Camila
Al salir del baño agradezco ver la habitación vacía y suspiro sentándome en el cómodo sofá que hay en esta, la habitación es realmente lujosa y cómoda, mucho más amplia que el pequeño apartamento donde vivía y mi corazón se encoge pensando en las palabras de Alexander, mañana las gemelas van a despertar, van a ver su habitación, esta casa, los juguetes y todos los lujos que su padre puede ofrecerles y son niñas, niñas de seis años que podrían impresionarse, niñas que tienen la sangre de los Ross en su cuerpo y toda esta familia es ambiciosa. Paso las manos por mi rostro queriendo olvidar ese tonto pensamiento, he criado bien a mis hijas durante estos seis años y ellas no son como Alexander y su familia. Al menos eso quiero creer. Camino hacia la cama y tomo una manta y una almohada de esta para entonces volver al sofá y acomodar todo ahí, Alexander esa demente si cree que voy a dormir con él.
—¿Tienes miedo de no resistirte? —escucho su voz cuando ya estoy acostada y él ríe —¿por eso duermes en el sofá? —cierro los ojos con fuerza cuando escucho los pasos que se acercan —Dulces sueños Mila —susurra en mi oído logrando que toda mi piel se erice y cuando lo miro él me está dando la espalda, lo veo quitarse la camisa y solo me quedo mirándolo, luego retira su pantalón y sigo ahí con la mirada fija en el hombre que alguna vez amé y el cual me hace sentir algo más que odio en este momento. —Si quieres mirar puedes hacerlo —bufo —pero luego no finjas que no lo haces —él se gira hacia mí.
—Eres muy creído —sonríe acomodándose en la cama. —En cuanto a lo de resistir, sí, duermo en el sofá para resistir la tentación de enterrar mi tacón en tu cara —sus cejas se elevan con mis palabras.
—Irías a la cárcel.
—Lo sé, pero mis hijas no se quedarían contigo —me acomodo mirando hacia el techo y el silencio tenso que prosigue me ayuda a relajarme un poco.
—Yo no quemé tu casa Camila —habla Alexander y cierro mis ojos recordando ese día —lo juro por mis hijas —añade, pero no digo nada y él suspira.
Cuando salgo de la habitación voy rápido a la de mis hijas y entro en esta sin siquiera llamar, mi corazón late desbocado al no verlas dentro y me desespero comenzando a caminar por el pasillo que parece interminable mientras grito sus nombres como una desquiciada.
—Señorita Stone —me detengo cuando una empleada me habla y miro a esta —las niñas están en el jardín con el señor Josua —al instante siento alivio y le sonrío a la señora.
—Gracias —ella alza una ceja medio sorprendida, pero sin ánimo de saber que le sorprende camino hacia la puerta, cuando encuentro esta salgo de la casa y justo al hacerlo las veo, Josua ríe mientras les enseña a montar en bici y con cuidado me acerco a ellos.
—¡Mami! —Kaia baja de la bici y corre hacia mí —el tío Josua nos enseña a montar bici —habla mientras me abraza y sonrío un poco mirando a este.
—Supongo que el señor Alexander no tenía mucho tiempo y envía a su asistente personal a hacer su trabajo —suelto haciendo que Josua sonría mientras se acerca a mí.
—No soy el asistente de Alex, soy su mejor amigo —se cruza de brazos —y Alex es el futuro presidente de este país, un hombre ocupado, pero no, no me ordenó jugar con las niñas, yo quise hacerlo —sigo mirando el azul de sus ojos y él tampoco deja de mirarme.
—Mamá —Maya nos interrumpe acercándose a mí y toma mi mano —si Alex es papá y vivimos aquí. ¿Tú y él se van a casar? —aprieto los dientes mirando los ojos de la pequeña queriendo decirle que no.
—La boda es en tres días —suelta Josua y lo miro rápido —Alex ya fijó fecha.
—Pero no le ha dado anillo a mamá —dice Kaia que se cruza de brazos y Josua parece haber quedado sin habla, yo sonrío.
—Así es —le digo mirando a Josua —sin un anillo aún no hay compromiso —suspiro y Josua se acerca más a mí.
—Alex dejó esto para usted —me extiende una tarjeta.
—Dile que no usaré su dinero —él sonrie.
—Él quiere que vayas de compras Camila, yo te llevaré, debes comprar tu vestido de novia —respiro hondo.
—Si mamá —Kaia aplaude sonriendo —nosotras vamos contigo.
—¡Sí! —se anima Maya, ambas niñas parecen ilusionadas y Josua solo sonrie un poco mirando mis ojos.
Camino sin ánimo alguno por la tienda que está repleta de hermosos vestidos largos con distintos modelos que dejan mi boca seca, cada uno de ellos es hermoso, pero sinceramente no pensé que tener que elegir un vestido de novia revolvería mi estómago. Mientras mis hijas también miran todo sin dejar de hablar me detengo frente al vestido que está en una esquina y parece realmente sacado de un cuento de hadas.
—Pagaré este —comenta Josua que estaba detrás de mí y lo miro —tus ojos brillaron al verlo —sonrie un poco.
—Tú no eres como Alexander —miro sus ojos —sabes lo que significa para mí esta boda —miro hacia mis hijas que están alejadas —sabes que no me quiero casar y que todo es por las malas —vuelvo la mirada a él que ya no sonríe —¿Por qué ayudas a un hombre como él? —Josua suspira. —¿Solo lo haces por trabajo?
—Alexander es mi mejor amigo desde que somos niños —asiento sabiendo eso —pero él no es el hombre que piensas Camila, no es el monstruo que imaginas y si está haciendo todo por las malas es porque no encontró otra manera de tenerte con él —sonrío con eso.
—Quizás si no me hubiera enviado dinero para abortar hace seis años o si no hubieran quemado mi casa con mi madre dentro —sonrío triste —quizás no tendría ahora que hacerlo por las malas. Porque me hubiera casado con él sin pensarlo Josua, pero el problema es que Alex pensaba que solo era una interesada —suspira —compra el vestido que quieras, de ser por mí, llevaría uno de color negro porque esta boda para mí tiene el mismo significado que un funeral —paso por su lado y sigo mirando los vestidos con poco ánimo. Mis hijas siguen a Josua cuando va a pagar el vestido y ruedo los ojos, ellas son las únicas ilusionadas con todo esto.