Camila
—No pediré una prueba de ADN. Ya sé que son mis hijas —el susurro de Alexander vibra contra mi piel y esta se eriza por completo mirando sus ojos verdes que se han oscurecido. Mis lágrimas salen sintiéndome demasiado pequeña frente a él, lo sabe, no sé cómo, no sé cómo me encontró en este lugar, en este país, pero lo hizo y ahora dice que sabe que son sus hijos. Me zafo de su agarre con un tirón violento, retrocediendo un paso mientras el pánico inicial se transforma en una corriente de puro fuego. Como puedo limpio mis lágrimas y le hago frente mirando a esos ojos verdes, los mismos ojos que mis hijas han heredado, pero ya no veo al hombre del que me enamoré en el pasado, sino al monstruo que lo destruyó todo.
—No te atrevas a tocarme de nuevo —siseo cuidando que mi voz no eleve el volumen para no alertar a las niñas tras el cristal —No tienes nada que hacer aquí. Vete —mascullo —Vuelve a tu maldito país con tu mujer y tu dinero —vuelvo a retroceder y Alexander frunce el ceño. Sus ojos me escanean y hay un profundo desconcierto en estos.
—¿De qué maldita mujer hablas? Rompí con Bianca ese mismo día, Camila —suelta él, dando un paso hacia mí, luciendo imponente en su traje de diseñador —Fui a buscarte al apartamento y lo habías vaciado. Te llamé y una doctora me dijo que te habías ido tras… tras un aborto —ahora es mi ceño el que se frunce —Te largaste con los millones que te envié. ¿Y ahora vuelvo a verte años después, trabajando en este lugar y con dos gemelas que llevan mi sangre? —se señala con furia contenida —¡Me mentiste! ¡Tú no abortaste! —dice realmente molesto, pero recuerdo que puede ser un buen actor cuando quiere y rio, una risa amarga brota de mi garganta, su cinismo claramente no tiene límites.
—¿Qué te mentí? —cuestiono y mis ojos se llenan de lágrimas, pero esta vez por la rabia y me niego a dejarlas caer —Tu hermano fue a mi apartamento a darme tu maldito sobre de dinero para que abortara —lo señalo recordando ese día como si fuera ayer —Y cuando lo rechacé, ¿qué hiciste, Alexander? ¿No te bastó con mandarme a tu perro de presa? ¡Esa misma noche quemaron mi casa! —acabo alzando la voz —¡Mi madre murió atrapada en ese incendio mientras tu hermano miraba con una sonrisa en el rostro! —Alexander se queda petrificado con mis palabras y sigo mirándolo con odio. Veo la confusión en su mirada y me parece la actuación más repugnante de mi vida.
—¿De qué fuego estás hablando? Yo no… —se calla sin poder hablar —Thiago me dijo que aceptaste el trato…
—¡Cállate! ¡No te creas tus propias mentiras! —lo interrumpo en un susurro desesperado, señalándolo con el dedo tembloroso —Sé perfectamente que fuiste tú —digo con rabia —Querías borrar tu “error” —le recuerdo sus palabras —para heredar tu maldita dinastía, y ahora juegas al inocente. No quiero tu dinero, no quiero tu apellido. Déjanos en paz. —soy clara hablándole con rabia y la confusión en el rostro de Alexander se disipa rápido, vuelve a colocarse su máscara fría de hombre poderoso.
—No me importa lo que creas que pasó en el pasado, Camila, ni las historias que te hayas inventado para justificar tu huida —dice y su voz recupera ese tono autoritario que me hiela la sangre, abro la boca para rebatir su acusación, pero él habla más rápido —Esas niñas son mis hijas. Tienen seis años y yo soy un candidato presidencial que necesita una familia para asegurar la victoria. Así que esto es lo que va a pasar: te vas a casar conmigo. —me tenso con sus palabras, ahora no lucha por una herencia, lucha para ser un presidente y sus últimas palabras me hacen mirarlo desconcertada.
—¿Estás demente? Jamás me casaría contigo. —vuelvo a retroceder —Prefiero morir —digo sin duda alguna, pero él se acerca tanto que puedo oler su costoso perfume, uno que antes me excitaba, pero que ahora me provoca náuseas. De reojo miro a mis hijas que sonríen y hablan alejadas de este infierno.
—Vas a aceptar, Mila —el apodo que antes me derretía ahora suena a condena con sus palabras —Porque si te niegas, moveré mis influencias legales en este maldito país. Haré que te arresten por fraude, por ocultarme a mis hijas o por cualquier cargo que mis abogados decidan inventar —sigue mientras mira mis ojos —Te meteré a la cárcel, haré que te pudras tras las rejas y te quitaré a las gemelas. Viajarán conmigo a Estados Unidos y no volverás a verlas en tu vida. —el aire escapa de mis pulmones y lo miro horrorizada al darme cuenta de la seriedad de sus palabras.
—Eres un monstruo…
—Soy un hombre que obtiene lo que quiere, y ahora mismo las quiero a ellas en mi campaña. Y a ti —se acerca más a mí —en mi cama —sentencia tomando mi mano con firmeza y dejando una tarjeta sobre la mesa —Tienes hasta mañana en la mañana para empacar tus cosas y presentarte en mi hotel —miro la tarjeta con la dirección de este —Si no estás ahí, la policía vendrá por ti y tus hijas saldrán de este país en mi avión privado. Tú decides, futura Primera Dama. —Mi garganta se cierra y Alexander se aleja, sigo sin poder moverme incluso luego de dejarlo de ver y miro hacia mis hijas, no cederé ante él y sus crueles palabras. Me niego a casarme con alguien así, alguien a quien odio por ser el culpable de la muerte de mi madre, alguien que quiere solo usar a sus hijas para una maldita campaña.
Echo a lo loco la ropa necesaria en la maleta siendo muy rápida. Escucho las risas de mis hijas cuando vienen corriendo y al entrar en la habitación se callan, yo cierro la maleta de golpe.
—¿A dónde iremos entonces mamá? —miro a Maya cuando habla, ella sostiene su muñeca favorita en sus manos y Kaia su peluche preferido. Les he dicho que debían tomar solo uno cada una y ellas siempre obedecen.
—Será un viaje de vacaciones —trato de sonreír tomando la maleta.
—¿Veremos a papá? —los ojos de Kaia brillan al hacer la pregunta y solo logra tensarme pero asiento.
—Quizás —ellas sonríen y sí, me siento horrible por tantas mentiras, pero es eso o romper el corazón y las ilusiones de ellas y eso, jamás lo haría.