Capítulo 2: La libreta de investigación y un pedido imposible
Había pasado ya algún tiempo desde que Sergio había aceptado que jamás entendería cómo funcionaba la mente de una niña de ocho años, pero lo de este mes ya estaba superando todos los límites de la ciencia. Si se detenía a intentar buscarle una lógica a las ocurrencias de Sara, probablemente terminaría loco antes de que llegara la Nochebuena.
Al otro lado de la sala, Sara estaba completamente entregada a lo que ella llamaba la "Operación Mamá de Algodón de Azúcar". Había arrastrado un banquito de madera hasta la ventana principal, separado las cortinas apenas unos centímetros y, con unos binoculares de plástico rosa chillón que hacían un ruido de clic cada vez que ajustaba el lente de juguete, vigilaba la casa de enfrente.
Tenía al lado una pequeña libreta con dibujos de unicornios donde apuntaba cosas con un crayón rojo.
—Informe de las cuatro y media de la tarde —murmuró Sara en voz alta, para asegurarse de que su padre la escuchara desde la cocina—. La mami potencial sigue cargando cajas ella sola. Se le ve cansada. Sus brazos de doctora corren peligro de romperse. El vecino alto e inútil de esta casa sigue horneando pan en lugar de salvarla.
Sergio soltó un bufido desde la cocina, donde estaba desmoldando con cuidado unos panqués de vainilla. El olor dulce y cálido de la masa recién horneada llenaba toda la casa, haciendo un contraste perfecto con el frío helado que se colaba por las rendijas de los vidrios.
(...)
Al día siguiente, la rutina del espionaje se repitió de manera aún más dramática. En cuanto regresaron de la escuela, Sara ni siquiera se quitó el abrigo con orejitas de oso; corrió directo a su puesto de control en la ventana.
Afuera, el invierno de diciembre ya estaba haciendo de las suyas. Una capa blanca y brillante de nieve cubría los jardines, y Laura estaba en medio de la entrada de su casa, intentando limpiar el camino. Llevaba un sombrero de lana de un color amarillo tan chillón que competía con su cabello rosa, y empujaba la nieve con un rastrillo que le quedaba un poco grande, deteniéndose a veces para soplar sus manos y calentarse.
—¿Se puede saber qué tanto miras ahí con tanta atención? Llevas más de una hora pegada al vidrio —preguntó Sergio, saliendo de la cocina mientras se limpiaba las manos llenas de harina en su delantal blanco.
—Estoy haciendo un reporte de daños, papá —respondió Sara sin apartar los ojos de sus binoculares rosa—. La señorita Laura está peleando contra la nieve. Y va perdiendo. Tiene un sombrero amarillo que la hace ver como un pollito hermoso, pero se está congelando.
Sergio se acercó, intrigado a pesar de sí mismo, y miró por encima de la cabeza de su hija. A través del vidrio empañado por el aliento de la niña, vio a la mujer del cabello rosa. A pesar del esfuerzo y del frío que seguramente congelaba sus mejillas, Laura se detuvo, miró hacia la ventana de ellos y, al notar los binoculares de plástico, soltó una enorme sonrisa y sacudió la mano en un saludo lleno de energía.
Sergio se tensó por completo, sintiendo un vuelco extraño en el pecho, y dio un paso atrás como si lo hubieran atrapado robando.
—Vaya... Sí que trabaja duro —admitió Sergio en voz baja, rascándose la nuca—. Es bastante terca con eso de hacerlo todo ella misma, ¿verdad? Y... bueno, hay que aceptar que es una mujer muy linda y simpática.
A Sara se le cayeron los binoculares al suelo. Se giró hacia su padre con los ojos brillando como si hubiera descubierto un tesoro. Jamás, en sus ocho años de vida, había escuchado a su papá decir que una mujer era "linda". ¡Ni una sola vez!
—¡Lo admitiste! —gritó Sara, dando un salto en el banquito—. ¡Dijiste que es linda! ¡Eso significa que el plan es cien por ciento compatible! Papá, escúchame bien: para esta Navidad, ya no quiero la pista de carreras que te pedí. ¡Quiero que me regales a Laura como mi mamá!
Sergio se quedó estupefacto, con la boca abierta, mirando a su hija como si hablara en marciano. Volvió a mirar por la ventana; Laura seguía barriendo la nieve, ajena al contrato matrimonial que acababan de armar en la sala de enfrente.
—¡Muy bien, ya es suficiente de películas románticas para ti! —Sergio estiró la mano de golpe y cerró las cortinas por completo, bloqueando la vista—. Sara, te estás volviendo loquita. Las mamás no son juguetes que se compran en la tienda y se envuelven con un lazo rojo.
—No soy loquita, soy una hija desesperada —replicó Sara, bajándose del banquito y cruzando los brazos con un berrinche digno de una actriz de telenovela—. ¡Papá, por favor! Soy la única niña en mi salón que no tiene una mamá que le diga que se ponga suéter o que le revise los piojos. ¡La única! Y tú estás más solo que un hongo en el bosque desde que yo era una bebé.
Ese golpe bajo hizo que Sergio suspirara profundamente. En eso, la pequeña tenía un punto. Desde que su esposa había fallecido cuando Sara era apenas una recién nacida, Sergio había cerrado las puertas de su corazón con tres candados. Su vida entera se resumía en despertarse temprano, hornear dulces, cuidar a su hija y volver a dormir. No había espacio para nadie más. O al menos eso creía hasta que una cabeza de cabello rosa llegó a alterar el vecindario.
—Bebé, ven aquí, escúchame —Sergio la tomó suavemente por la cintura, la cargó y la sentó en el sofá acolchado. Luego se arrodilló frente a ella, tomándole sus manitas cubiertas por las mangas del suéter—. Quiero que uses esa cabecita inteligente que tienes. A ver, ¿por qué crees que una doctora tan bonita, que acaba de llegar de la gran ciudad, querría casarse conmigo así de la nada? No nos conoce.
—Porque está soltera y vive solita, eso es el destino —respondió Sara con total naturalidad, como si fuera una regla matemática—. Además, tú eres el papá más guapo del universo entero.
Sergio no pudo evitar soltar una risotada, contagiado por la seguridad de la niña.