Capítulo 5: El veredicto de los omelets
A la mañana siguiente, a Sergio le resultó sumamente extraño no despertarse con el único sonido del viento invernal golpeando la ventana de su habitación. Permaneció un largo rato tumbado, con los ojos abiertos y fijos en el techo, asimilando la calidez del cuerpo que descansaba a su lado. Se giró lentamente para mirarla; Laura dormía plácidamente bajo las cobijas, con su brillante cabello rosa extendido sobre la almohada blanca como un lazo de regalo rezagado de la noche anterior.
De repente, un destello de realidad lo golpeó en la frente.
Sara.
Sergio se sentó de golpe en la cama, con el corazón en la garganta. No tenía idea de qué hora era, pero si su hija de ocho años se despertaba, bajaba las escaleras y no encontraba el desayuno listo, el interrogatorio iba a ser peor que el de un agente del FBI. Y si descubría a Laura allí arriba... bueno, Sergio no sabía cómo lidiar con una Sara emocionada a las ocho de la mañana.
Se deslizó fuera de la cama con el sigilo de un ninja, se puso los pantalones de una sudadera y una camiseta limpia, y bajó las escaleras casi sin tocar los escalones.
La cocina seguía oliendo a la mantequilla y la canela de la noche anterior. Sergio encendió las luces, se amarró el delantal blanco a la cintura y puso una sartén sobre la estufa. Decidido a preparar un desayuno de campeones para calmar los nervios, sacó huevos, queso, jamón y verduras del refrigerador.
Apenas la mantequilla empezó a derretirse en la sartén, escuchó el arrastrar de unos pasos lentos. Sara apareció en el umbral de la cocina, todavía con su pijama de ositos polares, el cabello oscuro completamente alborotado hacia un lado y tallándose un ojo con el puño.
—Buen día, papá... —murmuró la niña con la voz ronca por el sueño, arrastrando los pies hasta la barra de la cocina.
—Buen día, mi amor. Feliz Navidad —respondió Sergio, intentando mantener un tono de voz perfectamente normal y relajado mientras batía los huevos en un tazón.
Sara se subió a uno de los bancos altos, apoyó la barbilla en sus manos y clavó sus agudos ojos oscuros en la estufa. Parpadeó una vez. Parpadeó dos veces. Su cerebro de ocho años empezó a hacer cálculos de inmediato.
—Papá... —dijo la niña, entrecerrando los ojos—. Tú siempre haces un omelet gigante para los dos. O haces panqués si estás feliz. Pero ahí hay... una, dos... ¡tres porciones de huevo! ¿Para quién es el tercer omelet? ¿Vino Santa Claus y tiene hambre?
Sergio se congeló con el tazón de los huevos a mitad del aire. Intentó buscar una respuesta que sonara casual, pero la verdad es que sentía que la sartén estaba más fría que sus propias habilidades para mentirle a su hija.
—Bueno, es que... hoy no vamos a desayunar solos, Sara —soltó Sergio, frotándose la nuca con nerviosismo—. Es Navidad y...
No alcanzó a terminar la frase.
En ese preciso momento, unos pasos ligeros se escucharon en la escalera. Laura apareció en la cocina. Llevaba la misma ropa de la noche anterior —el suéter crema de cuello alto— pero se había tomado el tiempo de acomodarse el cabello rosa, que ahora caía en un corte perfecto alrededor de su rostro. Tenía las mejillas un poco sonrosadas y una sonrisa tímida pero preciosa.
—Buenos días... —saludó Laura con voz suave.
Sara tardó exactamente dos segundos en procesar la escena. Su mirada viajó del tercer omelet en la sartén, pasó por el delantal de su padre y aterrizó directamente en la vecina del cabello de algodón de azúcar. A la niña se le abrieron los ojos tanto que parecieron dos canicas gigantes. Se bajó del banco de un salto, como si tuviera resortes en los zapatos.
—¡¿Te quedaste a dormir?! —el grito de Sara casi hace que Sergio tire los huevos al suelo—. ¡Sabía que las galletas funcionaban! ¡Buenos días, mamá!
Y sin darles tiempo a reaccionar, Sara salió disparada como un cohete y se lanzó a los brazos de Laura, rodeándole la cintura con todas sus fuerzas.
Sergio sintió que el alma se le salía del cuerpo y que la cara le ardía a mil grados.
—¡Sara! ¡Por favor! —exclamó el panadero, saltando del susto y agitando la espátula en el aire—. ¡No le digas así! ¡Qué vergüenza, disúlpala, Laura!
Sin embargo, Laura no pareció asustada en absoluto. Al contrario, soltó una carcajada limpia y sonora que llenó la cocina de alegría. Se agachó para quedar a la altura de la pequeña y le devolvió el abrazo con muchísima ternura, hundiendo su rostro en el cabello desordenado de la niña.
—Buenos días, mi amor. Feliz Navidad —le dijo Laura a Sara, con los ojos brillando de una forma muy especial. Luego se puso de pie, sin suponer ninguna queja por el nuevo "título" que la niña le había otorgado, y caminó con total naturalidad hacia la barra de la cocina.
Sergio seguía parado junto a la estufa, tieso como una estatua de sal, con los ojos muy abiertos y la espátula en la mano, deseando que la tierra se lo tragara para no tener que explicar su torpeza.
Laura se acercó a él por detrás de la barra. Lo miró con esos ojos verdes tan claros, divirtiéndose enormemente con el colapso mental del gran y musculoso panadero. Con total confianza, se inclinó un poco, atrapó la barbilla de Sergio con suavidad y le dio un beso corto pero muy cálido en los labios.
—Buenos días para ti también, cocinero —le susurró con una sonrisa de reojo.
Sara se tapó la boca con las dos manos. No gritó solo porque se había quedado completamente sin aliento de la emoción. Sus coletas navideñas de la noche anterior, ahora todas deshechas, parecían bailar de la felicidad. Su plan no solo había funcionado; había sido un éxito rotundo.
—¿Y bien? ¿Qué hay para desayunar, querido? —preguntó Laura, apoyando los codos en la barra con una chispa de picardía.
—O-omelet... —logró articular Sergio, con la voz una octava más alta de lo normal. Estaba completamente aturdido, emocionado y con el corazón latiéndole a un ritmo ridículo.