Las horas prestadas

Capítulo 2: La Primera Grieta

La amistad se construyó sobre cafés de media tarde y paseos por el parque. Julián encontraba en esos momentos una calma que disfrazaba su ansiedad, mientras Elena hablaba con entusiasmo de proyectos y sueños que parecían siempre más grandes que cualquier conversación. Para él, cada encuentro era un capítulo nuevo; para ella, apenas una pausa en su rutina.

Una noche, el cielo se tiñó de violeta y el aire olía a promesas no dichas. Julián, con un gesto tímido, intentó rozar la mano de Elena. El contacto duró apenas un segundo, interrumpido por la naturalidad con la que ella retiró la suya para señalar una nube en forma de espiral.

“Eres el mejor amigo que he tenido, Julián”, dijo con una sonrisa que parecía inocente, pero que para él fue un muro de cristal levantado en un instante. La frase lo atravesó con la precisión de una sentencia: lo colocaba en un lugar seguro, pero distante, donde el amor no tenía cabida.

Julián fingió alegría, respondió con palabras amables, pero dentro de sí juró que aquel muro no era invencible. Se convenció de que la paciencia sería su llave, que el tiempo desgastaría el cristal hasta hacerlo quebrar.

Elena, sin sospechar la batalla silenciosa que se libraba en su interior, siguió hablando de la nube y de lo efímero de las formas en el cielo. Julián la escuchaba, pero su mente ya estaba trazando un plan: resistir, esperar, insistir, hasta que la grieta en aquel muro se convirtiera en una puerta.

Esa noche, al regresar a casa, Julián comprendió que había nacido la primera grieta. No era aún visible para Elena, pero él la sentía como un latido nuevo, como la promesa de que la historia no estaba escrita del todo.




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