Capítulo 1: La vecina del cabello de algodón de azúcar
Todos los días, desde que tenía memoria, Sara Sánchez era la única en su clase que vigilaba la puerta de la escuela como si fuera un detective buscando a un sospechoso. Mientras sus compañeros esperaban que sus mamás aparecieran entre la multitud —una marea de señoras con abrigos oscuros, bolsos gigantes y gritos de "¡abrígate!"—, Sara buscaba una silueta muy diferente.
Siempre terminaba encontrando a su padre, Sergio. Era imposible pasarlo por alto: un hombre imponentemente alto, de hombros anchos y cabello negro como el carbón que solía llevar recogido en un moño desordenado, del cual siempre se escapaban un par de mechones rebeldes sobre su frente. Sergio destacaba entre las madres del vecindario no solo por su estatura, sino por su mirada profunda y sus ojos oscuros que hacían que más de una mamá casada se acomodara el abrigo sospechosamente cuando él pasaba a saludar.
Cuando tenía unos cuatro años, Sara recordó el día exacto en que le hizo la gran pregunta. Se habían detenido en un semáforo rojo.
—Papá, ¿por qué yo no tengo una mami? —preguntó, cruzando sus pequeños brazos y frunciendo el ceño.
Sergio la miró fijamente, con los ojos tan abiertos que parecía que el auto se hubiera quedado sin frenos.
—Tu madre está en el cielo, Sara. Ya hemos hablado de esto —murmuró suavemente, volviendo la vista al tablero del auto y frotándose la nuca con nerviosismo.
—Sí, pero el cielo está lejísimos y nosotros estamos aquí solos —replicó la niña, frustrada—. ¿Por qué no podía quedarse a darnos abrazos aquí abajo? Todas las mamás se quedan.
Ella lo miró de manera triste, aunque intentó disimularlo poniendo cara de niña grande.
—No lo sé, Sara. Hay ciertas cosas en la vida que no podemos entender.
Era una mentira, pero ella todavía era demasiado pequeña para comprender que el embarazo de su madre había sido muy difícil y que el parto fue aún peor. Sergio tenía la intención de explicarle todo cuando creciera, pero por el momento, ese era su único escudo.
Ahora, a sus ocho años, Sara ya no hacía preguntas. Había decidido que era mejor observar y armar sus propios planes.
La frustración de Sara siempre crecía en diciembre. En el salón de clases, sus compañeros se reunían a presumir y quejarse de los regalos.
—Mi mamá definitivamente me va a regalar otro abrigo feo que pica —se lamentaba Luci, arrastrando los pies.
—Espero que la mía recuerde que pedí la muñeca de hadas que vuela sola y no la versión barata —añadía otro niño.
Sara casi nunca hablaba en esas charlas. Pensaba que sus amigos eran unos exagerados. Para ella, los regalos de Navidad nunca habían sido un problema; su padre, con sus manos hábiles que olían constantemente a vainilla y azúcar, siempre le daba todo lo que pedía y hasta más. Los juguetes se acumulaban en su habitación. No, ese año Sara no quería juguetes; quería alguien a quien llamar mamá.
Y tenía muy claro por qué se lo pedía a su papá y no a Santa Claus. El otro día se lo había explicado muy seriamente a su oso de peluche: «A ver, Santa Claus solo sabe hacer juguetes de plástico en el Polo Norte. Él no puede envolver a una mamá en papel de regalo y meterla por la chimenea, ¡se rompería una pierna! Además, mi papá es el que tiene el dinero, el que manda en la casa y el que está aburrido de estar solo. Santa Claus no tiene nada que ver en esto».
El problema era que Sergio vivía metido en su burbuja. Sara veía cómo las clientas de la panadería le coqueteaban descaradamente, inventando excusas tontas sobre los pasteles solo para hablar con él. Sergio, sin embargo, siempre fingía que no entendía nada. Se limitaba a sonreír, cobrar las galletas y desearles un buen día, dejando a Sara al borde del colapso detrás del mostrador.
—Es que tu papá es demasiado guapo —le decía Luci en la escuela—. Mi mamá dice que parece un príncipe de películas.
Sara estaba de acuerdo. A veces lo observaba en la cocina de la casa, donde Sergio pasaba horas preparando los dulces para sus panaderías. Incluso cubierto de harina de pies a cabeza, con un delantal blanco manchado de chocolate y los brazos marcados de tanto amasar, su papá era muy guapo. Pero de nada servía si el hombre no se buscaba una novia.
La oportunidad que Sara estaba esperando llegó a principios de diciembre, con la primera nevada.
Al estacionar el auto en el garaje, vieron algo raro al otro lado de la calle. La casa de enfrente, que llevaba tres años sola y vacía, ¡por fin tenía movimiento!
Una mujer estaba bajando cajas del coche. Sara se quedó paralizada, con la boca tan abierta que un copo de nieve estuvo a punto de entrar en ella.
La nueva vecina parecía salida de una película. Lo primero que llamaba la atención era su cabello: lo tenía cortado cortito y era de un color rosa chicle súper brillante. ¡Se veía genial! A pesar del frío que obligaba a Sara a usar guantes gruesos, la mujer llevaba un vestido largo con flores amarillas que se asomaba por debajo de su abrigo abierto. Cuando se giró, Sara vio que tenía unos ojos verdes muy claritos, casi como el hielo, y una sonrisa enorme.
—¡Papá, mira! ¡Es una mamá perfecta! —susurró Sara antes de salir corriendo.
—¡Sara, regresa aquí! —exclamó Sergio, pero la niña ya iba a mitad de la calle.
Sara se frenó en seco justo frente a la cerca de madera blanca de la vecina. La mujer se sorprendió un poco, dejó una caja sobre el coche y miró a la niña.
—¡Oh, hola! —dijo la mujer, y su sonrisa fue tan bonita que a Sara le brillaron los ojos. Definitivamente parecía una princesa de Disney.
—¡Hola! ¿Cómo te llamas? ¿Tienes esposo? ¿Te gustan los pasteles? —disparó Sara de golpe, sin respirar. Miró rápido a las manos de la mujer, pero lástima que llevaba guantes blancos de lana y no se podía ver si tenía anillo de casada.
La vecina parpadeó un par de veces y se rio, muy divertida. Se acercó un poco más a la cerca.