EXTRA: Doce uvas y un nuevo comienzo
La última semana del año pasó volando entre risas, abrigos compartidos y el constante ir y venir de Laura por la casa de los Sánchez. El sendero de nieve que separaba ambas entradas se había convertido en un camino perfectamente marcado de tanto cruzarse. Para Sara, la vida se había transformado en una aventura maravillosa donde ya no tenía que espiar por la ventana; ahora solo tenía que correr a abrir la puerta para recibir a Laura con un abrazo.
El 31 de diciembre, la dinámica en la cocina fue completamente diferente a la de Nochebuena. Esta vez, Sergio no estaba solo.
—Papá, te lo repito, el Año Nuevo no se celebra con pan de jengibre —decretaba Sara, sentada en la barra mientras pelaba con mucho cuidado doce uvas verdes para ponerlas en su copa de plástico—. Se celebra con elegancia. Laura dice que en su familia siempre comían uvas a la medianoche para pedir deseos. Así que vamos a pedir treinta y seis deseos en total. Yo ya escribí los míos en una lista.
—¿Treinta y seis deseos, Sara? —Sergio levantó la vista del pavo que estaba terminando de sazonar, mirándola con una sonrisa de lado—. Eso es un abuso para el universo.
—Para nada. El primer deseo es que nunca más se te queme el glaseado. El segundo, que Laura se mude aquí antes de que termine el invierno porque su casa tiene las paredes muy tristes. Y el tercero... bueno, el tercero es secreto —concluyó la niña, guiñándole un ojo con una madurez cómica.
Laura llegó a las ocho de la noche, vistiendo un hermoso vestido verde oscuro que contrastaba de forma espectacular con su cabello rosa. Traía una botella de sidra para el brindis y una caja de fuegos artificiales de luces frías para Sara. En cuanto entró, el aire frío de la calle se disipó con la calidez de su presencia.
La cena fue ruidosa, alegre y perfecta. A diferencia de la timidez que solía reinar en esa mesa, la conversación fluyó entre las anécdotas de Laura en el hospital y los intentos de Sergio por explicar la ciencia exacta detrás de una masa de hojaldre perfecta. Sara, por supuesto, actuaba como el puente de unión, asegurándose de que sus "nuevos papás" se tomaran de la mano cada vez que había un segundo de silencio.
Faltando diez minutos para la medianoche, Sergio apagó las luces de la sala, dejando únicamente el resplandor cálido de las guirnaldas y el árbol de Navidad. Los tres se acomodaron en el sofá, con sus respectivas copas llenas de doce uvas perfectas.
—Muy bien, equipo Sánchez-Puccio —anunció Sara, acomodándose en el medio de los dos—. Cuando falte un minuto, empezamos a comer. No se vale tragárselas enteras, papá, que te conozco. Hay que pensar el deseo con cada mordisco.
Sergio miró a Laura por encima de la cabeza de su hija. El reflejo de las luces navideñas bailaba en sus ojos verdes, y la paz que emanaba de ella terminó de derretir el último rastro del búnker en el que él había vivido durante ocho años. Extendió su mano grande por detrás de la espalda de Sara y buscó la de Laura, entrelazando sus dedos con firmeza. Ella le devolvió el apretón, sonriéndole con una ternura infinita.
El reloj del televisor inició la cuenta regresiva.
Diez, nueve, ocho...
—¡Feliz Año Nuevo! —gritó Sara a la medianoche, metiéndose la primera uva a la boca con desesperación, lo que la hizo hablar con los cachetes inflados—. ¡A comer!
Laura y Sergio se rieron, siguiendo el ritmo de la niña. Con cada uva, Sergio no tuvo que esforzarse en inventar doce deseos diferentes. Solo repitió uno, una y otra vez en su mente: Que este momento no termine nunca. Que ellas se queden siempre.
Cuando terminaron las uvas, Sara dejó su copa vacía en la mesa ratona y, con la energía desbordante que la caracterizaba, se arrodilló en el sofá y abrazó a los dos por el cuello, juntando sus cabezas en un abrazo grupal apretado.
—Feliz Año Nuevo, mi nueva familia —susurró la pequeña, con una voz que por primera vez no era dramática, sino genuinamente conmovida y llena de una felicidad pura.
Laura abrazó a la niña con fuerza, besándole la mejilla, y luego miró a Sergio. El panadero se inclinó sobre su hija para alcanzar los labios de Laura, sellando el inicio del año con un beso suave, pausado y lleno de promesas para el futuro.
Más tarde, salieron al pequeño jardín delantero. La nieve caía suavemente, cubriendo la acera de una alfombra blanca y brillante. Sergio encendió las luces frías que Laura había traído, y Sara empezó a correr en círculos por el césped, agitando las chispas brillantes en el aire oscuro de la madrugada, riendo a carcajadas mientras dejaba sus pequeñas huellas en la nieve.
Sergio se paró detrás de Laura, rodeándole la cintura con sus brazos fuertes y apoyando la barbilla en su hombro. Laura se inclinó hacia atrás, apoyando su espalda contra el pecho de él, disfrutando del calor de su cuerpo.
—¿Sigue pareciendo una locura? —preguntó Sergio en voz baja, mirando a su hija jugar bajo la luz de la luna.
—Es la locura más hermosa de mi vida, Sergio —respondió Laura, girando un poco la cabeza para mirarlo de cerca—. Llegué a esta ciudad pensando que pasaría el invierno más frío y sola que nunca... y terminé encontrando un hogar.
Sergio sonrió, apretándola un poco más contra él. Miró hacia la acera, donde las dos casas se erguían una al lado de la otra. El invierno seguía siendo frío afuera, pero dentro de ellos, la primavera acababa de comenzar. Ya no eran solo un panadero tímido y una niña huérfana intentando sobrevivir a la nostalgia; ahora eran tres, eran un equipo, eran una familia lista para escribir el resto de sus vidas.