Valeria no supo cómo reunió las fuerzas para cruzar la puerta de aquel hogar ese día. El peso de la verdad sobre Sofía la ahogaba, pero el miedo a la soledad y su falta de independencia económica la obligaron a soportar.
Convivir en esa casa era como habitar con el enemigo; Bárbara le había declarado una guerra silenciosa donde cualquier amabilidad de su suegra desataba el conflicto. Una tarde, la señora le sirvió a Valeria un vaso de jugo recién hecho mientras guardaba en la nevera la porción de su hija. Al notar el gesto, Bárbara cruzó la cocina con prepotencia, se lo arrebató de las manos y se lo tomó de un solo trago, mirándola con desafío.
—¡Bárbara, por Dios! —reclamó la suegra, avergonzada por la escena.
—¡Esta es mi casa! —gritó la mujer, lanzando el plástico vacío en el fregadero—. ¡Aquí yo tomo lo que me dé la gana! Todo lo que hay aquí es mío.
El tiempo transcurrió entre la carga de los estudios y el crecimiento de Lucía. Cuando Valeria cursaba el quinto semestre, ya había pasado un año desde aquel doloroso descubrimiento; un período en el que la traición de Ricardo se hizo pública tras el nacimiento de la criatura. Él salía a escondidas, amparado y alcahueteado por su propia familia para visitar a la otra mujer. Al quedar descubierta su astucia por Valeria, Ricardo optó por evitar los encuentros solo para ahorrarse discusiones, dejándole a ella la culpa de su ausencia.
«¿Será que me alejo de Ricardo para que construya su vida con Sofía?», se preguntaba en medio del insomnio.
En más de una ocasión, armada de valor, le planteó su deseo de marcharse para rehacer su camino.
—¿Tú crees que otro hombre te va a querer? ¿O acaso piensas que te tomará en serio teniendo una hija? —le respondía él con desprecio, sembrando la inseguridad en su mente.
Valeria, con la autoestima rota, se creyó las crueles palabras del hombre. Bárbara aprovechaba la vulnerabilidad para aconsejarle, con una falsa compasión que apenas ocultaba su resentimiento, que debía esforzarse más por su apariencia; le sugería con malicia que se estaba descuidando, buscando que se sintiera marchita para apagar la belleza que a ella tanto le molestaba.
A pesar del desgaste emocional, la juventud le asentaba bien: mantenía el brillo en sus ojos verdes, que resaltaban en su piel blanca y su largo cabello castaño. Su reflejo en el espejo denotaba un atractivo más firme que atraía miradas en la facultad, en especial la de Santiago, quien con los meses se había transformado en su sombra y en su único espacio de paz.
Una mañana, al terminar la clase de sistemas digitales, el aula quedó vacía en un torbellino de risas.
—Santiago, ya regreso. Necesito ir un momento al baño —le dijo Valeria apresurada.
Ella dejó la libreta de apuntes y el bolso en el pupitre, mientras los demás estudiantes pasaban de largo, concentrados en sus asuntos. Santiago se tomó el tiempo para recoger y custodiar sus pertenencias con cuidado; permaneció de pie, esperándola. Al volver, ella le sonrió.
—Gracias… ¿y los muchachos se fueron?
—Sí, solo quedamos nosotros.
En ese instante, el teléfono de Valeria vibró. Era un mensaje de Ricardo a última hora:
«Lucía salió del colegio, no me da tiempo de pasar por ella. Como estás cerca, recógela».
El reloj corría en su contra. Los nervios la invadieron. Miró a Santiago a los ojos, transmitiendo el peso de la prisa en la voz:
—¿Me acompañas? —le pidió, casi con timidez.
—Claro, vamos —respondió él, sin preguntar la distancia ni consultar el reloj.
Apuraron el paso. Mientras caminaban a toda prisa, Valeria sentía los latidos en la garganta, y no solo por el esfuerzo físico:
«¿Por qué a Ricardo le cuesta tanto tener estos detalles conmigo? No lo entiendo. Con Santiago, en cambio, sin importar lo difícil del favor o lo imprevisto del plan, un "no" resulta imposible. ¿Por qué un amigo haría tanto?».
La duda comenzó a quemarla por dentro a cada paso.
A menudo recordaba los meses posteriores al nacimiento de su hija, cuando una notificación de BBM la tomó por sorpresa. Era el hermano de Santiago. Había conseguido su PIN porque su amigo se negaba a dárselo y, tras saludarla, soltó una frase sin filtros:
«Santiago me habló de ti, me dijo que eres su novia».
Valeria no dejó pasar la oportunidad y aprovechó para confrontarlo.
—Santiago, tu hermano me escribió al PIN —comentó ella con curiosidad, mirándolo de reojo con una sonrisa contenida—. Me dijo que le aseguraste que yo era tu novia.
El rostro de Santiago se congeló. Carraspeó y desvió la vista hacia el suelo antes de soltar una excusa improvisada:
—No le pares, Vale... —añadió, con las orejas rojas de vergüenza—. Mi hermano inventó eso para hablarte. Tú sabes cómo es él.
Valeria guardó el secreto, pero la duda quedó sembrada. ¿Por qué un amigo se cargaba al hombro los problemas de una mujer que pertenecía a otro?
Cuando llegaron al colegio, su suegra ya estaba en el lugar retirando a la niña. La señora, al verlos juntos, los miró con asombro, pero no pronunció palabra alguna. Santiago se despidió y tomó el primer autobús que transitaba por la avenida.
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novela basada en hechos reales, superación personal y resiliencia, drama romántico universitario
Editado: 30.09.2026