaron con un eco metálico que se perdió entre las paredes del castillo.
—Vuestra misión es llevad al Gran Viejo y a su familia sanos y salvos a Eltrix. No me importa lo que cueste. No me importa a quién tengáis que enfrentaros. ¿Está claro?
—¡Sí, Gran Sabio! —respondieron al unísono.
Tilio asintió. Se volvió hacia Paul.
—Te he pedido a los mejores. A los que entrenaron los propios generales. Si alguien puede llevaros a salvo, son ellos.
—Ya lo veo —dijo Paul, observando a los soldados con respeto—. Deberías estar orgulloso de ellos.
—Lo estoy. Pero también estoy preocupado. La situación en el sur es... impredecible.
—Siempre lo ha sido —respondió Paul—. Por eso los Elemens construimos Eltrix donde la construimos. En el cráter de un dragón. Aislados. Seguros.
—¿Seguros? —Tilio arqueó una ceja.
—Más seguros que aquí, al menos. —Paul sonrió—. Eltrix se puede fortificar. Draxcan no. Draxcan tiene que estar abierta. Tiene que comerciar, recibir visitantes, aparentar normalidad. Esa es su fortaleza y su debilidad.
Tilio asintió. Sabía que Paul tenía razón.
—Cuídate, viejo amigo —dijo Tilio, abriendo los brazos.
Paul se acercó y lo abrazó. Fue un abrazo breve, casi casto, pero cargado de un significado que ninguno de los dos necesitó explicitar.
—Tú también cuídate —respondió Paul, apartándose—. Y cuida de Seraphine. Es una buena mujer.
Tilio sonrió.
—Lo sé.
Paul subió al carruaje. Martina, que ya había acomodado a los niños, le tendió la mano para ayudarlo. Los dos se miraron, y Tilio vio en sus ojos la misma mezcla de amor y preocupación que él sentía cada vez que miraba a Seraphine.
—Cuando llegues a Eltrix —dijo Tilio, acercándose a la ventanilla del carruaje—, mándame un mensaje. No me importa si es con una paloma, con un mago o con un jinete. Necesito saber que estás a salvo.
—Lo haré —respondió Paul—. Y tú... —dudó un instante—. Teng cuidado con los otros líderes de los clanes. Si se enteran de lo de Seraphine...
—Lo sé —lo interrumpió Tilio—. Por eso estamos siendo discretos.
—No es suficiente —insistió Paul, bajando la voz—. Los Elemens son... protectores. Con su raza. Con sus tradiciones. Si descubren que uno de los suyos está con un humano, aunque sea el Gran Sabio...
—Me las arreglaré —dijo Tilio—. Siempre lo he hecho.
Paul lo miró fijamente. Luego, asintió.
—Sé que sí. Por eso confío en ti.
Cerró la ventanilla. El carruaje comenzó a moverse.
Tilio y Seraphine se quedaron en el patio, viendo cómo la comitiva se alejaba. Los seis soldados del Grupo Alca formaron una escolta perfecta: tres adelante, tres atrás, con las manos en las riendas y los ojos recorriendo el horizonte en busca de amenazas.
—¿Crees que llegarán? —preguntó Seraphine.
—Tienen que hacerlo —respondió Tilio—. Si no... no sé qué haré.
Seraphine le tomó la mano.
—Llegarán.
Tilio apretó los dedos de ella.