Capítulo 4: El ingrediente secreto de la Nochebuena
El 24 de diciembre la casa de los Sánchez se convirtió en una sucursal del Polo Norte. Sergio llevaba desde las cinco de la mañana atrapado en la cocina, con el horno trabajando a máxima potencia y el aire saturado de un delicioso olor a mantequilla, vainilla y azúcar tostado. A su lado, Sara vigilaba cada movimiento con la seriedad de un inspector de salubridad.
—¡Sara, por favor, hazte a un lado! —la regañó Sergio por décima vez cuando la niña intentó meter el dedo en el tazón del glaseado—. Me estás estorbando.
—Papá, es una cuestión de vida o muerte —se defendió la niña, cruzando los brazos—. Hoy nos jugamos el futuro de esta familia. Si las galletas no quedan perfectamente simétricas, la mami doctora podría pensar que eres un panadero descuidado. No podemos vacilar ante el objetivo.
Sergio sintió que la cara le daba un vuelco de calor. Intentó concentrarse en acomodar los árboles de Navidad de galleta en la bandeja, pero la verdad era que el corazón le latía a mil por hora. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la mirada triste de Laura en la cafetería del hospital y la promesa de que tal vez los acompañaría esa noche.
Cuando llegó la hora de arreglarse, Sara no necesitó ayuda. Se encerró en su habitación durante tres horas enteras. Cuando por fin bajó las escaleras, Sergio casi se asfixia por el fuerte olor a colonia de fresas infantiles que inundaba todo el segundo piso. La pequeña se había puesto un vestido de terciopelo rojo, zapatos de charol relucientes y un peinado con dos coletas perfectas sujetas por enormes moños navideños. Estaba decidida a impresionar.
(...)
Alrededor de las nueve de la noche, caminaron bajo la suave nevada hacia la casa de la señora Begoña. En cuanto entraron, el ambiente los envolvió: risas, música navideña, el tintineo de las copas y el calor de una sala repleta de vecinos. Sara no perdió el tiempo; sus ojos oscuros escanearon el lugar como dos radares hasta que localizó su objetivo.
Laura estaba al fondo de la sala, atrapada entre Pablo y Roberto, dos vecinos mayores que le explicaban con excesivo entusiasmo el mejor método para podar los rosales en invierno. La doctora vestía un elegante suéter de cuello alto color crema que hacía resaltar su vibrante cabello rosa, y aunque sonreía de forma educada, Sergio notó de inmediato que buscaba una ruta de escape con la mirada.
En cuanto Laura vio entrar a Sergio y a Sara, sus ojos verdes se iluminaron por completo. Les dedicó un saludo con la mano, pero los vecinos no la dejaban avanzar.
—Papá, inicia el protocolo de rescate. Llámala —le susurró Sara con urgencia, dándole un codazo a Sergio mientras él acomodaba la bandeja de dulces en la mesa del banquete.
—No puedo hacer eso, Sara, sería de muy mala educación interrumpir su conversación —respondió él en voz baja, aunque por dentro se moría de ganas de cruzar la sala y apartarla de todo el mundo.
Para empeorar la agonía de la niña, en cuanto Pablo y Roberto le dieron un respiro, Nicolás —el vecino divorciado con exceso de loción— apareció de la nada con dos copas de ponche, logrando que Laura se sentara con él en el sofá para interrogarla sobre su trabajo en el hospital.
Sara miró a su padre con una frustración absoluta, como si no pudiera creer que tuviera un papá tan tímido. Pero incluso para una niña tan escurridiza como ella, el mar de adultos de la fiesta hacía imposible acercarse a Laura.
El tiempo voló entre saludos y abrazos. Llegó la medianoche, se escucharon los brindis de "¡Feliz Navidad!" y todos se amontonaron alrededor de la mesa de comida. Alrededor de la una de la mañana, viendo que Sara ya empezaba a tallarse los ojos por el cansancio y que Laura seguía siendo el centro de atención de los invitados, Sergio decidió que era hora de marchar a casa.
Se despidieron de la señora Begoña y salieron al porche. El aire fresco de la madrugada les dio en la cara. Sara caminaba arrastrando los pies, un poco deprimida porque su plan maestro parecía haber fallado, cuando de repente sintió una mano suave tocándole el hombro.
Al darse la vuelta, la niña dio un respingo de alegría. Era Laura. Había salido corriendo de la fiesta, poniéndose el abrigo a medio camino, y estaba en la entrada con las mejillas rojas por el frío y una sonrisa radiante.
—Hola, mi detective favorita —le sonrió Laura a Sara, antes de mirar a Sergio—. ¿Ya se van a casa?
—Sí, Sara ya tiene sueño y mañana nos espera un día largo —respondió Sergio, sintiendo que la timidez lo atacaba de nuevo—. ¿Todo bien en la fiesta?
—Un poco abrumadora —confesó Laura con una risita, frotándose los brazos—. Demasiadas preguntas sobre medicina y rosales.
Sara, viendo su oportunidad de oro, no dudó un segundo. Se estiró y abrazó a Laura fuertemente por la cintura.
—¡Nosotros vamos a ver películas de Santa Claus en la sala calientita! ¿Quieres venir con nosotros, Laura? ¡Por favor, por favor! —pidió la niña, parpadeando con desesperación.
—Me encantaría —respondió Laura de inmediato, mirando a Sergio con complicidad—. Si a tu papá no le importa, claro. Recuerda que teníamos un trato de películas.
—No... no, para nada. Es un placer —asintió Sergio, gratamente sorprendido de que ella recordara sus palabras en el hospital.
(...)
Caminaron juntos cruzando la pequeña calle cubierta de nieve. Sara no soltó la mano de Laura en ningún momento, asegurándose de que su "mami potencial" no intentara escapar. Cuando entraron a la casa de los Sánchez, el ambiente cálido y el olor a dulce los recibió como un abrazo.
—Tienen una casa preciosa —comentó Laura, quitándose el abrigo y revelando su suéter crema—. Y huele delicioso. A puras cosas ricas.
—Es porque mi papá es el mago de la canela —presumió Sara con el pecho inflado de orgullo—. ¿Pudiste comer de sus galletas de mantequilla en la fiesta?