Las grietas que dejó el silencio

Capítulo 4: La única mujer en la tormenta

Las palabras de Ricardo permanecieron grabadas en su mente. El regreso a clases para el segundo semestre se convirtió en un calvario. Valeria se paraba frente al espejo, sosteniendo la respiración mientras intentaba subirse el cierre de un pantalón que antes le quedaba desahogado. No cerró. Sintió un nudo amargo en la garganta y, con rabia, hundió los dedos en la piel del vientre, intentando aplastar el buche blando que le había dejado el parto.

Desesperada, buscaba entre sus pertenencias una de las fajas que solía usar para ir al gimnasio, frustrada al ver cómo su silueta de apenas metro y medio se desfiguraba. Ricardo, atento a cada detalle, le reprochaba su apariencia.

—Muchacha, mírate esa panza… ve si rebajas, te pareces a tu madre —le soltó con desprecio.

«Ricardo tiene razón, estoy horrible… este es el precio por ser madre… perdí mi valor como mujer», se repitió en silencio.

Vivía en una lucha constante, disminuyendo o saltándose las comidas con la obsesión de no engordar un gramo más. Creía de forma ingenua que si recuperaba su figura, él dejaría de mirar a otras. Se sentía insignificante, atrapada en una casa donde solo la retenía la culpa de dejar sola a una recién nacida.

El ritmo académico trajo una carga todavía más pesada, y Santiago notó ese cambio en ella desde el primer día. Con la pequeña Lucía un poco más grande, Valeria se vio obligada a hacer malabares entre teteros, pañales y las complejas guías de ingeniería. Para Santiago, su compañera ya no era solo la integrante de su equipo de estudio; era una madre joven cuyo rostro reflejaba un cansancio acumulado y, a la vez, una tenacidad que le despertaba una profunda admiración.

En medio de aquella tormenta, la carrera les tenía preparado un filtro diseñado para hacer temblar a cualquiera: Matemática II. El miedo se respiraba en el aire. Cerca del cafetín, un grupo de estudiantes se aglomeraba para discutir la situación.

—Muchachos, el profesor Torres es el asignado para Matemática II —comentó un estudiante de la sección contraria, un poco alterado—. Varios de nosotros tenemos pensado no inscribir la materia este semestre. Por culpa de ese hombre, hay muchos compañeros desfasados que ya deberían estar por graduarse.

Valeria alcanzó a oír el lamento de aquellos jóvenes que terminaban tachando la asignatura de sus hojas de inscripción. Preferían congelar el periodo académico o retrasar la carrera un año entero antes que pisar el aula de aquel profesor. Los rumores corrían rápido: secciones de semestres pasados habían quedado vacías tras el primer parcial. La primera clase ni siquiera había comenzado, pero el ambiente ya se sentía bajo una presión asfixiante; todos decían que sus exámenes eran imposibles, que aplazaba a casi todo el mundo y que solo los genios aprobaban. Estar allí se sentía como un auténtico suicidio.

Una tarde, antes de entrar al aula, Santiago la frenó en la puerta. Su rostro no tenía la tranquilidad de siempre; estaba serio, con una tensión en la mirada que Valeria no supo descifrar.

—Valeria, necesito contarte algo —le susurró, bajando aún más la voz—. Ayer, cerca de la casa de mi tía, vi pasar a Ricardo. Iba muerto de risa... y de la mano con una chica.

La noticia le encendió la cara y le enfrió el cuerpo. No derramó una sola lágrima; contuvo el dolor para no sentirse ridiculizada, pues llevaba grabado el mensaje que había visto en el teléfono.

—Sí, su amante vive cerca de la casa de tu tía —le dijo Valeria, con la voz apagada—. Todo esto me tiene agobiada; si no fuera por mi hija, no lo aguantaría.

La indignación del muchacho era genuina y personal, no solo por la revelación, sino porque ella permanecía al lado de ese hombre. Valeria entendió que a su amigo le dolía ese engaño casi tanto como a ella misma. Para él, Ricardo era la peor clase de persona y no merecía tenerla.

—Por eso, Valeria, debes enfocarte en Matemática II; no dejes que esa materia también te gane —insistió él, dando un paso más cerca y obligándola a mirarlo a los ojos—. Los muchachos van a conformar un grupo para estudiar. Vamos a anotarnos.

Ella hundió los hombros, dejando salir en un suspiro todo el peso del agotamiento.

—Está bien —aceptó con una pequeña sonrisa—. Ricardo pasa todas las tardes y parte de la noche en la calle; ni cuenta se va a dar si llego tarde.

Valeria y Santiago pronto se unieron al grupo conformado por Alan, Diego, Leandro y dos compañeros más. Ellos también se negaban a dejarse vencer por la materia; los siete estudiantes empezaron a quedarse después de las horas de clases. Los bancos de la universidad se convirtieron en su segunda casa. Pasaron tardes enteras descifrando teoremas, aplicando métodos de integración complejos y resolviendo ejercicios que parecían infinitos.

Cuando Valeria se rendía por la dificultad, Santiago se mantenía como el pilar del equipo; su atención siempre volvía, inevitable, hacia ella. Él sabía que el sacrificio de su compañera era el triple. Su tiempo estaba dividido entre libros y teteros. Por eso se aseguró de guiarla en cada paso, aclarando sus dudas con paciencia y recordándole lo inteligente que era.

El compromiso del grupo quedó sellado el día del último parcial. Valeria llegó al salón apurada, con la guía de ejercicios en una mano, Lucía en brazos y la pañalera al hombro. Los nervios de la prueba y la angustia de tener que presentar con la pequeña, por no tener quién la cuidara en casa, eran un reto. Al verla abrumada, Santiago no lo pensó dos veces. Intervino sonriente e intercambió una mirada con Alan, quien asintió en silencio.

—No te preocupes, Valeria. Nosotros nos encargamos —le dijo Santiago, quitándole con delicadeza el bolso, mientras Alan tomaba en brazos a la pequeña.

Durante las dos horas que duró la prueba, mientras Valeria luchaba contra las complejas integrales en el salón, Santiago y Alan se instalaron en el jardín de la facultad, bajo la sombra de los árboles. Allí, rodeados de estudiantes que caminaban apurados hacia el cafetín, los dos jóvenes se las arreglaron para preparar el tetero y alimentar a Lucía, turnándose para mecerla hasta que se quedó dormida. Cuando Valeria salió del aula, agotada pero con la certeza de haber respondido bien, se encontró con esa hermosa escena. Ver a sus amigos cuidando a su hija como si fuera suya encendió en su pecho un sentimiento que ya no tendría marcha atrás.




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