Las estrellas que cantamos.

Capítulo 1

Finn

15 de septiembre de 2011, Los Ángeles, Estados Unidos.

Joder... otra vez mi padre volvió a gritarme. Esta vez fue por otra pelea con mi hermana Hanna; básicamente, la mayoría de ellas son por bromas y cosas de "hermanos", pero al parecer esa "bromita" se salió de control y ahora estoy aquí en la sala mientras mi hermanita Elin está viendo su caricatura de siempre.

Así que para quitarme el aburrimiento de encima, decido ir a echarme una vuelta al norte de mi pueblo; justo cuando cojo las llaves de mi camioneta, Hanna decide aparecer otra vez. No digo que me caiga mal; básicamente, ella y yo, aunque seamos mellizos, somos diferentes. Tanto de apariencia como de personalidad, en eso me habla cuando estoy a punto de subirme a la camioneta. Se queda parada en la puerta y me empieza a gritar.

—¡Finn!

Estoy seguro de que me va a pedir un favor. Me doy la vuelta para mirarla y le respondo.

—¿Qué quieres, Hanna? —mi voz suena un poco sarcástica, como siempre.

—¿A dónde vas?

—Al pueblo que está al norte de aquí, ¿por? —Alzó una ceja mientras me sobrecargo en la van.

—Bueno, ¿me puedes hacer un favor así... de pequeño? —me hace un gesto con sus dedos.

Lo sabía, siempre me pide algo cuando salgo de casa; la mayoría de veces no lo hago todas por que tengo mis razones. Pero decido que esta vez aceptaré su favor.

—Ok, dime cuál es tu "pequeño favor". —le digo.

—Bueno, ¿recuerdas a nuestra amiga de la secundaria?

—¿Cuál?

—La que tenía cabello negro y varios lunares en su rostro.

—Ah, ¿te refieres a la china esa? —Me río de forma burlona.

Al parecer, a Hanna no le agrada que le diga así a las personas de Asia. Supuestamente porque "no todos son chinos", aunque a mí me da igual; para ella es todo lo contrario.

—Ahg, para empezar, no todos son "chinos" y ella es japonesa. —Hace otro gesto con su dedo apuntado hacia su cabeza.

—Ya dime que es lo que quieres.

—Ella ayer me mandó mensaje y me dijo que le gustaría que la visitemos.

Un momento... ¿Visitarla? ¿Nosotros?, después de que nos traicionara tanto como a mi como a mi hermana, ¿quién se cree? Qué ridículo, no lo voy a hacer después de ese día que maldigo con todo mi ser. Me aguanto las ganas de reírme y decirle por teléfono que está demente.

—¿Nosotros? ¿A que te refieres con "nosotros "? —me río suavemente.

—Sí que eres un imbécil, es nuestra amiga, Finn.

—"Tu" amiga dirás, por que desde que nos hiciera eso, dejó de ser mi amiga.

—No vuelvas a hablarme de eso, quedó en el pasado y...

—¿Y qué, Hanna? ¿No te dolió lo que nos hizo?

—Por favor, Finn, es nues... —Le corto la frase.

—Tu amiga es, porque ya no tiene nada que ver conmigo. —Exclamó furioso.

Piensa esa chica que la vamos a perdonar; qué hipócrita. Retrocedo un paso, pero me doy cuenta de que mi espalda choca con mi camioneta.

—No te voy a ayudar, ¿ok? —Me doy la vuelta para rodear la camioneta y subirme.

—Pero... —Ella misma corta su frase, su expresión se desmorona y la palabra queda flotando en el aire.

Una vez que encendí la camioneta y la puse en marcha, no miré hacia atrás. Sigo sin creer que esa desgraciada tenga el descaro de regresar después de que creara ese desastre. Después de varios minutos de recorrido, me paro enfrente de un supermercado; lo raro es que esto no estaba en mis planes; el caso era ir al centro comercial. Pero desde que Hanna mencionó a "esa chica", se arruinó mi plan.

Entré y me dirigí a la estantería de bebidas y cogí un refresco de soda. Me dirijo a la caja para pagar; en eso veo a una chica de la caja con cabello negro y su rostro lleno de lunares. Un escalofrío empieza a recorrer de pies a cabeza. Tengo la sensación de que la reconozco de un lugar, pero mi cabeza no capta, justo cuando trato de razonar; llega mi turno y...

Como lo presentía, es ella, no ha cambiado nada, tiene esa mirada que parece que te juzga, esos ojos grisáceos que calculan cada movimiento tuyo y esos lunares... Ahg, odio admitirlo. Al ver que no reacciono, arruga la frente; creo que al parecer me reconoce, tiene que hacerlo, y como lo sabía, me empieza a dirigirme la palabra.

—¡Oye! —Me exclama.— ¿Qué diablos haces aquí?

—¿Perdona? —Me señalo a mí mismo, con una ceja levantada.

—Sí, a ti te estoy hablando.

—Tú sabes que aquí he vivido desde siempre.

—Ya dame rápido tu soda, para cobrarte.

—No me cambies el tema. —Me agarro de la caja fuerte hasta que mis nudillos se ponen blancos.

—Finn, quítate de ahí, tengo trabajo y estás molestando a los demás.

—¿Importa? No me estás poniendo atención. — Alzó una ceja, mientras la observó de arriba a abajo.

Aparta la mirada; su ceño sigue fruncido. Nunca pensé que ella estuviera aquí trabajando como cajera; se empiezan a escuchar unos murmullos que me imagino que han de ser el de las demás personas que de seguro están molestos. Pero por ahora solo tengo mis ojos fijos para ella y en nadie más.




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