Capítulo 3: El secreto del hospital y un dolor compartido
Sara se tomó la semana siguiente como si fuera un trabajo de tiempo completo. Su nivel de insistencia rozaba lo profesional.
Cada mañana, cuando subían al auto para ir a la escuela, la niña revisaba la acera de enfrente. El coche de Laura no estaba, lo que significaba que la vecina del cabello rosa salía muy temprano hacia el hospital. Pero cuando regresaban, a eso de las cuatro de la tarde, el vehículo ya estaba estacionado en su lugar.
—Eso significa que tiene las noches completamente libres para una cena romántica, papá. El horario es perfecto —insistía Sara, cruzando las piernas en el asiento del copiloto mientras masticaba una galleta—. ¿Por qué no le pides que venga a comer espaguetis con nosotros? Las películas dicen que los espaguetis unen a la gente.
—No —respondía Sergio por centésima vez, manteniendo la vista en el camino.
—¿Y si le llevamos un pastel de chocolate de tres pisos para darle la bienvenida oficial?
—No, Sara.
—Eres un hombre muy difícil de ayudar, de verdad —se quejaba la niña, tirándose dramáticamente hacia atrás en el asiento—. Te vas a quedar soltero y tu único amigo va a ser el horno de panadería.
La angustia de Sara aumentó de golpe a mitad de semana. Una tarde, espiando por la ventana con sus binoculares rosa, vio a Nicolás, el vecino divorciado de la esquina que siempre usaba demasiada loción y conducía un auto deportivo ruidoso, detenido junto a la valla de Laura. Estaban hablando y Laura se reía de algo que él decía.
Sara soltó los binoculares y corrió a la cocina, horrorizada.
—¡Código rojo! ¡Código rojo, papá! ¡Necesitas ir a pelear por tu territorio ahora mismo! —exigió la niña, tirándole del delantal a Sergio mientras él intentaba sacar con cuidado una bandeja de galletas recién horneadas.
—No seas ridícula, Sara —dijo Sergio, mirándola de reojo con desdén—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que vaya a golpearlo con un rodillo de amasar?
—¡Síiiiii! ¡Dale un golpe con el rodillo y luego dile a Laura que tus pasteles tienen menos calorías que los chistes de Nicolás! —gritó la pequeña, casi escupiéndole del apuro.
—Por supuesto que no. Ya basta, Sara.
Fue ese día cuando Sara comprendió que si quería una madre, tendría que mover los hilos por su cuenta.
(...)
Por eso, cuando la señora Begoña Mondragón, la anciana más respetada y chismosa de la cuadra, la invitó a su tradicional fiesta vecinal de Navidad para el 24 de diciembre, Sara aplicó su mejor carita de ángel.
—Señora Begoña, ¿no cree que la vecina nueva se va a sentir muy solita en su casa con su cabello rosa y sin nadie con quien hablar? Debería invitarla. Las buenas vecinas no dejan que la gente pase frío en Navidad —le dijo, parpadeando mucho. La anciana, conmovida por la "bondad" de la niña, aceptó de inmediato.
Como Sergio siempre era el encargado de llevar los postres para la fiesta, Sara lo sentenció en la cocina:
—Papá, tienes que hacer miles de galletas de mantequilla. Si Laura come una sola, se va a enamorar de ti por arte de magia. Está científicamente comprobado por mí.
Sergio solo se reía de las preocupaciones de su hija, encontrando divertidísima su obsesión por la señorita Puccio. Lo que Sergio no le había contado a Sara, para evitar que la niña armara un festival de gritos y saltos en la sala, era que él ya se había cruzado con la nueva vecina esa misma mañana de una forma muy diferente.
Como hacía cada mes de diciembre, Sergio había acudido temprano al Hospital General de la ciudad. Cargaba con tres enormes cajas de cartón llenas de galletas navideñas de formas divertidas —estrellas, pinos, hombres de jengibre— destinadas a la planta de pediatría.
Sergio, con sus casi dos metros de altura, sus hombros anchos y su cabello negro recogido en el moño de siempre, caminaba por los pasillos blancos llamando la atención. Pero en cuanto entró a la sala de juegos de los niños internados, toda su timidez desapareció. Se arrodilló en el suelo para quedar a la altura de los pequeños, bromeó con ellos y les repartió los dulces, ganándose las sonrisas de las enfermeras y los aplausos de los niños que estaban pasando un invierno difícil en el hospital.
Al terminar la entrega, Sergio pasó por la cafetería del personal para que los asistentes le firmaran el recibo de la donación. Fue entonces cuando la vio.
Laura estaba sentada en una mesa al fondo, cerca de una ventana por donde entraba la luz gris de la mañana. No llevaba el abrigo floral ni el sombrero amarillo brillante. Vestía una bata médica blanca sobre un uniforme azul, y su vibrante cabello rosa estaba un poco desordenado. Tenía una taza de té entre las manos y la cabeza gacha, mirando el fondo de la taza con una expresión de desolación absoluta que le encogió el corazón a Sergio.
Él se quedó quieto un momento, dudando. Solía huir de las situaciones sociales, pero verla tan apagada, tan diferente a la mujer enérgica de la mudanza, hizo que sus pies se movieran solos.
—Buen día, doctora —murmuró Sergio, deteniéndose a un lado de la mesa.
Laura levantó la cabeza, sobresaltada. Al reconocerlo, hizo un esfuerzo visible por sonreír, aunque sus ojos verdes, usualmente brillantes, estaban apagados y rodeados de sombras de cansancio.
—Ah... Hola, señor Sánchez —dijo con voz suave—. Qué sorpresa verlo por aquí.
—Vine a traer unas galletas para los niños de pediatría —explicó él, señalando hacia el pasillo—. ¿Terminando el turno?
—Sí, acabo de entregar la guardia —contestó ella, acomodándose la bata.
Sergio miró el plato que estaba sobre la mesa. Había un trozo de pastel de zanahoria a medio comer. Laura siguió su mirada y su sonrisa se volvió un poco más real.
—¿Usted hizo esto, verdad? Lo venden en la cafetería de abajo —dijo ella—. Siempre que tengo un turno horrible, vengo a pedir un trozo de sus pasteles o sus galletas. Son lo único que me devuelve el alma al cuerpo. Son maravillosos, señor Sánchez.