Las grietas que dejó el silencio

Capítulo 2: La oscuridad de la tormenta (Año 2012)

El noviazgo de tres años se disolvió y las promesas de amor incondicional se desvanecieron sin dejar rastro. Todo ese tiempo compartido no fue suficiente para conocer al hombre a quien le entregó su inocencia. Valeria rompió el silencio con la voz quebrantada, buscando un poco de atención:

—¿Con quién tanto hablas? —preguntó e intentó acercarse.

Al acortar la distancia, logró visualizar la luz de la pantalla que iluminó el nombre de "Karla", justo al lado de un número telefónico que titilaba con una nueva notificación.

Ricardo palideció. Con la respiración acelerada, guardó el teléfono en el bolsillo con un movimiento brusco y se levantó para evadirla. Apenas tenía diecinueve años, pero su inmadurez se traducía en una crueldad despiadada cuando se trataba de ella.

—No empieces, Valeria, qué fastidio contigo —le dijo, dándole la espalda mientras avanzaba hacia la calle—. Si vas a estar con tus celos enfermizos me avisas.

Ella sentía que el corazón se le iba a salir por la boca; la indignación le superaba el miedo. No iba a permitir que la hiciera sentir como una loca. Lo siguió hasta la puerta y le gritó con las pocas fuerzas que le quedaban:

—¡Sé lo que vi, Ricardo! ¡Niégalo, pero más temprano que tarde todo va a salir a la luz!

Él ni siquiera se dio la vuelta. Le bastaba su egoísmo de adolescente caprichoso y ese afán de sentirse libre a toda costa. Usaba la indiferencia sin medir el daño que causaba.

La estabilidad que Valeria intentaba sostener se desmoronó, y la hostilidad que gobernaba su vida no tardó en pasarle factura en los estudios. El inglés, una asignatura que exigía hablar y mantener la concentración, se convirtió en su peor pesadilla.

Valeria se sentó en una de las bancas del pasillo con la respiración entrecortada y la mirada perdida en la hoja del examen. La nota reprobada se distorsionaba tras las lágrimas que aguantaba con rabia. Sentía que el mundo se le venía encima. Con apenas diecisiete años, soportaba el peso de una relación rota por la infidelidad y la responsabilidad de esa criatura de doce semanas que se gestaba en su interior.

Experimentaba un profundo desamparo cuando Santiago tomó asiento a su lado. Él llevaba semanas dándose cuenta de que la mirada apagada de su compañera escondía un dolor que no se aliviaba con palabras.

—Valeria, tú no eres así. Algo te pasa y no me vengas con que es la materia —le dijo en voz baja, acercándose para que nadie más escuchara—. Puedes confiar en mí. ¿Qué tienes?

Ella no pudo ni hablar. Tomó el teléfono para desbloquear la pantalla; la luz le dio en la cara y miró la conversación con Ricardo:

«No empieces, estás loca. Si te atreves a escribir o a buscarle problemas a Karla, te dejo sola y me quedo con ella. Tú verás después cómo te las arreglas con esa niña que viene en camino»

Aquel texto fue la estocada final. Valeria se derrumbó; al sentir una presión asfixiante en el pecho, dejó que el llanto empapara la esquina del papel reprobado. Se cubrió el rostro con una mano mientras, de forma inconsciente, acariciaba su vientre.

—Santiago... Ricardo, me es infiel —soltó con la voz rota, sacando el secreto que la estaba ahogando—. Dice que estoy loca. Que si confronto a su amante, me va a dejar. No sé qué hacer... ¿Cómo voy a mantener a mi bebé?

Él apoyó las manos en la banca, apretando el borde con tanta fuerza que los dedos perdieron el color. Tenía la mandíbula tensa por la impotencia. Tragó en seco y se inclinó hacia ella forzando una mirada tranquila.

—No estás sola, Valeria —le dijo con firmeza—. Ese carajo no se merece ni una sola de tus lágrimas, ni tiene derecho a joderte la vida. Si te abandona, tú vas a poder salir adelante.

—No es tan fácil —respondió ella, con la voz hecha pedazos—. No quiero ser una carga ni otra decepción para mi mamá.

Bastó el eco de esa última palabra para que un escalofrío le recorriera el cuerpo y la arrastrara dos meses atrás, a la tarde en que todo explotó. Sintió otra vez el impacto seco de las cachetadas que le encendieron las mejillas, el ambiente asfixiante de la sala y la mirada de desprecio de su madre al enterarse del embarazo. Le había gritado con una rabia que le dolió más que los golpes:

«¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Acaso crees que vas a poder seguir estudiando? Tú solo vas a servir para criar muchachos. ¡Qué deshonra! ¿Qué van a decir los vecinos cuando te vean con esa barriga?».

Aquellas frases se le quedaron grabadas en la mente, clavadas como un puñal. Las lágrimas de ese día fueron el sello de su promesa. Cada vez que abría su cuaderno, Valeria no solo competía contra la ingeniería; peleaba con uñas y dientes para no darle la razón a su madre y demostrarle que su vida no se había terminado a tan corta edad.

—Por ahora, olvídate de lo demás y concéntrate en la universidad —le pidió él, queriendo alejarla de ese porvenir que la aterraba—. Si el inglés te está costando, podemos estudiar juntos.

Entre el dolor de la traición, Valeria aceptó en silencio su mano amiga. Sabía que acababa de exponer ante el único hombre en quien confiaba la vulnerabilidad que Ricardo usaba para despreciarla. Miró a Santiago a los ojos, dándose cuenta de que se estaba convirtiendo en su única luz en medio de la tormenta, sin imaginar el precio que ambos tendrían que pagar por esa cercanía.




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